Las ciencias retroceden que es una barbaridad

ANTONIO AVENDAÑO

Entre la ciencia y la naturaleza, como entre el periodismo y la realidad, hay una misteriosa enemistad. Sin naturaleza no podría haber ciencia, pero sin ciencia la naturaleza ya nos habría devorado a todos. Ahora de lo que se trata es de que el exceso de ciencia no acabe devorando a la propia naturaleza.

Si el don Hilarión de Carlos Arniches nos enseñó con desahogo castizo que hoy las ciencias avanzan que es una barbaridad, ahora algunas reflexiones y comportamientos parecen indicar todo lo contrario, que retroceden que es una barbaridad. Que retroceden en el buen sentido de la palabra, claro está. Sostienen bastantes mujeres, muchos ginecólogos y casi todas las matronas que a la ciencia se le ha ido un poco la mano con la medicalización del parto, de manera que hoy en día una mujer pariendo se parece, más que a una mujer pariendo, a un coche averiado al que amarran sobre el foso del taller para que el mecánico doctorado en obstetricia le examine las entrañas, le suprima las vibraciones y le extraiga sin ruido el bebé como si fuera una pieza que amenazara con ahogar el motor.

Hoy muchas de ellas piensan que una mujer embarazada es sólo una mujer embarazada, y no un maldito coche averiado. Por eso ven bien que las ciencias retrocedan un poco y reembolsen a la naturaleza algo de lo que le habían arrebatado. La ciencia ha hecho los partos más seguros y menos dolorosos, y eso es bueno, pero el exceso de ciencia puede acabar desnaturalizándolos, y eso ya no es tan bueno. Precisemos: que supongo yo que ya no es tan bueno, porque saberlo, lo que es propiamente saberlo, más bien no lo sé, pues en materia de partos uno habla estrictamente de oídas. Valga en mi descargo que escribir artículos es una cosa que suele hacerse de oídas. No como parir niños, que es una cosa que siempre se hace de verdad.