Opinion · Tierra de nadie

El misterioso efecto llamada

Las mentes más preclaras del Gobierno siguen sin encontrar explicación a que casi diariamente cientos de subsaharianos traten de entrar en Ceuta y Melilla, sobre todo ahora que los radiocasetes y el tabaco ya no son tan baratos. Antes la cosa estaba clara: la culpa, naturalmente, era de Zapatero y del efecto llamada provocado por su regularización de inmigrantes. Según el PP,  que había hecho cinco, este acontecimiento fue comentado hasta en el último rincón de África, desde las cumbres del Klimanjaro a las selvas de Bostwana, sobre todo aquí, porque el Rey es un poco bocas y no sabía estar callado mientras esperaba apostado a los elefantes.

Siempre atentos a las noticias de España y al Boletín Oficial del Estado, que es lectura habitual en los cafés de Gambia y Senegal, los inmigrantes debían haberse enterado de que con el PP la fiesta se había acabado y que la inmigración caótica impulsada por el PSOE iba a transformarse en un proceso ordenado y legal como Dios y su representante en la península, Jorge Fernández Díaz, mandan. De ahí la sorpresa por estos saltos de valla continuos, que tan mal están dejando a los fabricantes de concertinas.

No es que a la derecha le caigan mal los negros, aunque ya recordaba Cañete que como camareros son un desastre y confunden una manchada con un cortado. Lo que pasa es que, dicho sea en palabras de Rajoy, “no puede entrar todo el mundo que quiera porque no cabemos”. Se trata esencialmente de un problema de espacio, algo que los que viven en apartamentos pequeños comprenden perfectamente.

Posiblemente, ésta fuera la razón por la que la Guardia Civil hubo de emplearse a fondo en Ceuta, donde 15 inmigrantes murieron por esa incapacidad genética de los negros para nadar, guardar la ropa y esquivar pelotas de goma al mismo tiempo. El incidente ha sido convenientemente aclarado por el Ministerio del Interior, en un ejercicio de transparencia sin precedentes. La investigación oficial habría incluido las autopsias de los cadáveres para demostrar lo accidental de sus fallecimientos, pero el destino quiso que todos se fueran a morir a Marruecos, donde la medicina forense no está desarrollada.

A raíz de este suceso se encontró una primera explicación para la posterior llegada masiva de africanos a las fronteras españolas. Tuvo que ser Carlos Floriano, uno de los cerebros más brillantes de la política española y de rizos más perfilados, el que advirtiera, en parte, de lo sucedido: quienes “con la boca grande o la boca chica” estaban criticando la actuación de los guardias civiles en Ceuta habían provocado un “efecto llamada” a la inmigración ilegal.

La aportación de Floriano, aun valiosa, no resuelve completamente el enigma, ya que los inmigrantes habían llegado en masa antes incluso de la tragedia de Ceuta. Han de existir, por tanto, otras razones que han impulsado a miles de subsaharianos a ponerse en marcha, aun sabiendo que en España han dejado de atarse a los perros con longaniza porque de algo tiene que alimentarse sus seis millones de parados.

El Ejecutivo está perplejo. ¿Habrá tenido algo que ver Montoro -muy seguido en el Chad y en Namibia- y su afirmación de que España era “el gran éxito económico del mundo? ¿Habrá logrado Rajoy con los africanos lo que no ha conseguido con los españoles y les habrá convencido de que la crisis ya es historia? ¿Habrá hecho Zapatero un safari por Kenia prometiendo papeles a los empleados de los lodges del Masai Mara?

Lo que la inteligentzia de la derecha ha descartado de plano es que estas riadas de personas desesperadas que dejan su piel en las cuchillas de nuestras vallas y se abrazan sangrando cuando logran pasar al otro lado huyan de guerras terribles o de las hambrunas que matan cada año a cientos de miles de personas en el continente. Al fin y al cabo, esta gente se ha acostumbrado a morir joven. Las demás opciones están abiertas.