Opinion · Bulocracia

El clásico del boli del astronauta contra el lápiz del cosmonauta

Esta historia ya era una leyenda urbana cuando no existía Internet, cuando los bulos se propagaban solo por el boca a boca. Así que después ha llegado a alcanzar proporciones planetarias en poco tiempo, tras compartirse de manera masiva a través de la Red en diferentes momentos. Y ahí está siempre para surgir de vez en cuando.

Habla de los bolígrafos de los astronautas estadounidenses frente a los lápices de los cosmonautas soviéticos y es un clásico, como el de la de la chica que se queda embarazada de un boy enano o negro en su despedida de soltera, que existe desde que comenzaron a surgir los locales de boys; o el cuento de la mujer de la curva, que no falta desde que hay vehículos y curvas.

La historia nació inspirada en la contienda espacial que libraron los Estados Unidos y la Unión Soviética durante años, como un episodio curioso más, y narra cómo supuestamente afrontaron el mismo problema los estadounidenses y los soviéticos, que presuntamente resultaron más listos, o al menos más prácticos.

El relato del bulo diría más o menos que cuando el Gobierno de Estados Unidos, a través de la NASA, comenzó a lanzar al espacio naves tripuladas, comprobó que los bolígrafos no funcionaban bien debido a la falta de gravedad, que no permitía que la tinta fuese hacia el lugar adecuado. Así que la NASA gastó millones de dólares y empleó meses y meses de trabajo, pero finalmente consiguió desarrollar un boli capaz de escribir siempre, en cualquier superficie, a cualquier temperatura y sin problemas de gravedad.

Por su parte, los soviéticos se enfrentaron también al mismo problema, pero usaron un lápiz. Fin de la historia. La moraleja es que a veces lo más sencillo es también lo mejor o lo más práctico, al menos. Y muy bonita la fábula, sus argumentos y el desenlace, pero no es cierta. Los soviéticos no usaron un simple lápiz. Es un bulo.

Space Pen

Un bolígrafo ingravidez Space Pen.

En 1965, una empresa privada, Fisher Space Pen Company, comenzó a distribuir un bolígrafo llamado Space Pen o Zero Gravity Pen, con cartuchos de tinta presurizados que hacían posible escribir en ingravidez, bajo el agua, en superficies húmedas o grasientas y a cualquier temperatura.

Lo inventó Paul C. Fisher, su desarrollo costó un millón de euros y se fabricó sin grafito en el estado de Nevada bajo la patente de Antigravity AG7. No tenía nada que ver con la NASA, eso sí, pero esto ya sirvió de percha para que se acabara concretando el bulo del boli espacial frente al lápiz de toda la vida.

Al parecer, en los años sesenta tanto los astronautas de EE UU como los cosmonautas de la URSS utilizaban lápices, no bolis. Eran de grafito tipo portaminas, aunque los rusos también los usaron luego de grasa porque los de gráfito podían soltar partículas y eso no era bueno. Pero la NASA nunca contactó con Paul C. Fisher para desarrollar un bolígrafo espacial. Fue éste quien pidió a la NASA en 1965 que probase el que había creado y la agencia espacial lo hizo y acabó comprando 400 a seis dólares cada uno dos años después, en 1967.

Lo curioso es que la URSS también compró esos mismos lápices a Fischer para su carrera espacial. Adquirió cien y mil cartuchos, y más baratos que los norteamericanos, pues el precio se fijó en 3,95, no en seis, y además a los soviéticos se los rebajaron a 2,95.

Aunque seguían siendo lápices, eran muy especiales: sólidos peros ligeros y diseñados para poder utilizarse con el traje y los guantes puestos. De hecho, se siguen vendiendo y hay varios modelos desde 50 euros hasta más de mil. Nada que ver con los rústicos lápices de siempre.