Desde lejos

El esperpento

Necesitamos urgentemente a Valle-Inclán. Si es cierto que un día los muertos resucitarán, pidámosle al señor que a don Ramón le devuelva ya el cuerpo y la mente, y que nos lo mande enterito, con su barba, su brazo de menos, su mal carácter y sus magníficas neuronas, para que se ponga rápidamente a observar la realidad en los viejos espejos deformantes del callejón del Gato y nos escriba algunos esperpentos que nos libren, gracias al arte, de la vergüenza nacional en la que estamos sumidos.

Los personajes y las tramas están (presuntamente): los cutres expresidentes autonómicos que se enriquecen a sí mismos y a sus compadres a costa del erario público y se gastan luego la pasta en horteradas. El creador del aeropuerto fantasma que culmina su obra haciendo levantar, cual faraón, una estatua inspirada en su bello físico. El apuesto duque que utiliza los trucos más sucios para comprarse palacetes. Y hasta el alto cargo que usa las subvenciones para los más desprotegidos como le da la gana, incluyendo en esa gana la compra de cocaína y señoritas de compañía (es un suponer).

Por encima de ellos, mediante algún truco, deberían aparecer también en el escenario todos los que miraban hacia otro lado, silbando, mientras los protagonistas choriceaban: los cargos aún más altos, los compañeros repentinamente ciegos, los responsables locales, provinciales, autonómicos y nacionales de sus partidos. Y en algún rincón bien iluminado, los muchos españoles que a día de hoy, por ejemplo, van a perder su empleo, a verse rechazados una vez más en un trabajo o a ser desahuciados. Esperpento. ¡Vuelva, don Ramón!