Del consejo editorial

Discapacidad, sinónimo de pobreza

JORGE CALERO

El Instituto Nacional de Estadística ha hecho públicos recientemente los resultados de la Encuesta sobre Discapacidades, Autonomía personal y situaciones de Dependencia. Según ella, hay en España unos 3,8 millones de personas con discapacidad, de las cuales poco más de un millón y medio son menores de 65 años. Los resultados de la encuesta nos permiten acceder a una realidad hasta ahora poco conocida acerca de las condiciones de vida de las personas con discapacidad en España. Y el panorama es sumamente
desalentador: la discapacidad sigue apartando del mercado de trabajo y dejando, muy a menudo, en condiciones de pobreza. Sólo dos indicadores en este sentido: la proporción de ocupados entre las personas con discapacidad en edad de trabajar es de únicamente el 28,8% (esta proporción es del 68,3% para el conjunto de la población) y la proporción de personas con discapacidad que viven en hogares en situación de pobreza es del 30,5% (19% para el conjunto de la población).

La discapacidad genera unos gastos adicionales en los hogares y limita la obtención de ingresos. Se observa también, a partir de los datos de la encuesta, cómo la "red de seguridad" que proporcionan las familias, en nuestro limitado Estado del bienestar, protege a los discapacitados adultos. Protección a costa de pobreza: las familias, más frecuentemente de lo que pensamos, se ven arrastradas a situaciones de privación intensa causada por la discapacidad de alguno de sus miembros. Una espiral sin salida fácil para los discapacitados y sus familias, rodeados de un mercado de trabajo todavía no lo suficientemente receptivo, con niveles de formación reducidos y con unas prestaciones públicas modestas, orientadas más a la asistencia que a la activación.

Es evidente que en los últimos años se han producido mejoras sustanciales en la integración de las personas con discapacidad, mejoras en buena medida impulsadas por las organizaciones del sector. Pero las cifras nos describen un panorama de aislamiento y penuria para buena parte del colectivo, un panorama que no se percibe inmediatamente debido al déficit de visibilidad y voz de los discapacitados. ¿Es aceptable para una sociedad avanzada dejar que el azar determine el destino de tantas personas?

Jorge Calero es catedrático de Economía Aplicada