Opinion · Tierra de nadie

Pedro Sánchez se nos casa

Antes de Internet la vida debía de ser durísima. Todo se hacía por impulsos, por corazonadas, de manera poco reflexiva. Elegir pareja, por ejemplo, venía a ser una lotería. Ahora, gracias a la sociedad de la información, en eso de encontrar la media naranja uno se equivoca porque quiere. Hay guías y manuales. No estamos solos. Uno de estos prontuarios destaca las claves a tener en cuenta, desde el examen de las anteriores experiencias fallidas a la búsqueda de puntos en común, pasando por el necesario acuerdo sobre el grado de compromiso. ¿Queremos una relación abierta o exclusiva? ¿Seremos polígamos o monógamos sucesivos? He ahí la cuestión.

En esta reflexión está ahora el PSOE, que dice no querer comprometerse con nadie y que, de momento, prefiere ir solo y evitar frases del estilo “eres mi vida” o “no puedo vivir sin ti”, al menos hasta que se celebren a finales de mayo las elecciones municipales, autonómicas y europeas. Estos tíos se han leído toda la literatura sobre la materia, que es extensa, y no hay quien les pille desinformados.

No obstante, y por eso de que es un buen partido –en el sentido amoroso del término-, ya han surgido trotaconventos deseosos de buscar pareja a la criatura. Se ha dicho en este sentido que el señor del Ibex 35 vería con buenos ojos un matrimonio con Ciudadanos, que es de buena familia, tiene una dote importante y sería proclive a pasar por el altar pese a sus alocados rechazos previos. Se han visto los celos de Podemos, que ya tiene dispuesto el salón de bodas y elegidos los padrinos. Y hasta ha habido coqueteos de los independentistas, que no se casan con nadie pero entienden que el roce hace el cariño.

Llegados a este punto, no está de más precisar algunas cuestiones. La primera es que Pedro Sánchez no es del todo libre para elegir cónyuge por lo que ni siquiera era preciso que los simpatizantes del PSOE le recordaran a gritos que no iban a aceptar su enlace con Rivera. Como la memoria es caprichosa conviene recordar que en esos tiempos no tan lejanos en los que el hoy presidente se apoyó en las bases para resucitar a lo Lázaro incluyó un artículo en los Estatutos federales –el 53.2 en concreto- que dice así: “Será obligatoria la consulta a la militancia, al nivel territorial que corresponda, sobre los acuerdos de Gobierno en los que sea parte el PSOE o sobre el sentido del voto en sesiones de investidura que supongan facilitar el gobierno a otro partido político”. En definitiva, que son los afiliados los que tendrían que dar el sí y no parecen estar por la labor.

En segundo lugar, es comprensible que el PSOE no quiera precipitarse porque cualquier negociación que emprenda podría ser utilizada en su contra en las próximas elecciones, aunque sólo fuera para entregar las invitaciones a la boda. Es previsible, por tanto, que se deje correr el tiempo y que el pretendiente se abstenga de frecuentar determinadas compañías. Dichos encuentros, por muy inocentes que sean, podrían constituir bazas electorales para sus adversarios, especialmente si los interlocutores tienen acento catalán.

Ahora bien, una cosa es no fijar aún la fecha del enlace y otra muy distinta aspirar a una vida de crápula o a eso que se ha dado en llamar geometría variable, un ir de flor en flor que, básicamente, se traduce en que hoy me hago contigo la subida del salario mínimo y mañana con el otro la privatización de Bankia. Se puede ganar una moción de censura con 84 escaños pero es imposible gobernar de manera estable durante cuatro años con el único respaldo asegurado de 123 diputados. Está muy bien eso de aspirar al amor libre aunque, políticamente y en las actuales circunstancias, sea inviable.

El primero en poner pie en pared sería Podemos, que tras el batacazo del domingo, tiene centradas sus aspiraciones en llevar a Sánchez al altar y condicionar desde dentro la política del nuevo Gobierno. Es razonable pensar que sólo en el caso de santificarse esta unión Sánchez podría contar con el apoyo de sus 42 diputados, a los que les bastaría con abstenerse para impedir la investidura y evitar la ignominiosa imagen que supondría votar lo mismo que el trío de Colón. De esta alianza depende también la continuidad de Pablo Iglesias al frente de Podemos, cuyo futuro político pasa por sentarse en el consejo de ministros.

Todo apunta por tanto a una coalición PSOE-Podemos con el apoyo externo del PNV y de otras fuerzas minoritarias entre las que no se encontrarían los independentistas catalanes si está de Dios. Suenan campanas de boda por mucho que se niegue. Entre ambas familias habrá también enlaces locales y autonómicos a poco que los números lo permitan. Lo de Pronovias va a ser un no parar a partir del mes de junio.