Opinión · Crónicas insumisas

¿Es posible un país sin ejército en el siglo XXI?

Pere Ortega, Centro Delás de Estudios por la Paz

Los ejércitos fueron concebidos para dar seguridad a los estados y defender su soberanía ante un posible ataque exterior. Este enfoque les ha empujado a armarse para disponer de potentes fuerzas armadas con las que disuadir a otros estados de atacarle. El carácter universal de este argumento ha generalizado el temor y ha conducido a una espiral perversa y sin límites: el armamentismo actual. Así, hoy, en el seno de la UE hay 1.559.000 soldados, la OTAN dispone de 3.585.000 y en todo el mundo 20.800.000. Sin duda un número excesivo para afrontar los riesgos, peligros y amenazas del mundo actual, además de los enormes costes que conlleva, 1,8 billones de dólares de gasto militar mundial.

La llegada de la globalización y la consiguiente interdependencia han reducido las guerras entre los estados y ha cambiado la geopolítica mundial hasta el extremo de que los ejércitos han perdido buena parte del protagonismo que tenían en el pasado. El siglo XXI anuncia un cambio de paradigma anunciado en el Informe del PNUD de 1994, donde bajo el nombre de Seguridad Humana, surgía un nuevo enfoque en el que el estado ya no es el sujeto a proteger sino que son las personas. Un concepto en el cual los aspectos militares pasan a un segundo término y se debe poner el énfasis en los aspectos que proporcionan inseguridad a las personas.

La mayoría de los documentos en que se apoyan las estrategias de seguridad de los países europeos, entre ellos el de España, donde se definen los riesgos, peligros y amenazas introducen el enfoque de la seguridad humana que hemos señalado, y en todos ellos se señalan como peligros: el cambio climático, las catástrofes naturales, nucleares como la de Chernobyl y Fukushima, el hambre, las grandes migraciones, la inestabilidad económica y financiera, la vulnerabilidad energética, el espionaje industrial, los ataques cibernéticos a estructuras críticas tipo centrales eléctricas, aeropuertos, potabilizadoras, etc.

Analizadas por separado no parece que ninguna de ellas los ejércitos puedan poner remedio o solucionar tales amenazas, y si llegaran a actuar, como en algunos casos está ocurriendo (hoy en Tibet), lo hacen como un cuerpo de seguridad civil o ONG. Una función para la que no fueron diseñados, que no es otra que adiestrarse para hacer la guerra, mientras que un cuerpo civil sería menos costosa que enviar un soldado con armas.

Esos mismos documentos de estrategia señalan otras amenazas de violencia directa: el terrorismo internacional y el crimen organizado. Sin duda son peligros reales, pero tampoco parece que ninguno de estos dos peligros pueda ser contrarrestado ni vencido mediante con ejércitos. Pues ambos actúan en la clandestinidad y solo pueden tener solución desde el ámbito judicial y con cuerpos de información y de seguridad interior.

Por último están las amenazas de carácter militar, las únicas que aparentemente justifican a los ejércitos, como son la proliferación de armas de destrucción masiva y los conflictos armados que desestabilizan la paz mundial. Estas son amenazas más críticas a las que sin duda se debe hacer frente. Respecto a las armas nucleares, químicas o biológicas son tratados adecuadamente en Naciones Unidas con políticas de desarme hasta conseguir su total desaparición y prohibición, aún no conseguidas, como es el caso de las nucleares, pero se continúa intentando para implementarlo, estos días están reunidos en la ONU para renovar el TNP. Los conflictos armados son sin duda el aspecto más complicado, pero se debe siempre recurrir al principio de prevención, que señala “no intervenir si el mal que se puede producir es superior al que se quiere remediar”. Así se debería recurrir al menos gravoso de prevención y solución a través de organismos regionales o mundiales (ONU), con medios de presión política, de embargo económico y comercial o conferencias de paz, que con intervenciones militares que, además de no solucionar casi nada (las guerras enquistan los conflictos que tardan generaciones en superarse, véase Bosnia, Afganistán, Irak, Libia) y sin duda serían menos letales en vidas humanas y destrucción. Por último y llegado el caso de que inevitablemente se tuviera que intervenir para implementar la paz, dotar a la ONU de cuerpos de seguridad propios.

Entonces es posible plantearse la reducción e incluso la desaparición de los ejércitos nacionales en beneficio de una seguridad en manos de organismos regionales o internacionales y de paso ahorrarnos los enormes costes que supones su mantenimiento, en España el gasto militar supone este año 2015, 16.679 millones de euros si se suman las partidas militares repartidas por otros ministerios. En la UE 258.000 millones de euros en 2013; y la OTAN 863.000 millones también en 2013.

Y en cambio dedicarnos a invertir en seguridad humana. Ese nuevo concepto que va más allá de la violencia de la guerra a través de dos enfoques, uno socioeconómico y otro medioambiental, para que las personas vivan libres de necesidades y de temores, asegurando justicia social y equidad en los ámbitos del trabajo, alimentación, la vivienda, el medio ambiente, la educación, la sanidad y otras coberturas sociales.

Hoy en el mundo hay 243 estados, 194 de los cuales están asociados en la ONU. ¿Todos ellos necesitan un ejército? Seguramente todos no. Para posibilitar la reducción o eliminación de los ejércitos nacionales se debería:
– Establecer vínculos de seguridad compartida con los países vecinos para alejar el peligro de enfrentamientos;
– Crear y apoyar organismos regionales y mundiales de mediación y resolución de conflictos;
– Trabajar para reformar la ONU y otros organismos multilaterales regionales y posibilitar que tengan cuerpos de seguridad propios.

Sin duda todo ello ahorraría vidas humanas y recursos que se podrían destinar al desarrollo humano y la paz mundial.