Punto de Fisión

El follón egipcio

Para no ser un golpe de estado militar, hay que reconocer que la que se montado en Egipto se le parece bastante. Unos cuantos generales han depuesto al actual presidente mientras la muchedumbre sale a la calle, vitorea, protesta y de vez en cuando viola a una mujer para celebrarlo. Los analistas internacionales dudan entre llamarlo golpe, follón, guirigay o pollo, tal vez porque todavía no está muy claro quiénes son los malos y quiénes los peores. Un analista o un politólogo, en cuanto no le marcan con tiza la línea de demarcación ética, se arma un lío de mil demonios. Es lo que me pasa a mí, que no sé qué me da más repelús, si los Hermanos Musulmanes, con sus costumbres medievales, o los eternos salvadores de la patria, con sus uniformes de salvadores de la patria.

Técnicamente, el follón egipicio viene a demostrar una vez más las contraindicaciones de la democracia parlamentaria. Porque, como todas las recetas milagrosas, como la aspirina, como el ibuprofeno, la democracia parlamentaria también tiene sus contraindicaciones y sus efectos secundarios. Generalmente esto no lo señalan en el prospecto constitucional pero al menos una de cada cinco democracias recién instauradas sufre un shock anafiláctico, más aun si el medicamento se ingiere en terreno musulmán. Les pasó a los argelinos y les pasó a los palestinos, que no votaron lo que había que votar y se les atragantó la panacea.

No es que yo vaya a rebatir ahora aquella célebre sentencia de Churchill: "La democracia es el peor sistema de gobierno posible, con excepción de todos los demás". No estoy yo como para rebatir a nadie y menos aún a Churchill, aunque como muchas otras de sus sentencias, a lo mejor ésta también es obra de Winnie the Pooh. Sin embargo, hay que reconocer que la democracia es un invento fenomenal, sobre todo cuando uno cae en la cuenta de que el copyright no es estadounidense, como les gusta señalar a los neoliberales e incluso a Esperanza Aguirre, sino griego y más concretamente ateniense. Pero tanto Jefferson como Pericles pasaron por alto el pequeño problema de la esclavitud, la letra pequeña del asunto.

Hablando de letra pequeña, cuando uno desciende a ras de tierra, en el gobierno del pueblo y para el pueblo, se tropieza de boca con la palabra "pueblo", que es la muchedumbre de la plaza Tahrir, sí, pero también la que apoya al presidente Morsi y la que le votó por mayoría hace sólo dos años. Luego, cuando el observador acerca un poco más la lupa, se encuentra con esas pobres mujeres a las que el pueblo ha violado y golpeado entre cánticos de libertad y de justicia. Así que, antes de que sepamos cuáles son los buenos en esta película, lo único que se puede decir es que Egipto, desde los tiempos de los faraones, no levanta cabeza. A ver si la culpa de todo la va a tener Cleopatra.