Opinion · Tierra de nadie

Una injusticia olímpica

Se pusieron ciegos a jamón de pata negra y ensalada de merluza a la crema de quisquilla mientras les bailamos flamenco, pero no fue suficiente para convencer a los 13 miembros del COI que vinieron a Madrid en mayo, cuyos criterios de evaluación sobre la sede olímpica de 2016, ahora conocidos, se han revelado tan objetivos como Belén Esteban hablando de Jesulín. Hay una decisión tomada de que Brasil organice los Juegos y, ante eso, se ha topado Gallardón y sus corazonadas. Río carece del transporte adecuado, de hoteles suficientes y tiene problemas de seguridad pública. Aún así, ha sido la mejor calificada por los examinadores, un tipos confiados en que, con programas sociales, los meninos da rua no le birlarán la pértiga a la Isinbayeva.

El alcalde insinuaba ayer que si el 2 de octubre en Copenhague se le terminaban de caer los cinco anillos del sombrajo tomaría las de Villadiego, aunque rápidamente, por si Esperanza Aguirre le tomaba la palabra, aclaró que se le había malinterpretado. Sus enemigos, que son legión, siguen frotándose las manos, más si cabe después de leer que uno de los puntos débiles de Madrid no son las instalaciones ni la amenaza terrorista sino la deficiente exposición de la candidatura, responsabilidad directa del edil y algo difícilmente soportable para su ego.

Las objeciones a Madrid 2016 son endebles e incomprensibles. Lo es, por ejemplo, que se critique por laxa la legislación antidopaje, que de ser un argumento sólido tendría que hacer imposible la organización de los próximos europeos de atletismo de 2010 en Barcelona. Hay tiempo para aclarar y corregir estos asuntos, que habrían de pesar menos que el hecho de que Tokio tratase de colar como construidas sedes de las que sólo había maquetas y mucha imaginación.

Gallardón ha asumido hasta el final la defensa del proyecto. Sería deseable que en esa labor se implicaran a fondo el Gobierno y la oposición, siempre, claro está, que se considere que la celebración de los Juegos beneficiará a la ciudad y al conjunto del país, y que eso está por encima del rédito político que pueda obtener el alcalde. A los de San Blas, el barrio donde se pretende ubicar el estadio olímpico y que, en otro tiempo, fue campeón indiscutible del trapicheo de drogas, nos hace ilusión eso de ser olímpicos. Después de haber mandado al espacio a Pedro Duque, todo nos parece posible.