Opinion · Con M de

Saltar el mar

Vista al mar desde Tánger. Foto: Pilar Lucía López.
Vista al mar desde Tánger. Foto: Pilar Lucía López.

Por Pilar Lucía López (@PilarLucia7)

A Marian le inquietaban los ruidos nocturnos desde niña. Le sobresaltaba cualquier cosa en su aldea. Por ejemplo, un pájaro que sobrevolaba demasiado cerca de su cabeza, o un murciélago enredado en el tendal de ropa, o el resoplido de animal que su hermano le hacía por detrás para alarmarla. También le asustaban las tormentas que hacían crujir el cielo y los relámpagos que alumbraban el pueblo con un flash gigantesco. Y sobre todo le daba pánico el mar, ese océano que rodeaba la costa y rugía como un animal hambriento dispuesto a devorarla.

Ahora sonríe hacia dentro en la sala de espera para ver a su hijo. No puede creer que haya crecido tanto en poco tiempo. Está precioso. No se explica cómo se decidió a cruzar el estrecho, ni cómo ha tenido fuerzas para salvar tantos obstáculos, sólo por él.

La trabajadora social le ha informado que no podrá llevarse al niño hasta que tenga un trabajo. De momento seguirá en protección de menores. La dejan verle una vez cada mes. Le sabe a poco, a muy poco, pero está convencida de que algún día vendrá para llevárselo y podrá cuidar de su hijo como cualquier madre.

Es tan hermoso su Ibrahim, con esa piel tan lisa, tan oscura que brilla como barnizada, y esos ojos que ríen al verla y esas manos gorditas que la besan y se agarran a sus brazos. Casi le hizo olvidar todo lo que sufrió por él. No, no del todo, no se ha borrado nunca de su mente aquel día. Ni aquellos hombres que le amenazaron con un cuchillo afilado en su cuello, antes de violarla.

«Me quedé embarazada», explica Marian, como lo diría cualquier madre, pero bajando los ojos al suelo y juntando los manos. A veces añade que fue «sin querer», como si hubiera sido por despiste o error. Dar más explicaciones sería revivirlo.

En el largo camino desde Guinea Bissau hasta Marruecos le sucedieron demasiados horrores que no quiere recordar, pero se cuelan en los sueños como pesadillas que no la abandonan. Le cuesta un gran esfuerzo memorizar siquiera las ciudades y países que atravesó. Las veces que le robaron lo poco que tenía, el hambre que le roía la tripa, el frío extremo por las noches a cielo raso y el fuego del sol por el día. Quiere olvidarse de todo eso, y coge una revista de viajes que está en la mesita de al lado y se abanica la cara como si quisiera borrarlo de su mente. Pensar sólo en el niño, en un piso donde poder cuidarle y abrazarle a diario. El abanico tiene ahora el brío de un ventilador que se llevará todos sus demonios.

Sólo cuenta que escapó de Guinea Bissau porque su padre quería venderla y casarla a los trece años con un hombre mayor que le asustaba solo con mirarla. Dice que escapó con su tía y llegó a la frontera. Allí esperó hasta que nació su hijo.

Y más que nunca sintió aquel miedo atávico al mar, a cruzar el Estrecho con el bebé. El azul oscuro se hizo negro como un pozo. Marian no sabía nadar y no expondría a su hijo a ese peligro, a esas olas que desde niña le asustaban cuando chocaban contra las barcas de los pescadores. No, nunca le arriesgaría a esa oscura amenaza.

El día que perdió a Ibrahim, creyó volverse loca. Cuando regresó a su habitación después de vender pulseras de semillas por las calles, no estaban ni el niño ni su tía. Se había llevado todo, las bolsas, la ropa, la comida. Solo una nota que decía: «Marian, he tenido que hacerlo. Era la última oportunidad. La patera salía de madrugada. Me he llevado al niño. En la península encontraré un lugar seguro para él. Llamaré en cuanto pueda».

Estuvo a punto de desmayarse y se apoyó con las dos manos y la frente pegada a la pared. «Mi niño, no, mi niño no…», y golpeaba el muro de aquella habitación como si pudiera demolerlo con sus puños.

Estuvo deambulando por las calles de Nador en busca de información, pero nadie sabía nada. Llegó a la playa y se quedó mirando el horizonte con los brazos extendidos hacia delante, como queriendo volar hacia él. Parecía una loca, descalza, con la falda larga mojada por los bordes y la mirada perdida más allá de la arena.

Anocheció y se quedó encogida como un animalillo entre los arbustos. Un hombre la recogió y le prometió que ella también podría cruzar el estrecho en poco tiempo y reunirse con su hijo, si colaboraba.

Ella lo cuenta como todo, como si nada, como si no fuera con ella, como una circunstancia y explica: «Ya sabe, tuve que hacer lo que hacen las mujeres cuando los hombres mandan».

Fueron seis meses como seis años de espera. Marian solo tenía una meta: conseguir el dinero para la zodiac y cruzar ese mar que tanto le asustaba. Ahora existía un motivo más grande que su miedo al mar negro. En algún lugar la esperaba su niño, su pequeño.

Ahora en la sala de espera vuelve a sonreír y se siente valiente, decidida y triste al mismo tiempo. Pronto podrá abrazarle y besarle todo lo quiera, bueno, sólo unas horas. De momento le bastan para mantener viva su esperanza y seguir buscando algún trabajo para recuperar a su Ibrahim y llevárselo a casa.