Pensamiento crítico

Vicenç Navarro

El problema no son los mercados financieros

11 jun 2012
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Una de las conceptualizaciones de la realidad económica que está más generalizada en la cultura mediática y política del país, incluyendo en amplios sectores de las izquierdas, es la de dividir el panorama político existente hoy en el mundo entre las derechas, a las cuales se les asume estar a favor de los mercados y en contra de las intervenciones de los Estados, y las izquierdas, que están más a favor del Estado y de su intervencionismo que a favor de los mercados. Según tal interpretación, el punto divisorio del espectro político es cómo las fuerzas políticas perciben al Estado. Las derechas ven al Estado, como decía el presidente Reagan, el gurú político de los neoliberales, como “el problema”, mientras que las izquierdas lo ven como “la solución”.

Este análisis de la realidad aparece ahora en la versión de la crisis percibida por amplios sectores de las izquierdas, que la ven causada por los mercados financieros. Así, autor tras autor subrayan la centralidad de los mercados financieros como los responsables de la situación actual. En realidad, existe casi un consenso entre autores de derecha y autores de izquierda, que tales mercados financieros son los que configuran el orden internacional. La única diferencia entre ellos es que mientras los primeros, las derechas, lo celebran (atribuyéndoles haber traído un gran progreso al mundo en los últimos quince años), los segundos, las izquierdas, lo lamentan (considerándoles responsables de la crisis). Pero por lo demás, los dos espectros políticos –derechas e izquierdas- parecen coincidir: los nuevos amos del mundo son los mercados financieros. En esta interpretación, los Estados casi han desaparecido. Y el intento de las izquierdas es ahora recuperarlo.

El problema con tal consenso es que es profundamente erróneo. Y es fácil de demostrarlo. Comencemos por lo que pasó durante el gobierno Reagan de EEUU, supuestamente el gobierno más neoliberal que aquel Estado haya tenido, aunque los datos muestran una situación muy diferente. En realidad, la Administración Reagan fue una de las más intervencionistas que EEUU haya tenido. El gasto público del gobierno federal aumentó considerablemente (a través, predominantemente, del gasto militar) y los impuestos (aunque bajaron para el 10% de renta superior del país) subieron para la gran mayoría de la población, siendo tal gobierno el que subió los impuestos de manera más acentuada en tiempos de paz en aquel país. Tales datos hablan por sí mismos. La Administración Reagan fue claramente intervencionista, aumentando considerablemente su sector público. Disminuyó el gasto público social, pero aumentó muy espectacularmente el gasto militar (como bien dijo el Secretario de Defensa, Caspar W. Weinberger, EEUU desarrolló la política industrial más avanzada de los países de la OCDE, a través de la inversión militar). Además bajó los impuestos de los ricos y de los súper ricos, pero los subió a todos los demás.

Las instituciones públicas del establishment europeo

Otro ejemplo es la crisis actual. Los Estados han gastado como nunca antes lo habían hecho a fin de salvar a la banca, tanto en EEUU como en la UE. Desde diciembre, el Banco Central Europeo, el BCE, se ha gastado la friolera cantidad de un billón de euros públicos ayudando a la banca (la mitad de ello a los bancos españoles e italianos). El BCE es Estado, es decir, es una autoridad pública, que es a la vez la que determina los intereses de la deuda pública. Estos intereses no los determinan los mercados financieros (repito, no los determinan los mercados financieros), sino el BCE. Cuando no compra la deuda pública, los intereses suben y cuando la compra, bajan. El BCE tiene el poder de controlar los intereses de la deuda pública. El hecho de que los intereses de tal deuda se hayan disparado no tiene nada que ver (repito, nada que ver) ni con el tamaño del déficit ni con el de la deuda pública, sino con el hecho de que el BCE no ha comprado desde hace ya tres meses deuda pública, y no la ha comprado a fin de forzar al gobierno español a “hacer los deberes” que son, según el BCE, la reducción de la protección social y de los salarios, siguiendo el proceso que mi amigo Noam Chomsky ha definido correctamente como la guerra de clases unidireccional del capital (hegemonizado por el capital financiero) contra el mundo del trabajo.

Hoy, el sistema financiero europeo está centrado en el capital financiero alemán, que se está beneficiando enormemente de la situación actual. Estamos viendo un flujo de capitales de la periferia (de los países llamados en los círculos anglosajones como GIPSI -Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia-) hacia el centro, que está descapitalizando la economía de estos últimos. Sólo en los últimos tres meses, 98.000 millones de euros han dejado España (equivalente a un 9% del PIB español), buscando lugares mas seguros (Financial Times – 06.01.12). Entre ellos está Alemania, cuyos bonos públicos del Estado se consideran segurísimos (con lo cual los bonos a diez años pagan unos intereses bajísimos de 1,56%). Existe una acumulación de capital en Alemania a costa de la descapitalización de los países GIPSI. Y todo ello se realiza a través de las políticas que la troika (Banco Central Europeo, Comisión Europea y Fondo Monetario Internacional) está imponiendo a los Estados, sin que haya existido ningún mandato popular para ello. (No es sorprendente, pues, que en la última encuesta Pew Global Attitudes sobre como la población de varios países de la UE valora la creación de la Eurozona, sólo en Alemania la mayoría de la población aprueba tal integración económica. En los países GIPSI la desaprobación es generalizada. Financial Times. 06.01.12).

 Las políticas públicas del establishment europeo

Esta situación está contribuyendo también a una grave crisis del sistema bancario periférico (estimulado en España por el colapso de Bankia). De ahí que la troika esté ahora presionando para que se transfieran fondos del European Stability Mechanism –ESM- (que, por cierto, no ha sido todavía aprobado por los 17 países de la Eurozona, destinados en principio a apoyar a los Estados en situación difícil) a fin de ayudar a la banca, añadiéndose así más fondos de ayuda pública a estas instituciones bancarias. (En España, hasta este momento, la ayuda pública a la banca alcanza una cantidad equivalente al 10% del PIB español, ayuda que no ha significado el mejoramiento en la disponibilidad del crédito, una de las razones sociales de su existencia). Y aunque las izquierdas gobernantes en la UE han contribuido a esta situación (los gobiernos del canciller Schröder y el Primer Ministro Blair jugaron un papel clave en desarrollar este sistema de intervención pública para ayudar a la banca), han sido las derechas (Merkel-Sarkozy-Rajoy) las que han acentuado todavía más el intervencionismo público para favorecer intereses financieros particulares.

Todos estos datos muestran que el debate no debería ser sobre si Estado o no Estado, sino sobre el tipo de intervención del Estado y para el beneficio de quienes son estas intervenciones del Estado.

Hay que entender que hoy los Estados continúan jugando el papel clave en la configuración de la crisis. El Estado alemán, instrumento del capital financiero, está configurando, con la ayuda de los Estados periféricos (instrumentalizados por intereses financieros locales) cambios orientados hacia transformar la Europa Social en la Europa Neoliberal. Hablar de los mercados es un escapismo que pone el centro de la atención en los síntomas en lugar de las causas de la crisis actual, la guerra de clases unilateral. No es sólo la burguesía en contra de la clases trabajadora (aunque este conflicto continúa existiendo) sino el dominio por parte de una minoría (el capital, centrado en el capital financiero, en contra de la gran mayoría de la población). Y las minorías están entrelazadas en lo que Jeff Faux, el fundador del Economic Policy Institute de Washington, llamó en su día la alianza de las clases dominantes a nivel internacional. El problema es que tal alianza existe entre las élites gobernantes, pero no entre las clases populares.