Opinion · Dominio público

Votar distinto que el PP es una buena señal

Juan F. López Aguilar
Eurodiputado socialista

Durante el Pleno de julio, los socialistas españoles en el Parlamento Europeo (PE) votamos no a la investidura de Juncker. No ocurrió por accidente ni por un deslizamiento hacia la demagogia o el populismo euroescéptico, sino por coherencia. Por respeto a la palabra dada y a la importancia crecida de la credibilidad en política.

El Tratado de Lisboa entró en vigor en 2009. Su art. 17 dispone una nueva regla para la investidura del presidente de la Comisión: el Consejo propondrá un/a candidato/a al PE «teniendo en cuenta el resultado de las elecciones.» Ese principio es un avance hacia la politización y parlamentarización de la contienda electoral. Su impacto en la democratización del espacio político europeo reside en el poder decisivo que confiere al voto. Con la confianza a un partido se está indicando también cuál es la opción preferida para ejercer el liderazgo en la Comisión Europea.

¿Es urgente recordar que el PE es la única institución de la arquitectura europea directamente legitimada por el sufragio universal? Aún más imperioso es saber que, por primera vez en la historia, en la última campaña, 500 millones de ciudadanos recibieron el mensaje de que «esta vez era diferente»: con su voto señalaban su candidato a dirigir el Ejecutivo europeo y determinar su dirección política. No podíamos defraudarles al día siguiente de votar.

Para combatir la abstención incentivando el interés y la participación, los socialistas europeos condujimos una campaña muy explícita: por primera vez, una plataforma unitaria, un programa común y un candidato único. Los socialistas españoles hicimos todavía algo más: apostamos por la restauración de la credibilidad de la política, deteriorada severamente como consecuencia —una más— de los estragos de la crisis. Ajustando lo que se dice con lo que se hace; los compromisos asumidos con los comportamientos; la palabra dada al ciudadano con las políticas y con el voto; lo que se predica con lo que se practica.

Dijimos antes de la campaña: Juncker no es nuestro candidato. Tampoco lo fue, ni lo ha sido, después de las elecciones, independientemente de su resultado. Nuestra campaña no dijo: «Vótanos para cambiar la mayoría en el PE, la subordinación de la Comisión al Consejo; la austeridad recesiva y el manejo desastroso de la crisis. Vótanos para cambiar el signo político de la Presidencia de la Comisión. Y si ganamos, tendremos presidente socialista…. pero si perdemos, de todos modos votaremos al que tenga más escaños… aunque sea el del PP».

No. No comprometimos que, en caso de que no ganáramos, votaríamos sin rechistar al candidato conservador. Y menos a un candidato que encarna, ante los más vulnerables y los más vapuleados por las desigualdades, una política europea que ha invertido su relato cohesivo para exaltar la primacía de los acreedores sobre los perjudicados en su financiación, la desregulación y opacidad de los poderes financieros y la resistencia a la lucha contra las inequidades fiscales e injusticias tributarias en el seno de la UE. En beneficio invariable de un número menguante de ricos que son cada vez más ricos mientras se abandonaba a su suerte a un número creciente de pobres que son cada vez más pobres.

El fundamento es consistente: no es cierto que la parlamentarización de las elecciones europeas consista exclusivamente en la afirmación del peso del PE frente al Consejo. El cambio no reside sólo en que el candidato dimane del resultado de las elecciones. De hecho, Juncker no fue «el más votado» porque no se presentaba. El avance democrático consiste en reconocer, además, que el PE es representación del pluralismo político en el espacio europeo, con opciones diferenciadas y —en lo necesario— claramente contrapuestas ante los ciudadanos. Reconocer la legitimidad de que el candidato del partido con más escaños en el PE —el PPE, una vez más— no puede comportar, sin más, la obligación de todos los socialistas de votar su investidura. Ni excluye tampoco la expectativa de cambio en la Comisión Juncker ni nuestra responsabilidad en su orientación e impulso.

Dos argumentos de crítica resultan especialmente duros. Uno, presentar a Juncker como la contrapartida de un pacto de mayor escala que habría impulsado a un socialista (Schulz, de nuevo) a la Presidencia del PE. La historia del PE se ha escrito mediante los llamados «arreglos institucionales» por los que la Presidencia se alterna durante dos medios mandatos (dos años y medio cada uno), casi invariablemente entre los dos mayores grupos: popular y socialista. Tampoco parece convincente idealizar a Juncker como arquetipo «social», comprometido con estímulos e inversiones. Lo mismo hemos escuchado durante cinco años de subordinación a la Comisión a un Consejo dominado por la hegemonía conservadora, actuando, tarde y mal, en dirección equivocada, sesgada por el doctrinarismo liberal de la austeridad destructiva, con el nefasto resultado del empobrecimiento de las clases medias, el debilitamiento de los trabajadores y la dignidad del trabajo, la inequidad fiscal y la exasperación de las desigualdades entre y en el seno de los EE.MM (Estados Miembros).

Un segundo argumento pretende que votar no a la investidura equivale a situarse junto con la eurofobia y con la extrema derecha. Si algo caracteriza a la extrema derecha europea es la explotación de la simplificación frente a la complejidad. Y es simplificador pretender que votamos lo mismo quienes quieren dinamitar la UE por dentro con argumentos ultranacionalistas y reaccionarios, y quienes queremos cambiar su orientación política, reforzar su modelo social, su compromiso con los derechos de los ciudadanos y su avance democrático. Un primer paso para ello es asumir esta diferenciación en ocasiones estratégicas; como han hecho, por cierto, otros muchos socialistas (británicos, suecos, franceses), además de los Verdes y otras formaciones de izquierda europeísta.

No parece aceptable afirmar, ni en la UE ni en España, que el PSOE sólo acierta cuando vota con el PP. No es lo que piensan los electores que todavía nos votaron el 25 de mayo en condiciones dificilísimas. No ya quienes nos abandonaron rumbo a otros domicilios, sino quienes aun entonces nos prestaron su confianza. Y no es lo que les comprometimos cuando les pedimos el voto.

Un tiempo nuevo del PSOE escribe su primera página. Votar distinto que el PP es una buena señal. A veces las más duras críticas reafirman un mensaje.