Opinion · Tierra de nadie

Gobernar para algo

Enviado a freír espárragos por los partidos independentistas tras la petición de penas a sus dirigentes presos, el Gobierno parece resignado a no sacar adelante unos nuevos Presupuestos, a prorrogar los actuales y a aprobar por decreto parte de su paquete de medidas sociales con la idea de agotar la legislatura. Sería un remiendo muy chapucero a un descosido gigante porque legalmente no es posible dar luz verde a iniciativas que signifiquen mayor gasto público. El reto del Ejecutivo es convertir el plomo en oro, algo que los alquimistas llevan siglos intentando sin éxito.

La situación de un Gobierno que no puede aprobar sus Presupuestos es “insostenible” y hacerlo con una prórroga de los actuales es “prorrogar los problemas de los españoles”. Un Ejecutivo “que no goza de la confianza mayoritaria de la Cámara” para aprobar “su ley fundamental” debe “convocar elecciones” cuanto antes. “España tiene muchos problemas y gobernar no consiste en conservar el poder a cualquier precio”.

Lo anterior, que parece muy razonable, es justamente lo que decía Pedro Sánchez cuando era Rajoy quien se proponía algo similar. ¿Puede, por tanto, defender ahora justamente lo contrario de lo que sostenía a principios de año? Por supuesto, especialmente después de que la vicepresidenta expusiera la ‘doctrina Calvo’ para justificar el cambio de criterio del líder del PSOE respecto al procés, una “rebelión” que dejó de serlo. En definitiva, en la oposición se puede pedir lo que se quiera y en Moncloa hacer lo que a uno le venga en gana.

No hay que descartar que el declarado propósito de permanecer en Moncloa a golpe de decreto sea un farol mientras se intenta ganar tiempo para persuadir a los partidos catalanes de que cambien de criterio y dejen de vincular la negociación presupuestaria al proceso judicial del Supremo. Pero una vez que la incógnita quede completamente despejada y persista la negativa de los soberanistas a negociar las cuentas del Estado la convocatoria de elecciones debería ser inmediata.

Gobernar no es mantenerse en el poder contra viento y marea, por mucho que el cargo le siente muy bien a Sánchez y nos llene de orgullo y satisfacción que exhiba su don de lenguas en los viajes oficiales. No sería justo que actuaciones que se creen urgentes para favorecer a los ciudadanos quedaran postergadas por un empeño inútil.

Puede que la subida del salario mínimo salga adelante o que se consiga finalmente trasladar la momia de Franco a un sótano clandestino, pero habrá colectivos a los que el encastillamiento sólo le reporte perjuicios. No lo entenderían los familiares de los dependientes a los que se ha prometido más fondos, ni los parados mayores de 52 años, que seguirían privados de subsidios. Tampoco sería digerible para las comunidades, que verían paralizadas las inversiones, fundamentalmente Catalunya, que es la que más tiene que perder por el bloqueo. El país necesita aprobar cuanto antes un nuevo sistema de financiación autonómica, dar solución al agujero de la Seguridad Social y revalorizar las pensiones, subir las becas o destinar más fondos a la investigación. Necesita avanzar y no pasarse un año al sol sentado en un banco.

Las elecciones pueden ser un mal negocio para muchos, incluidos los que no dejan de pedirlas, pero es el único remedio conocido contra la parálisis. Un Gobierno atado de pies y manos en el Parlamento debe favorecer una mayoría distinta que rompa el cerco. Gobernar es también saber cuándo hay que dejar hablar a los ciudadanos, que algo tendrán que decir.