Apuntes peripatéticos

Atentado en Sevilla

Guadalquivir, alta torre / y viento en los naranjales. / Darro y Genil, torrecillas / muertas sobre los estanques": en su genial Baladilla de los tres ríos Lorca contrasta la vitalidad de Sevilla, abierta al mundo –"para los barcos de vela / Sevilla tiene un camino"– y el desánimo o abatimiento de Granada, encerrada, doblada sobre sí misma, con su acceso al Mediterráneo, tan cerca, cortada por la inmensa mole de Sierra Nevada. La torre de Comares o la de la Vela, allí arriba en la Alhambra, y por impresionantes que sean, ¿como compararlas con la Giralda, asombro de los viajeros románticos no sólo por su gran altura, sino por representar una espléndida síntesis de arquitectura oriental y occidental, gracias al elegantísimo campanario añadido por los cristianos en el siglo XVI?
Al inicio de las páginas que dedica a la capital andaluza en su famoso Manual para viajeros en España (1845), Richard Ford recoge la copla: "Quien no ha visto Sevilla / no ha visto maravilla". Estaba de acuerdo, claro, y recomendaba al turista que empezara su estancia subiendo a la Giralda, desde cuya cima, aseguraba, se ofrecía un panorama inolvidable de la ciudad y su entorno. Era cierto.
Entre las maravillas de Sevilla se encuentra el hecho de haber sabido conservar casi intacto su casco antiguo. Pero ahora, si no se paran las obras, un rascacielos megalomaníaco de 178 metros de altura lo va a arruinar todo. No es sorprendente la
reacción furibunda de la UNESCO. Estamos ante un atentado en toda regla, vergonzoso e imperdonable, contra la
civilización.