Condenar a las víctimas

Esto de la crisis parece que no levanta cabeza. Ahora le toca el turno a la bolsa: se desploma. Atrás quedó aquel aluvión de artículos sobre la perversión de un sistema que obtiene beneficios de la ruina ajena. Atrás, las críticas a la osadía irresponsable de los neocon americanos que, con la bendición de Bush, liberaron con regocijo y una puesta en escena grotesca (aparecían en una foto cortando con una sierra mecánica un paquete de leyes que supervisaban este tipo de operaciones) la economía especulativa, lo que derivó en un sinfín de maniobras fraudulentas que nos han sumergido en este laberinto del que muchos reincidentes quieren sacar tajada de nuevo.
La primera reacción fue virulenta y se habló de la necesidad del intervencionismo del Estado para evitar que la voracidad ilimitada de los especuladores diera al traste con el Estado del bienestar, pero enseguida resurgieron “los liberales”, que habían dejado pasar el tsunami en silencio, para aportar la solución: reformar el mercado laboral y recortar el gasto público. Las víctimas tendrían que pagar las fechorías de los malhechores.
Grecia ha hecho saltar las alarmas. El Estado colaboró en el fraude falseando las cuentas públicas y llevando al país al borde de la quiebra. No se sanciona a las sociedades que supervisan esas cuentas y sin cuya complicidad este caos no habría sido posible, pero, una vez más, los causantes del problema se hacen con el timón de las soluciones. La salida pasa por el sacrificio de los ciudadanos, y recuerda al padre borracho que redime sus culpas pegando a sus hijos, o devorándolos, como hacía Saturno en una medida profiláctica que le perpetuaba en el trono.