El mapa del mundo

El nuevo plan comienza con un viejo comodín

Todos los expertos en Afganistán y en lucha contrainsurgencia coinciden en que el destino de esa guerra ya no se juega tanto en el Hindu Kush como en Pakistán. Algunos incluso sospechan que este último país lleva camino de convertirse en un Estado fracasado, despedazado por un cóctel de efectos letales: un Ejército todopoderoso, unos partidos dirigidos por políticos incompetentes, una minoría islamista fanatizada y varias décadas de retraso económico y cultural.

Y sin embargo, Barack Obama presentó su nuevo plan para ganar esa guerra con el recurso al comodín de costumbre: la carta de Bin Laden. Dos meses después de la salida de Bush de la Casa Blanca, hemos vuelto a escuchar a un presidente de EEUU decir a sus compatriotas que Al Qaeda pretende atacar en suelo norteamericano, y que puede hacerlo en cualquier momento si Occidente abandona a su suerte a Afganistán.

Resulta poco realista aspirar a que en poco tiempo EEUU cambie por completo una estrategia que ha fracasado. Tampoco se puede creer que un simple discurso tenga efectos inmediatos. Pero lo cierto es que el mensaje de Obama es casi más llamativo por lo que no dice que por la lista mencionada de tareas pendientes.

Más tropas extranjeras y más policías y soldados afganos son recetas que podría haber aplicado Bush. Enviar también expertos civiles en reconstrucción económica es una idea inteligente, pero –como se vio en Irak– se antoja irrealizable en un escenario de violencia. No limitarse a financiar al Ejército paquistaní y ayudar a la economía de ese país es imprescindible, y es algo que no ha hecho EEUU en esta década, aunque el retraso es tal que los beneficios tardarán muchos años en producirse en un país que, por ejemplo, tiene un 46% de analfabetos.

¿Qué tiene que ver Osama bin Laden en este panorama? No mucho. La Al Qaeda original, la que planeó y ejecutó el 11-S, ha sido probablemente erradicada. Su influencia en Pakistán y Afganistán es escasa por innecesaria. Los talibanes de los dos lados de la frontera son la principal amenaza y resulta improbable que tengan interés en continuar con la idea de yihad global que extendió Bin Laden. Su objetivo es derrocar a los gobiernos de Kabul e Islamabad. Pueden rentabilizar el suministro de mártires suicidas frente a objetivos mucho más cercanos a sus casas.

Obama dijo que Al Qaeda es "un cáncer que puede matar a Pakistán desde dentro". En realidad, el virus es autóctono y por eso más peligroso. Ha crecido durante años con la complicidad del Ejército y los servicios de inteligencia locales. Romper esa alianza de conveniencia es imposible si continúa vivo el pensamiento estratégico de los militares paquistaníes, para los que India es el gran enemigo contra el que también se combate en el patio trasero afgano. Acabar con la hostilidad histórica entre India y Pakistán sería la mejor medicina, y sólo EEUU está en condiciones de recetarla, aunque Obama sólo hizo una referencia de pasada en su discurso. De otra manera, los militares se mantendrán en su idea de que a largo plazo los talibanes pastunes son su único aliado de garantías al otro lado de la frontera.

Las soluciones para Obama escasean. EEUU no tiene en Afganistán o Pakistán los aliados locales que en Irak fueron básicos para cambiar el curso de la guerra. Los líderes tribales tradicionales han sido eliminados en los últimos años por los yihadistas paquistaníes. La corrupción en Afganistán alcanza dimensiones espectaculares, y Washington ni confía en Karzai ni tiene una alternativa creíble para sustituirlo.

La idea de estrategia de salida, de la que se habló antes del discurso, es una quimera en la situación actual. Las nuevas (o viejas) ideas de Obama pueden necesitar hasta diez años para obtener resultados. Quizá sea inevitable pero los gobiernos europeos deben ser conscientes de ello cuando le den el sí a Obama.

Iñigo Sáenz de Ugarte