Dominio público

La (no tan fina) línea entre Yemen y Ucrania

Itxaso Domínguez

Investigadora especializada en mundo árabe de la Fundación Alternativas

Yemeníes cubren los cuerpos sin vida de los fallecidos en un ataque aéreo saudita.- Hani Al-Ansi/dpa

Permítanme que les hable de una guerra. Me refiero a un país en el que gran parte de la sociedad ha luchado con uñas y dientes por un futuro más justo y digno, incapaz de doblegar las dinámicas domésticas e internacionales que han supeditado ese devenir. La guerra, caracterizada por los ataques contra la población civil y otras vulneraciones del derecho internacional humanitario, ha dejado al menos 377.000 muertes (70% de niños menores de cinco años), entre las que destacan aquellas como consecuencia indirecta del conflicto, por razón de hambre o enfermedad, a las que habría que sumar el número de personas en situación de malnutrición y pobreza extrema. No podemos olvidarnos de los desplazamientos forzados, tanto dentro como fuera del país, que ya superan los 4 millones. Cifras que escaman, pero que acabamos normalizando, por necesidad o desidia.

Bien podría estar refiriéndome a Ucrania, ¿verdad? No es así, pero por favor no dejen de leer. El 26 de marzo se cumplen siete años de una de las injerencias más desoladoras de los últimos años. Siete años de la intervención militar por parte de la coalición liderada por Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos (EAU) en uno de los países más frágiles del planeta. Yemen ha sido uno de los países más citados en los debates en torno al doble rasero entre el Norte y el Sur Global sobre el que ha arrojado la luz la guerra en Ucrania. Se ha hecho referencia, con acierto, a las diferencias en términos de: cobertura mediática, refugiados y desplazados de distintos colores, demostraciones de solidaridad y calificaciones de resistencia o terrorismo contra la ocupación.

Como corolario, también se citó a Yemen para alimentar la controversia sobre el envío de armas a Ucrania. Este último, sin embargo, no siempre se ha centrado sobre cuestiones estructurales (con honrosas excepciones como las aportaciones del pacifismo y el feminismo, de las que este artículo reconoce beber), y casi nunca sobre el contexto particular de Yemen y Oriente Próximo. Aunque reconozco, como han hecho otros, que conozco menos de lo que debería sobre el espacio postsoviético, sí que he identificado a lo largo de estas semanas cuestiones que vinculan, de forma más estrecha de lo que pensamos y más allá de alusiones simplistas, las realidades de Ucrania y Yemen, íntimamente relacionadas con el contexto global actual.

Yemen, Ucrania y la economía política de la guerra

Resulta imposible entender las guerras en Ucrania y Yemen sin prestar atención a la bio- y necropolítica en las que deriva la economía política de la guerra: no se trata únicamente de organizar, con el fin de preservar las jerarquías económicas y políticas establecidas, a una parte de la población mundial para exponerla a la muerte, sino también de someterlos a la violencia extrema hasta que segmentos enteros se vean condenados a la precariedad más obscena. Hacemos frente a un necrocapitalismo que normaliza el conflicto armado y su lenguaje, de la mano de una visión unívoca de lo que es la seguridad, y las amenazas a la misma en un contexto global caracterizado por la incertidumbre… y el miedo.

De acuerdo con la teoría de la paz democrática en la que tanto énfasis se pone en las universidades, dos democracias no tienen interés en entrar en una confrontación directa. Se crea la esperanza de que una progresiva democratización a lo largo y ancho del planeta llevará a un contexto de paz perpetúa… ignorando -a sabiendas o no- la estructura jerárquica de la sociedad internacional, y cómo la guerra se ha ido progresivamente confinando a -y normalizando en- el Sur Global, de la mano de explicaciones culturalistas que hemos vuelto a escuchar estos días: resulta, al fin y al cabo, lógico que racializados en sociedades de bárbaros vayan a la guerra; pero no que así sea con blancos cristianos (en otro artículo, si lo desean, hablamos de la racialización selectiva de Europa del Este).

Lo que esa teoría y sus groupies olvidan es que una forma especifica de capitalismo global neoliberal, que emergió plenamente tras el 11 de septiembre, encuadró la guerra como un área privilegiada para adquirir beneficios, y la muerte como corolario inevitable. Y, como cualquier otra dinámica capitalista, la racialización estaba a la orden del día. Ya a partir de aquel entonces, en el marco de la ‘Guerra contra el Terrorismo’, Yemen se convirtió en un campo de pruebas de la lucha antiterrorista. Gaza se ha convertido, asimismo, en otro territorio en el que los exportadores de armas pueden enorgullecerse de que éstas han sido probadas -¡con éxito!- sobre el terreno.

El crecimiento del gasto militar mundial ha sido motivo de preocupación a lo largo de años, el caso de Yemen en el ojo del huracán. Esta economía de guerra está íntimamente ligada con la (in)seguridad energética. ¡No sólo porque Putin -o aquellos que luchan contra él- decidan cortar el grifo! Para entender esto es necesario reflexionar sobre la dependencia de los ejércitos occidentales respecto de los combustibles fósiles (y las nocivas consecuencias que esto tiene en términos de emergencia climática), que convierte a Oriente Próximo en un importante cliente de las empresas armamentísticas occidentales. Con el objetivo de controlar las reservas vitales de combustibles fósiles, se han hecho llegar durante décadas armas, en un esfuerzo por subcontratar la gestión del orden regional. Este comercio con aliados en la región representó el 35% de las importaciones globales totales de armas entre 2015 y 2019.

En lo que respecta a los importadores, el Egipto de Sisi y otros países con credenciales democráticas cuanto menos dudosas han intensificado la compra de armas y otro material de defensa. Yemen es un escenario manifiesto de lo que pueden hacer las bombas de alta precisión que España vende a Arabia Saudí. Estos estados las adquieren para reafirmarse como cirujanos de hierro dentro y fuera de sus fronteras, para intervenir en guerras que respondan a sus intereses y reprimir a sus poblaciones (aunque no es objeto de este artículo analizar la relación entre los complejos militares-industriales y las políticas migratorias y otras funciones de las fuerzas de seguridad a lo largo y ancho del mundo), sí… pero también para asegurarse apoyo internacional incondicional. Rusia y su industria armamentística se han posicionado a la cabeza de las exportaciones de armas. Su brutalidad en la contienda siria también avala la etiqueta ‘probado en combate’. La nueva tendencia es que algunos países adquieran soberanía en el plano militar, también de la mano (y bolsillo) de compañías del Norte Global. En plena invasión de Ucrania, se anunció que Lockheed Martin invertiría 1.000 millones de dólares en la producción de armas en Arabia Saudi

La economía política de la guerra se fundamenta en la compraventa de material de defensa, pero va mucho más allá. Nos obliga a pensar en términos de conectividad y logística: las potencias regionales implicadas en la guerra de Yemen controlan tanto las fuentes de combustibles fósiles como un considerable número de rutas de transporte marítimo y aéreo fundamentales para el comercio global. Esta visión de conjunto nos obliga, también, a replantearnos su relación con la ayuda al desarrollo, la reconstrucción posconflicto y actividades similares, industrias en este caso repleta de buenas intenciones, pero que también mueven millones sin que claramente haya podido demostrarse su efectividad, o incluso impacto positivo sobre el terreno, muy particularmente en lo que a futuros conflictos se refiere. Años de intervención de estos actores en Yemen dan buena fe de ello, así como la definición insuficiente de paz que seguimos privilegiando, una que se conforma con la ausencia de guerra, pero no de violencias estructurales. Por si fuera poco, tanto multinacionales armamentísticas como estados que contribuyen a destruir Yemen invierten millones de dólares en centros de pensamiento en distintas capitales que reflexionan sine die sobre, por ejemplo, cómo traer la paz a Yemen y articular una arquitectura de seguridad en Oriente Próximo. Sin olvidar a los políticos, como el ministro Morenés, que antes o después utilizan las puertas giratorias para participar de distintas formas en el negocio de la guerra.

¿Qué orden internacional?

El contexto en Yemen en particular, las dinámicas de la guerra en el siglo XXI en general, arrojan luz sobre la importancia cambiante de las violaciones del derecho internacional en función de la jerarquización de la sociedad internacional. A pesar de que se nos ha recordado una y otra vez que lo que se juega en Ucrania es el futuro de la democracia, en esta estructuración a nivel global, lo relevante parece ser no tanto el sistema político de cada país, sino su cercanía a, y alineamiento con, los intereses del Norte Global. La forma en la que el mundo se giró hacia Arabia Saudí, Argelia y Qatar, ¡incluso Venezuela!, para asegurar suministro de gas y petróleo no es sino una evidencia más. ¿Qué hay de las ofertas por parte de Israel y Arabia Saudí para convertirse en potenciales mediadores de un conflicto originado por una flagrante violación del derecho internacional? Estos países no esconden sus intenciones: hace pocos días, EAU volvía a utilizar la energía para recordar a Washington la importancia de sus vínculos. A pesar de su papel en la liquidación de Yemen, a pesar incluso de su posición ambivalente con respecto a Ucrania; les necesitamos, y son perfectamente conscientes.

La pregunta es inevitable: ¿cuál es el orden liberal internacional que pretendemos salvar en Ucrania? ¿Representa Yemen la excepción o la norma? ¿Acaso la impunidad con la que todos estos actores han operado durante décadas no habría contribuido a reforzar a déspotas como Vladimir Putin? De nuevo es ineludible poner el foco en las dinámicas internacionales sobre las que reposa este orden, que encontró en 2001 un punto de inflexión basado más en discursos de securitización que en la confianza ciega en la paz liberal. Muy particularmente tras la caída de la Unión Soviética, el crecimiento económico a través de la liberalización de la producción y la distribución (tanto nacional como internacional) exigía estabilidad en algunas regiones clave. Oriente Próximo se convirtió en un escenario privilegiado al respecto. La primera Guerra del Golfo facilitó la continuidad de la presencia militar estadounidense y la prevalencia de su narrativa hegemónica pretendidamente liberal. Este objetivo dependería de forma creciente de la intervención activa de una red de estados árabes ‘moderados' –es decir, afines a los intereses del Norte Global–, que no sólo garantizarían una determinada (aunque quizás no sostenible) calma, sino que contribuirían a subsidiar y estabilizar las economías occidentales a través del reciclaje de petrodólares de vuelta a las arcas occidentales principalmente por medio de compraventas militares, pero también de proyectos de infraestructuras, inversiones cuantiosas, y lujosas estancias de mayor o menor duración. Actividades no muy disímiles de las que hoy se intentan coartar en el caso de los oligarcas rusos.

Para justificar lo que a todas luces es una contradicción aparente, estos últimos años se ha recurrido a un discurso cuanto menos curioso. En él, se reconocen en ocasiones las insuficiencias de estos actores a la hora de cumplir con estándares pretendidamente universales. Sin embargo, también se legitima su narrativa, como evidencia la perpetuación de la consideración de Irán como amenaza a Occidente y, en el caso de Yemen, las continuas referencias a sus vínculos con los huzíes, llegando incluso a plantear la denominación de éstos como organización terrorista. Más importante aún, también se excusa este comportamiento recurriendo a tropos orientalistas que excepcionalizan la condición de déspotas ilustrados de estos líderes presentándoles como ‘reformistas’ y ‘modernizadores’ a los que se les permite seguir su propio camino para, en algún futuro lejano, alcanzar el modelo por nosotros fijado. Siempre y cuando participen en el sistema, claro está. Una narrativa, si prestamos atención, no tan diferente a la que se recurría con la nueva Rusia de la década de los 90. De forma similar, y también en línea con procesos de racialización, se presenta hoy el comportamiento  de Putin como ‘irracional’, al igual que se ha hecho con Mohammed bin Salman cuando sus acciones han contradicho la lógica universal únicamente en manos del Norte Global civilizado. No obstante, y no lo olviden, uno es el enemigo, y el otro un aliado necesario. A expensas de la paz y del derecho internacional. Y de la paz en Yemen, que sigue sin llegar.