Posos de anarquía

Sin excusas para la subida del SMI

La ministra de Trabajo Yolanda Díaz, en compañía de los responsables de CCOO y UGT, durante un acto el pasado mes de mayo. - Alejandro Martínez Vélez / EUROPA PRESS

Pedro Sánchez anunció ayer una subida "inmediata" del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) para lo que queda del año. Aún se desconoce la cantidad en que lo hará -previsiblemente 19 euros al mes sobre los 950 euros actuales- pero lo que se afirmó ayer rotundamente es que, incluso sin acuerdo con patronal y sindicatos, la subida llegará. Ha tardado, pero la agenda social se encauza con el objetivo de que para 2023 el SMI alcance los 1.060 euros, lo que vendría a ser el 60% del salario medio en España.

A nadie se le escapa que esta subida del SMI no se produciría de no ser por la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz (Unidas Podemos). Nunca un titular de Trabajo defendió con tanta convicción que todos los trabajadores y trabajadoras tengan un salario digno, como jamás desde esa misma posición se fraguaron tantos acuerdos entre CEOE y agentes sociales.

La ministra de Economía, Nadia Calviño (PSOE), siempre se ha postulado contraria a la subida del SMI. Lo hizo a principios de año, cuando Díaz ya reclamaba la subida que tocaba según el programa delineado desde su ministerio. Entonces, la vicepresidenta segunda fue paciente, no se envalentonó ni cayó en la estridencia y, pese a ello, se mostró firme en que la subida del SMI llegaría a la vuelta del verano, fecha a la que emplazó Calviño con el fin de que la economía remontara.

Sin embargo, hace apenas unas semanas, Calviño sorprendía con sus nuevas reticencias a incrementar el SMI, lo que de nuevo propició que Díaz se plantara y ya no transigiera: la subida era imperativa. Una vez más, esta contundencia en su exposición no agredió ni fue expresada en los medios antes de serlo en el mismo seno del Ejecutivo. A nadie cogió por sorpresa ni sintió la deslealtad en su cogote.

Llega el fin del verano y las evidencias económicas no pueden ser más aplastantes. Lejos de los argumentos expuestos por la derecha, la patronal y el Banco de España (BdE), que las personas tengan un salario digno no destruye empleo; de hecho, nuestro país ya ha encadenado varios meses con récords históricos en la creación de empleo. El propio BdE entra en contradicción a la hora de aportar buenos datos macroeconómicos, los mismos que apuntan el INE, el grupo de expertos que asesora al Gobierno, el FMI, la OCDE o la organización europea Eurofound: pese al gravísimo problema del precio de la luz, la recuperación de la economía española está encaminada, algo que a Pablo Casado (PP) y sus secuaces pone muy nerviosos, sudando frío por la situación inédita que se puede dar en las últimas décadas, es decir, que un gobierno progresista lleve las riendas del país con el viento a favor de la economía.

Así pues, estamos de enhorabuena por conseguir esta subida del SMI, pero el problema endémico continúa sin resolverse. El incremento de este salario se produce por dos motivos: en primer lugar, porque el contexto económico es tan favorable que ya no quedan excusas para seguir retrasándolo; en segundo, que Sánchez es astuto y con su pomposo anuncio de ayer quiso mitigar que el mérito de las políticas sociales recaiga sobre Unidas Podemos.

Inquieta que los beneficios de la subida del SMI no se entiendan en sí mismos. Esta medida, presente en 22 países de la Unión Europea (UE), es uno de los pilares para procurar una buena marcha de la economía con justicia social. Mejorar las condiciones de vida de las personas nunca debería ser lastre para la economía y, de hecho, no lo es.

Los falsos mitos de que una subida de los sueldos terminan por reducir la demanda han de ser desterrados de una vez por todas. Incluso asumiendo que se produzca una subida de los precios de los bienes y servicios como consecuencia del incremento de los costes laborales que trae consigo el aumento del SMI, la clase trabajadora dispondrá de más dinero y el consumo se reactivará.

No es una ensoñación de un servidor, sino que estas teorías son defendidas por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), convencida de que el consumo de las clases más desfavorecidas se ve incrementado con este oxígeno económico que les llega y, como la pescadilla que se muerde la cola, al crecer el consumo, crece la producción empresarial y, con ello, el empleo.

Premios Nobel de Economía como Paul Krugman o Joseph Stiglitz defienden la subida del SMI. Si el primero afirma que "no hay evidencia de que aumentar el salario mínimo sea costoso a nivel de empleos", el segundo va, incluso, más allá, calificando de "una especie de creencia religiosa" aquellos argumentos contrarios a aumentar el SMI. Stiglitz sostiene que "los datos son abrumadores", apoyándose en decenas de estudios realizados en EEUU en los que se evidencian los beneficios directos de este tipo de políticas hacia salarios dignos.

Estas son las consideraciones y las motivaciones con las que debería producirse la subida del SMI y no las presiones del socio de gobierno o el viento de cola de la macroeconomía. A pesar de que esta legislatura ya podemos percibir los beneficios del aumento del salario mínimo, patronal y los partidos con políticas económicas más neoclásicas -y aquí se incluye también al PSOE- se resisten a quitarse su venda de los ojos. Hay un hecho claro: conjugar políticas sociales justas con una economía neoliberal, sencillamente, es imposible, porque son antagónicas, por mucho que la derecha o el PSOE se empeñen en lo contrario. La misma economía ha de ser social y por eso el objetivo de un SMI digno resulta esencial.