La ira de Gordon Brown

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¿Qué es mejor? ¿Tener a un primer ministro educado pero incompetente o a otro paranoico e iracundo pero que sepa hacer su trabajo? ¿Se puede elegir? ¿Qué ocurre si es incompetente y paranoico?

Los informativos de TV echan humo con las revelaciones del libro «The End of the Party», del periodista Andrew Rawnsley. Es la historia de las dos últimas legislaturas con Gobierno laborista. Los extractos publicados este domingo por The Observer estaban centrados en su mayoría en el temperamento volcánico de Gordon Brown.

Algunas de las escenas descritas son casi cómicas, por patéticas, pero perderían toda la gracia si uno tuviera que sufrirlas en su centro de trabajo. Brown es un hombre perseguido por sus inseguridades personales, su timidez, su incapacidad para comunicarse con la gente (un defecto mucho más extendido entre políticos de lo que la gente cree) y sus ataques de ira.

Más allá de la mala educación, lo más preocupante del retrato que hace del Gobierno de Brown el libro es la descripción del ambiente de trabajo en Downing Street, un lugar en el que todo sale mal desde que el primer ministro amagó con convocar elecciones anticipadas al poco de llegar al poder. Perdió esa oportunidad y desde entonces Brown va cuesta abajo. Es lo que pasa cuando persiguen de verdad a la gente con mentalidad paranoica. Se suelen poner peor.

La directora de un servicio de ayuda a víctimas de acoso laboral ha aparecido hoy en todas las pantallas denunciando que varias personas que trabajaban en Downing Street llamaron por teléfono para solicitar asesoramiento, aunque en ningún caso se refirieron directamente a Brown. Hay serias dudas sobre la entidad de su testimonio. El servicio no es un organismo público y sus responsables tienen relaciones personales con el Partido Conservador. Pero sus palabras sirven para mantener viva la historia.

El libro también incluye el papel brillante de Brown al salvar el sistema financiero. En un fin de semana en que el ministro de Hacienda y el gobernador del Banco de Inglaterra estaban fuera del país, varios de los principales bancos estuvieron a punto de caer en la bancarrota porque la retirada de depósitos había llegado a tal punto que temían que no podrían abrir sus puertas el lunes y mantener operativos los cajeros automáticos. Brown y su equipo rescataron a los bancos del abismo, pero las medallas que brillaban en su pechera se desgastaron muy rápido.

A fin de cuentas, Brown se había resistido siempre a mejorar la regulación del sistema financiero y había sido un adalid de la (falsa) fortaleza de los bancos. El estallido de la cruda realidad se llevó por delante una parte de su reputación de gestor.

Curiosamente, The Sunday Times publicó ayer una encuesta que pone a los laboristas a sólo seis puntos de los tories, la distancia más corta en ese sondeo en el último año. Si consigue superar esta tormenta, quizá le mejore un poco el carácter.

Es poco probable.

Iñigo Sáenz de Ugarte