Opinión · Tierra de nadie

Un presidente no es un alpinista

Sin llegar a una tesis, que exige mucha bibliografía y pasar un tribunal de catedráticos del Abc, lo que pudo escucharse anoche en La Sexta en los escasos momentos en los que no preguntaba Ana Pastor podría dar lugar a un trabajo fin de máster que bien podría titularse “Análisis de las potencialidades y límites de la presidencia del Gobierno, un enfoque personal”. O, cuando menos, dar lugar a uno de esos artículos de opinión con los que los simples licenciados se ganan la vida a tanto la pieza.

Lo de ayer no fue una simple entrevista sino un tratado sobre lo que un presidente puede y no puede hacer, sobre lo que debe o no decir y, especialmente, sobre cómo han de interpretarse sus rectificaciones y pasos en falso, que nunca son tales sino, todo lo más, disfunciones o ruido ambiental. El punto de partida imprescindible es tener claro de forma indubitada quién es el presidente del Gobierno, y de ahí que Pedro Sánchez lo repitiera una y otra vez a los demás y a sí mismo, señalándose con el pulgar en repetidos movimientos de mano que apuntaban hacia su pecho.

Un presidente puede ser compasivo con sus amigos caídos en acto de servicio aunque hayan sido pillados en flagrante renuncio, tal es el caso de la exministra de Sanidad, Carmen Montón, o cruel con la necedad de quien aún sigue en su gabinete, la titular de Defensa. Margarita Robles, incapaz de ver el impacto que podían tener sus pellizcos de monja a unas posaderas saudíes para las relaciones comerciales y el empleo. Un presidente puede también entretenerse en traducir a su ministra portavoz, Isabel Celáa, y su definición de bomba inteligente -esa que al ser de alta precisión no va a equivocarse matando yemeníes-, siendo consciente de que la estupidez es un idioma tan universal como el esperanto.

En definitiva, un presidente se significa por atreverse con lo imposible, como es vender bombas y defender al mismo tiempo la paz en el mundo, un aparente dilema cuya resolución sólo está al alcance de quienes comprenden la complejidad de la política. A mayor abundamiento, un presidente puede hacer prácticamente lo que le dé la gana porque para eso es el presidente del Gobierno.

Sin embargo, también hay cosas que un presidente no puede hacer, no ya por limitaciones propias sino por la maldita circunstancia de disponer de sólo 84 diputados en el Congreso. Pero como la política, además de compleja, es como arrancar los pétalos de una margarita, la impotencia nunca es absoluta. ¿Derogar por completo la reforma laboral? No se puede. ¿Ligar la subida de las pensiones al IPC? Se puede. ¿Ponerle un impuesto a la banca? No se puede. ¿Pagar la minuta en Bruselas del juez Llarena? Se puede. ¿Hacer que los ricos paguen el IRPF? No se puede. ¿Quitar las concertinas de las vallas de Ceuta y Melilla? Se puede salvo que se estime que no se puede. Y así.

Finalmente, está lo que un presidente puede o no decir o, rizando el rizo, lo que llega a expresar sin palabras. Para entendernos, el jefe del Ejecutivo no se “ata los dedos” –de las manos ya ni hablamos- asegurando que no convocará elecciones este año, ni se le ocurre opinar sobre la decisión judicial de mantener en prisión a varios políticos y líderes sociales catalanes, por mucho que la situación le impida avanzar en la normalización o pueda obligarle a adelantar esas elecciones de cuya convocatoria no puede manifestarse. Para eso están algunos de sus ministros, como Ábalos o Borrell, que sí pueden hacerlo.

Contra lo que un presidente no puede luchar es contra la difamación, y por eso no será el cargo sino el ciudadano el que demande a los medios que le han acusado por este orden de no ser el autor de su tesis, de serlo pero plagiando, de plagiar usando un escriba sentado y de doctorarse con plagios, ‘negros’ y con varios amiguetes en el tribunal calificador. El honor es como un promontorio elevado y el que cae no puede volver a subir. Un presidente del Gobierno puede ser muchas cosas, pero jamás un alpinista.