Reflexión aristotélica a propósito de Enrique Múgica

ANTONIO AVENDAÑO A Enrique Múgica le gustan los toros, pero no le gustan los tontos. La razón de que le gusten los toros no está clara ni tiene por qué estarlo. Ni tiene él por qué explicársela a nadie, porque intentar explicar cosas de tanta hondura y sentimiento como las corridas de toros es de tontos. Sí está clara, en cambio, la razón por la cual al defensor del Pueblo, del Pueblo Listo, se entiende, no del Pueblo Tonto, que a ese no tiene por qué defenderlo nadie porque con los tontos es perder el tiempo; la razón, digo, de que a Múgica no le gusten los tontos es diáfana, dado que si a alguien no le gustan los toros es porque es tonto, cualquier buen conocedor de la Lógica de Aristóteles, como sin duda lo es Múgica, infiere sin dificultad que si a uno le gustan los toros, por fuerza no han de gustarle los tontos, pues si le gustaran los tontos él mismo sería tonto y eso es imposible puesto que él es un tipo listo, como se demuestra por el hecho de gustarle los toros. Se entiende, ¿no?

Con esta controversia el defensor se ha metido en un lío. En un lío tonto. Múgica pide explicaciones a los antitaurinos, sin advertir que las cosas son justamente al revés, que quienes deben dar explicaciones son los taurinos. Si alguien maltrata a un animal o levita mientras otros lo hacen, es él quien debe dar las explicaciones y no quien se opone a esa tortura. Si uno va por la calle y ve a otro darle una patada a un perro, está en su derecho de preguntarle por qué le da esa patada. De preguntárselo incluso aunque el agresor lleve bajo el brazo una edición anotada de la Lógica de Aristóteles. Lo raro sería que quien acaba de patear al perro le preguntara al pacífico ciudadano que lo observa que por qué no patea él también al animal. El interpelado no sabría qué contestar, naturalmente. Seguramente pensaría: ¡Vaya pregunta! Este tipo leerá mucho a Aristóteles, pero debe ser tonto.