Schiller y Puigdemont

Aníbal Malvar

De todos es sabido que los alemanes son más dados a la épica que a la lírica, por mucho que Schiller intentara embellecer su racionalismo con baladas. Por eso sorprende tanto que la casi totalidad de nuestros opinadores estén poniendo el acento en la falta de épica que ha tenido la detención allí de Carles Puigdemont. “¡En una gasolinera!”, se alborozan los tertulianos. Y la pena es que en las gasolineras alemanas no se vendan casetes de El Fary, pues ya hubiera sido fabuloso para el españolismo centralista haber cogido al president a la fuga comprando Soy gitanito.

“Puigdemont fue detenido sin épica en una gasolinera”, se jactan dando más realce al cómo que al qué, al sabor que al valor nutricional, a la forma que al fondo, como si el olor a gasofa ya putrefaccionara definitivamente cualquier atisbo de dignidad del político nacionalista. Había que desfolclorizar a Puigdemont, y nada mejor que pillarlo con la manguera en la mano echando gasóleo A a su jaca perseguida. Está claro que la coordinación de la operación policial corrió a cargo de los espías españoles, que a lo mejor no espían muy bien, pero saben que la estética es la que toca el alma de los carpetovetones, raza que no se hubiera contentado con detener a secas al catalán, sino que prefiere ese añadido de vulgaridad que ya permite despreciar el pensamiento y las razones que puedan adornar el discurso nacionalista. El separatismo catalán no hubiera sufrido tan grave golpe si a Puigdemont lo hubieran esposado en un ateneo o cruzando Los Alpes subido a un elefante. Pobre Schiller y su educación estética del hombre. Nunca será best-seller en España.

Este empeño de ridiculizar al adversario, de gasolinerarlo, es el que lleva un lustro sin entender ni querer entender lo que sucede en Catalunya, tres per cents a parte, y de ahí que mucha gente se crea que este golpe antiestético al procés es el fin del procés, que ya no se va a atrever a salir más a la calle echando ese pestazo a carburante. Nos han pillado una vez más mirando al dedo y obviando la belleza de la luna, lo que no quiere decir que en el procés haya de habitar  belleza alguna, y menos con complicidades lunáticas stricto sensu.

El caso es que nos hemos quedado en el diseño de la escena, sin importarnos lo que significa la escena misma. O eso nos quieren hacer tragar. Hasta ahora, a Puigdemont le habían afeado mucho el peinado, como si la estética capilar permitiera despreciar sin más pérdida de tiempo lo que hay debajo de la queratina. Ahora, además, el españolismo rampante blande el arma risueña del recendo a gasolina. El nivelazo es incuestionable.

Incluso se llegaron a parodiar como defecto imperdonable las habilidades políglotas del rebelde catalán, pues de todos es sabido que el conocimiento de otras lenguas es causa de risa y desprecio de los españoles de bien, que son muy y mucho más españoles si apenas saben balbucear su propio idioma. Una de las bases del patriotismo español es la exaltación de la propia ignorancia, de ahí que su mayor exponente sea el ejército, esa negación armada de toda poesía.

Con tan sólidos argumentos, es normal que la gente obvie la trascendencia que pueda tener la irrupción de Alemania en el asunto. De sus jueces y sus medios de comunicación, algunos de los cuales, y no minoritarios, ya han acusado a su propio gobierno de aliarse con los perseguidores de la libertad de ideas: más de uno ha hablado de Puigdemont como “preso político”. Y, sinceramente, no creo haber visto ninguna alusión jocosa al hecho de que la detención se haya producido en una estación de servicio. Schiller otra vez, o sea.