Opinion · Del consejo editorial

Sesgos de género en las políticas públicas

CARME MIRALLES-GUASCH

El megaplan de reactivación económica que prepara Obama con la intención de crear millones de empleos es sólo comparable a lo que hizo Roosevelt a principios de los años treinta. Estos 700.000 millones de dólares para invertir en la economía real, en la Main street, tienen nombre de varón. Los empleos que se crearán, los sectores productivos donde se invertirán y los objetivos que cubrirán –nos dicen algunas economistas estadounidenses–, son básicamente mundos masculinos. Y así se lo han manifestado al nuevo presidente. Más del 95% de los empleos creados en la construcción y en la creación de infraestructuras son masculinos.
Una de las cosas interesantes de la noticia, más allá de la oportunidad de invertir en estos sectores económicos, es subrayar el sesgo de género de una política económica concreta. Un sesgo que, por si sólo puede no invalidarla, pero la enmarca y la relaciona con un grupo de población trabajadora y no con el conjunto. No sabemos si los sectores en los que trabajan las mujeres son más inmunes a la crisis, o si saldrán de ella a través de otros planes o políticas públicas, lo que sí sabemos es que sus actividades y sus trabajos no son objetivo de este plan de reactivación. Y, por lo tanto, lo que hasta ahora veíamos como algo universal, la perspectiva de género, nos permite aproximarnos a sus límites y percibirlo más definido, más concreto.
Las políticas urbanas también tienen sesgos de género. Y lo tienen desde dos perspectivas, desde el pensamiento y la teoría de la ciudad y desde la utilización de esta. Desde las mujeres como científicas del entorno urbano y como usuarias de la ciudad.
El modelo urbano centrífugo, basado en la segregación de usos y en la teoría del espacio de los flujos –que se esta imponiendo en las últimas décadas en nuestras ciudades, enraizado en la tradición capitalista angloamericana–, se inspira en la asignación masculina de los territorios de la ciudad y, por lo tanto, tiene un importante sesgo de género. De esta forma, los modelos urbanos se reencuentran con la vida, con lo cotidiano, con lo real sólo a medias, pues valores como conectividad, inclusión, flexibilidad, accesibilidad, proximidad, subjetividad, entre muchos otros, están ausentes de las mentes de los técnicos que los diseñan.
Pero, además, el papel prioritario de la mujer en el cuidado del hogar y de los hijos, las diferencias de renta, de empleo y sueldo, los porcentajes desiguales de propiedades y de usos de vivienda y de vehículos entre géneros, incrementan segregaciones y desigualdades en la ciudad y especialmente en las periferias urbanas. Si hasta mediados del siglo XX lo que marcaba la diferencia era el uso del espacio público y el privado, en los nuevos modelos urbanos la desigualdad se incrementa sumándole la dialéctica entre centralidad y periferia, ya que ella se resuelve en el sentido de producir exclusiones y, dentro de estas pautas, la más evidente es la de género.
Como dice Hernández Pezzi en La ciudad compartida, “el estudio de los problemas del género en la ciudad no consiste en comprobar sólo los efectos del uso diferencial el espacio, sino en indagar acerca de una concepción diferente, verificar su existencia y sus causas para actuar sobre ella”.

 Carme Miralles-Guasch es Profesora de Geografía Humana