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El gazpacho y la sal

EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla

Tradicionalmente se ha asociado la química a la cocina, sobre todo como chanza entre los físicos. Las sofisticaciones de la cocina moderna pueden estar reforzando esta jocosa idea. Sin embargo, el calado del asunto es tal que justo la demostración de que las transformaciones de la materia no se hacen como en la cocina fue lo que hizo de la química una ciencia. Así, la diferencia esencial entre el gazpacho y la sal que le da alegría está en lo siguiente: el gazpacho de la madre de cada sevillano, sin ir más lejos, es el mejor del mundo; la sal es sal si contiene un 39,34% de sodio y un 60,66% de cloro se haya extraído de una mina, recogido en una salina o sintetizado en el laboratorio.

Durante siglos, la lógica dictaba que las proporciones de los elementos en los compuestos químicos dependían de la manera que estos se formaron. Eso sería como decir que todos los gazpachos son gazpachos aunque no haya dos iguales. Sin embargo, Galileo nos dotó de un método infalible para poner a prueba toda lógica: experimentar y medir. Lo inició lanzando bolas de hierro y de madera desde el campanille de Pisa y, al demostrar que no llegaban al suelo a velocidad proporcional a su peso, acabó con un aserto aristotélico milenario. Algo equivalente fue lo que hizo a mitad del siglo XIX en el Gabinete Real de la corte española un francés endemoniado: Joseph-Louis Proust. Lo formuló así de crudamente en su llamada Ley de las Proporciones Definidas: "No podemos crear compuestos como queramos. Cuando usted cree que puede combinar cuerpos en proporciones arbitrarias, miope desgraciado, lo que hace son mezclas de las que es incapaz de distinguir sus partes; lo que hace son monstruos. Un compuesto es una sustancia a la cual la naturaleza asigna proporciones fijas, es un ser que la naturaleza nunca crea de otra manera que con una balanza en la mano".

Tito Lucrecio Caro, entre los miles de versos de su De Rerum Natura, sostuvo similar conclusión de manera más bella y educadamente formulada, pero a diferencia del ilustrado francés contratado inicialmente por el Real Seminario Patriótico de Vergara, no midió. Concretamente, Proust llegó a su conclusión tras pesar con gran rigor y paciencia las cantidades de una inmensa variedad de reactivos y productos de reacciones químicas provocadas por él en el laboratorio. Una tarea que podría parecer absurda por aburrida y estéril dada su simpleza conceptual, fue la llave que abrió el misterio de una de las conjeturas más antiguas: la existencia de los átomos. Y con ellos el inicio de una nueva era para la humanidad. Nada menos.