Alto y claro: nos tienen envidia

Cuesta comprender por qué es tan difícil para la gran masa reaccionaria de nuestro país permitir que los demás hagan su vida sin molestar, sin imponer formas ni normas. Ellos pueden cumplir con sus ritos, ceremonias, vida social, y tradiciones con total libertad. La convivencia en democracia es más complicada que la uniformidad de los sistemas totalitarios, eso está claro, pero los inconvenientes deberían quedar compensados con la satisfacción de poder elegir, de saber que otros, a nuestro lado, disfrutan de la vida que han elegido. Eso es humano y cristiano. Pero muchos no valoran la libertad porque están comprometidos con unas creencias que les impiden acceder a ella. Disfrutan de unos privilegios que han tenido siempre, también cuando no la había, pero tienen que hacer en la clandestinidad lo que otros llevan a cabo con alegría y normalidad. Se sienten hipócritas y con razón. En definitiva, la libertad no les aporta nada. Además, admitir modos de vida que a ellos les están vedados les supondría reconocer que están desperdiciando la propia. Insisten en la riqueza espiritual que aporta el sacrificio y la represión, pero no parecen disfrutar mucho de ese beneficio cuando pierden la calma y se echan a la calle porque los demás no vemos la luz, no encontramos el camino. Sería comprensible, por su parte, una reacción de misericordia hacia aquél que, por ignorancia, vive en el error y no alcanza las cotas de la vida superior, pero esa beligerancia contra unos derechos que ni les van ni les vienen, porque están más allá de sus preceptos, denota una insatisfacción patológica por no poder acceder al paraíso aquí y ahora. La zorra, cuando no llegaba a las uvas, se autoconvencía de que era diabética. Ellos cortan la parra.