Opinión · Tierra de nadie

Pedro I el sobrado

El designado candidato a la investidura está convencido de que alcanzará el purpurado en plan paseo militar y con la oposición enfervorizada arrojando claveles a su paso. Va Pedro Sánchez de sobrado y proclama frases grandilocuentes del estilo “o gobierna el PSOE o gobierna el PSOE”, que denotan una confianza en sí mismo un tanto excesiva y hasta cierto punto incomprensible para quien cuenta sólo con el apoyo asegurado de sus 123 diputados. Será una de esas estrategias geniales que le manufactura su mayordomo Iván Redondo, que quizás se crea Mazarino instruyendo a Luis XIV.

De lo que no cabe duda es que Sánchez le ha cogido el gusto a pasearse por el centro, ese prado que un buen día vio abandonado y del que tomó posesión al descuido, como acostumbra a hacer la Iglesia con las ermitas de los pueblos. Encaramado a ese estratégico lugar desde el que entiende que ganó las elecciones ha empezado a mirar con desdén a su izquierda, cuyos votos piensa que le caerán como fruta madura por efecto de la gravedad, y hasta se permite sugerir la abstención de las derechas, con quien dice que se reunirá para que le den las llaves de Breda y alguna lanza de recuerdo para colgar en el salón con un par de alcayatas.

Forzosamente, la ensoñación no tardará en disiparse porque esto de las investiduras son habas contadas. Con el anunciado voto en contra de C’s y el PP, los socialistas han de ganarse el apoyo de Unidas Podemos, cuyas heridas no debilitarán su intención de reclamar varios asientos en el Consejo de Ministros, que es lo que vulgarmente se conocía como coalición hasta que Ferraz lo rebautizó como Gobierno del PSOE con independientes decididos por Pablo Iglesias. Pese a las disensiones internas que ya se han manifestado, no se entendería que Podemos soltara la presa por mucho pacto de legislatura que se les prometa.

Como la suma tampoco da tendrá que buscar los votos de PNV, que ya habrá rellenado el cheque a falta de la firma, y los de Revilla -que quiere un tren- y Compromis. Con ellos estaría a falta de tres para la investidura en la primera votación y empataría en la segunda por la suspensión de los tres diputados de JxCat, siempre claro que todos los demás voten en contra –lo que está por ver- y que el sobrado candidato prescinda de obtener al menos la abstención de ERC. Para deshacerlo, UPN ha ofrecido los dos escaños de Navarra Suma (un nombre muy apropiado) a cambio del Gobierno foral, lo que dejaría con el final de la espalda al aire a María Chivite y a los socialistas navarros, que siguen en su idea de alzarse con la Comunidad con la abstención de Bildu.

Se da por hecho que el sudoku tiene unas infranqueables y absurdas líneas rojas. La primera es que Sánchez debe de ser investido sin la colaboración activa o pasiva de los partidos catalanes, porque aquello le retrataría como un rehén del independentismo. Por supuesto, debe evitar que Bildu vote a favor o se abstenga, ya que eso le convertiría en cómplice de ETA, lo cual sería anatema. Según las estrictas normas de la corrección política, saltarse estos stops en la carrera hacia la Moncloa sería peor que mercadear con el gobierno de Navarra o, incluso, el de Canarias, que bien podría ofrecerse a CC como precio por sus dos diputados y que volverían flexible como un junco a la hoy intransigente Ana Oramas.

A expensas de las negociaciones que han de comenzar la próxima semana, dicen que Sánchez cuenta con la baza de forzar un adelanto electoral en el caso de que su investidura fracase, lo que a primera vista parece descartable salvo que el “o gobierna el PSOE o gobierna el PSOE” signifique realmente “o gobierna el PSOE o votamos de nuevo hasta que el cuerpo aguante”, lo que resultaría bastante sádico para el país y para los votantes. Por muy convencido que se esté de la victoria, nadie tira una bomba atómica si existe la posibilidad de que la radiación termine también por afectarte.

Lo previsible, en consecuencia, es que el endiosado candidato pise rápidamente el suelo con la camisa arremangada y abandone la pose de rey de la centralidad, que queda muy bien en las fotos pero que resulta inútil al ir a hacer la compra. Y de eso se trata una investidura, de comprar al mejor precio.