Dentro del laberinto

Mota

Nadie nos asegura que la pareja lesbiana se convierta en los mejores progenitores para su niña. Nadie. Con el tiempo, quizás una de ellas se aburra de la estabilidad, comience a coquetear con otras, provoque un doloroso divorcio en el que la niña sea moneda de cambio, junto con la nueva plasma y el jarrón antiguo. O puede que entre una adicción en la familia, el alcohol, el juego, los antidepresivos, que el hogar se convierta en un espacio para el reproche y los insultos, las terapias y el esfuerzo. O, sencillamente, que llegue el desamor, y que esas dos mujeres que hasta ese momento se amaban lleguen a sentir repugnancia la una por la otra, vivan juntas por vivir, compartan una cama que es ya una zanja y un desierto.

Puede que vivan agudamente la crisis de la edad mediana, y que su niña pase a segundo plano, porque su prioridad, de pronto, sea recuperar la edad perdida, y comprobar el atractivo físico. Puede que la menopausia arrastre una depresión y que la pequeña experimente lo que es la tristeza y el silencio en la pubertad o la adolescencia, y que eso la marque de por vida. O que la enfermedad de un mayor absorba la atención de una de las madres, y quede la niña casi exclusivamente en manos de la otra, y que una la mime demasiado y la consienta y la otra proteste porque siempre es la mala.

Es probable que discutan con ella cuando llegue demasiado tarde, que no les gusten los novios de la niña, (o las novias, vaya una a saber), que la manden castigada a su habitación y ella llore y maldiga, y se queje de que sus madres son unos monstruos, no son normales, a Vanessa la dejan dormir fuera de casa desde los catorce, y a ella...

No, no nos aseguran nada. Los padres tienden a equivocarse constantemente. Qué pena de mota en ojo ajeno.