La felicidad de no ser encuestado

JUAN GÓMEZ

El dato, de entrada, asusta. Si conocer a un sólo analfabeto activa emociones, impresiona saber que en España hay en la actualidad casi un millón de ellos, o bien el 2,4% de nosotros.

Menudo ejército formarían si les diera por movilizarse todos a una, vaya usted a saber con qué propósito. Pero como en todas las estadísticas, falta lo fundamental, saber cómo vive su propia condición cada una de las personas que, por la gracia del INE, engrosan esas filas.

A golpe de titular, alistamos a todos los analfabetos en un problema nacional, sin que ellos lo sepan ni tengan por qué sentirse así. La inmensa mayoría de los españoles somos, por ejemplo, incapaces de descifrar una partitura musical, y aunque eso no nos impide gozar con Miles Davis, fingir que lo pasamos bien con Béla Bartók o no soportar a Van Morrison, para cualquier melómano ciudadano educado en el centro de Europa somos un guarismo preocupante.

Se conocen pocas ventajas de no saber leer ni escribir, salvo ahorrarse tonterías como este punto de vista. Es muy grave que tanta gente no haya tenido acceso a esa especie de sexto sentido, tan básico para sobrevivir en la jungla social. Pero frente a las apabullantes encuestas, alimento del miedo, imagina uno la vida particular de cualquiera de esas personas y no encuentra motivos para, sólo por ser analfabetas, condenarlas a la infelicidad, o a lo contrario.