Punto de Fisión

Los patos abandonan New Jersey

Se nos ha muerto James Gandolfini igual que nos mataban a Tony Soprano, a traición, demasiado mal, demasiado joven, demasiado pronto. El final era la única pega de una obra de arte que cambió de arriba abajo el concepto de la narrativa televisiva; eso era lo malo, que se acababa, tal vez porque David Chase no sabía cómo despedirse de nuestro gángster favorito y lo hizo de golpe, de espaldas, con un fundido en negro, lo mismo que Gandolfini, a quien se le ha apagado el corazón de un soplo en algún lugar de Italia. En Italia, sí, para redondear la leyenda, donde van a morir los grandes capos, como si Tony hubiera ido allí a cerrar alguna alianza familiar y la muerte le hubiera enseñado la placa.

Gandolfini era un actor inmenso en todos los sentidos, una bestia de la interpretación que se encontró con el papel de Tony Soprano y lo llevó al otro lado de la vida. Fue una metamorfosis, uno de esos milagros que suceden, con suerte, una vez cada década. Gandolfini se metió en el papel de Tony y le dio la vuelta como un calcetín. Cogió un tema tan exprimido y tan sobado como la mafia, lleno de monumentos cinematográficos, de Corleones, de Noodles, de Montanas, y convirtió al temible capo en un padre de familia, un glotón, un oso pardo, un marido putero y un entrañable vecino de barrio. La fascinación que producía Tony era directamente proporcional al miedo e inversamente proporcional al asco. Era, también, increíblemente, un icono sexual, el macho alfa de la manada. Más de una amiga me ha dicho que no podía evitar verlo, a pesar de todos sus excesos, como un semental sobredimensionado, un híbrido de espaguetis, sudor y adrenalina capaz de agarrar a una mujer y sacarle las bragas por la cabeza.

Cómo pudo Gandolfini transformar un personaje tan repugnante como Tony Soprano en un villano de talla sespiriana, una aleación de Yago, el rey Lear y Falstaff, una especie de Moby Dick con camiseta; cómo podía darle de vez en cuando a un asesino esos increíbles toques de ternura, de niño abandonado, a través de unas manos que parecían manojos de chistorras, es algo que va mucho más allá de los mecanismos de la profesión de actor. Su arte pertenece al terreno de la taumaturgia, del misterio, el prodigio. Como su tocayo Cagney, como Edward G. Robinson, como Chazz Palminteri, como Gene Hackman, Gandolfini no es tanto un actor como una fuerza de la naturaleza condensada en una cara.

A Tony lo queríamos porque era humano, demasiado humano. Sentíamos los siete pecados capitales bullendo debajo del albornoz, entre los cojones y la tripa. La pereza del soberano, la lujuria por las putas rusas, la gula por la comida italiana, la ira descontrolada, la envidia por las vidas que no podía llevar, la soberbia del poder absoluto, la codicia por todo. Lo queríamos atiborrándose de linguini, rompiendo una jeta a hostias, viendo documentales de la Segunda Guerra Mundial de madrugada, acariciando un muslo de alquiler, susurrando entre dientes una amenaza. Pocos se han fumado un puro con el empaque con que lo hacía Gandolfini en la pantalla, a dentelladas, como si montara un arma. Tony quería hacer bien las cosas pero todo lo acababa jodiendo: su matrimonio, sus amistades, sus negocios. Quería ayudar a su mejor amigo y le incendiaba el restaurante. El mal era lo único que se le daba bien. Quería echar una mano a alguien y lo asfixiaba de un abrazo.

En el código ético de los Soprano cabía cualquier cosa excepto la traición. Una vez Carmela, su mujer, la inolvidable Eddie Falco, dijo: "¿Judas? Por lo menos Judas no se metió en un puto programa de protección de apóstoles". Ahora Carmela se ha quedado viuda de verdad y nosotros huérfanos para siempre de un trozo de pasado, un familiar oscuro, esos rincones negros del corazón donde se guardan penas y venganzas. "No hay cura para la vida" dijo Tony una vez, pero no creíamos que Sócrates pudiera reencarnarse en un matón puñetero. Se fue para buscar los patos perdidos de New Jersey, los patos salvajes que un día abandonaron su piscina como los dioses abandonaban a Antonio. "La próxima vez no habrá una próxima vez" dijo sin saber que estaba citando su epitafio.