Punto de Fisión

Almeida desencadenado

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida. E.P./Gustavo Valiente
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida. E.P./Gustavo Valiente

Si el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, los alcaldes madrileños deben de ser los únicos munícipes conocidos capaces de romperse los dientes contra el mismo sueño olímpico diecisiete. La ventaja es que, técnicamente hablando, los dientes nos los rompemos los madrileños mientras que la factura del dentista también corre de nuestra cuenta.

Tras las tres intentonas fallidas de 2012, 2016 y 2020, se calcula que la broma nos habrá salido por más de 6.500 millones de euros, de los cuales 547 millones fueron a parar a instalaciones deportivas y casi 6.000 millones a mejorar infraestructuras y medios de transporte. Todo sin lanzar una jabalina, dejando la piscina a medias e inaugurando la modalidad de pedir café con leche relajadamente. No me hagan mucho caso, pero seguro que las instalaciones y las infraestructuras fueron a parar donde siempre. Dicen que soñar es gratis, pero, joder, no lo parece.

Puesto que no hay dos sin tres, ni tres sin cuatro, Almeida no descarta que Madrid sea algún día sede de los Juegos Olímpicos y asegura que nunca va a renunciar a ello. Fijo que el "nunca" iba entrecomillado. Es algo que los madrileños no podremos quitarnos de encima hasta que celebremos en la capital una puta olimpíada: la vergüenza de ser vírgenes olímpicos. Resulta admirable la tenacidad del alcalde, semejante a la de ese atleta que pretende batir algún día los seis metros y pico del salto con pértiga cuando apenas puede saltar un cubo de basura. A otra cosa no, pero a espíritu olímpico pocos ganan a Almeida, capaz de prometer más rápido, más fuerte y más lejos que nadie, sobre todo porque las promesas no las paga él.

Una pena que maltratar poetas y escritoras no sea disciplina olímpica, porque ahí sí que Almeida iba a batir todas las marcas. No sólo borró los versos de Miguel Hernández del cementerio de La Almudena y menospreció dos veces la memoria de Almudena Grandes (la última de ellas cuando dijo que, si se trata de honrar el recuerdo de mujeres ilustres, también podían pedir lo mismo para Rita Barberá) sino que anda empeñado en dedicar una rotonda, una calle, lo que sea, a Volodímir Zelenski, el presidente ucraniano que encarna el espíritu y la resistencia de su país ante la invasión rusa.

La primera vez sucedió a primeros de mes, cuando Almeida anunció que iba a dar el nombre de Zelenski a una rotonda cercana a la embajada de Ucrania en Madrid, un poco antes de que le advirtieran de que la rotonda ya estaba bautizada en recuerdo de Leysa Ukrainka, una poeta que no sólo está considerada una gloria de las letras ucranianas sino un símbolo de la lucha por la libertad de su país. Con la alergia que Almeida le tiene a la literatura, fue una suerte que diera marcha atrás en el último momento y dejara la placa donde estaba.

Sin embargo, lejos de dar su brazo a torcer, esta misma semana Almeida volvió a expresar su deseo de honrar a Zelenski con una calle de Madrid, saltándose a la torera el pacto de no conceder ese honor a personas todavía vivas. Hasta sus socios de Vox tuvieron que tirarle de las orejas, no se sabe si por no irritar a su querido Putin más de lo que lo irritaron con su repentino cambio de chaqueta o por no atraer el mal fario sobre el líder ucraniano que, de momento, sigue refugiado en un búnker y goza de excelente salud. Antes de llegar a dirigir el país, Zelenski era un actor cómico que interpretó al presidente de Ucrania en una teleserie: una inversión de la célebre sentencia de Marx donde la historia sucede la primera vez como farsa y la segunda como tragedia. En el caso de Almeida, que es cómico pero no actor, la tragedia y la farsa van de la mano, aunque la farsa sea toda suya y la tragedia toda nuestra.