Dentro del laberinto

Bruselas

La Comisión Europea denuncia a España por el incumplimiento reiterado de las normas sobre la publicidad. Hacen bien, pero qué lástima, por una vez. Si algo alivia el cansado ojo, pocas veces ya alerta, pocas veces sorprendido por el baile constante de luces, de chillidos, de programas, concursos y rutina, son los buenos anuncios; los que crean una frase nueva y un estilo de vida en apenas unos segundos, los microcuentos audiovisuales, los que dejan un hilo en el aire que luego se devana en la mente del espectador.
Pero si no hay espacios para los anuncios, no hay dinero para la televisión. Y entonces, se corre el peligro de que la deuda, esa palabra mágica y denostada, a fuerza de abusar de ella durante las últimas semanas, aumente, y de que la calidad de la televisión, ya no para muchos sustos, descienda. Y ¿de qué sirve más tiempo para los programas, si los programas no pueden soportarse durante tanto tiempo?Como se eliminan programas estériles, también se asesinan anuncios, desaparece el calvo y su suerte y con él un símbolo y una época, y ningún otro podrá ocupar ese espacio.
A veces zapeo únicamente para encontrarme, de cadena en cadena, con un anuncio brillante: un cactus que se convierte en un hombre con lengua de espina, o los alardes poéticos de los perfumes, cuando la Navidad se aproxima. En ocasiones, tengo suerte. Otras he de conformarme con la cuidada dejadez de los que anuncian supermercados, o las infames traducciones de teletiendas. Apenas se diferencian de la estética general de los otros espacios. Pero cuando un buen anuncio (la hermosa música, la imagen delicada, el mensaje cuidado) aparece entre ellos, todo
desaparece y sólo queda, por los breves treinta segundos, el hechizo de la belleza.