Opinion · Tierra de nadie

El Gobierno para el que se lo trabaja

Como la política es ya también cuestión de modas, la tendencia actual que marcan nuestros más diestros influencers de cabecera es que la muy más leal y constitucionalista oposición ha de facilitar la gobernabilidad del partido más votado, esto es, del PSOE, para evitar que se eche en brazos de populistas e independentistas y acuerde con ellos iniquidades diversas, ya sea independencias, indultos o alguna herejía  antiespañola como suprimir la siesta por decreto o prohibir la tortilla de patatas. Dicho en moderno, este viene siendo el mainstream al que incluso se ha apuntado Rajoy después de darlo todo –y en su derecho está- por las discotecas de Ibiza.

A contracorriente de este pensamiento general, hay quien estima en su ínfima minoría pensante que los gobiernos han de ganarse primero en las urnas y luego en los parlamentos y que la investidura es sólo un primer paso. Dicho de otra forma, de nada sirve que te regalen la llave de la Moncloa si luego te cortan la luz, el agua y la calefacción o te impiden cambiar el colchón, que es la primera medida que tomaría un gobernante sensato al convertirse en inquilino del poder, salvo que haya tenido la oportunidad de hacerlo antes gracias a una moción de censura, por citar una circunstancia cualquiera.

De hecho, el sistema ha funcionado así más o menos desde el principio. Existe, es verdad, el antecedente de la abstención del PSOE que permitió la última investidura del rey de las pistas de baile, pero no siempre se puede dar matarile al secretario general de un partido con la excusa del sentido de Estado. A nadie se le ocurrió, por ejemplo, pedir la abstención a los socialistas cuando Aznar hablaba catalán en la intimidad y llegó a pactos de Gobierno con nacionalistas catalanes o vascos. O yendo a casos aún más extremos, no se recuerda reproche alguno a los que votaron en contra de la investidura de Calvo Sotelo dos días después de la intentona golpista de Tejero.

Lo tradicional es, por tanto, que el aspirante a la presidencia del Gobierno se trabaje no sólo la investidura sino los apoyos parlamentarios de la legislatura con las fórmulas habituales, que incluyen la coaliciones de Gobierno en su versión original, rebautizada ahora como Ejecutivos de cooperación, que suena un poco a oenegé dicho sea de paso. Se trata, en definitiva, de trabar alianzas y complicidades, de negociar con unos y con otros y de pagar el precio correspondiente, justo que no abusivo, porque los partidos representan los intereses de sus votantes y no tienen por qué hacer regalos ni en los cumpleaños.

Sorprende en este sentido que Pedro Sánchez y los suyos insistan una y otra vez en reclamar la abstención de PP y Ciudadanos mientras se les exige que aclaren si proponen un bloqueo o nuevas elecciones. La misma pregunta se podría dirigir al candidato: ¿acaso pretende conducir al país a una repetición electoral cuando existe una potencial mayoría para gobernar? ¿Le ha dicho Tezanos o su gurú Redondo que votemos otra vez porque aumentará su representación aunque ello suponga dejar al país seis meses más al retortero?

De la misma manera que no se puede pedir a un gato que ladre o a un perro que maúlle, es una frivolidad pretender que los demás jueguen papeles que no les corresponde. La oposición está para oponerse, más si cabe en una situación en la que su concurso ni siquiera es imprescindible. Y si se quiere transformar a un opositor en aliado, lo que corresponde es negociar y retratarse porque lo del gratis total no procede y sería, además, contraproducente.

Aun siendo conscientes de las líneas rojas que no ha de traspasar, los gobernantes han de definirse sin miedo al qué dirán y aplicándose el cuento de lo que predican. Si se critica el cordón sanitario que la derecha ha establecido al PSOE, no se puede practicar algo similar en relación con los partidos independentistas, salvo que se entienda que sus más de dos millones de electores son ciudadanos de segunda o, directamente, de otro país. En ningún caso se habla de ceder a sus demandas de soberanía sino de sentarse a hablar y hacerlo con luz y taquígrafos porque siempre se está a tiempo de practicar la virtud de no dar contra el vicio de pedir. ¿Que esto mismo es aplicable a la extrema derecha? Bueno, de su blanqueamiento ya se ha ocupado extensamente la “derechita cobarde y veleta” sin que las críticas les haya hecho rasgarse las vestiduras.

Todo ello pasa, lógicamente, por establecer un primer acuerdo con quienes a priori son los aliados naturales y conformar una mayoría bastante más abultada que los 123 diputados que el PSOE exhibe como aval. De la habilidad negociadora de los socialistas dependerá que Unidas Podemos acepte o no quedarse fuera del Consejo de Ministros, pero resultaría de traca hacer de ello una cuestión innegociable cuando se ha pactado esto mismo en varias comunidades autónomas. ¿Lo que sirve para Valencia o Baleares no es aceptable para el conjunto del Estado?

Los Gobiernos han de ser para quienes se los trabajan. La amenaza de plantear una investidura sin disponer los apoyos necesarios y confiar en que el órdago cambiará el sentido de la votación sería de una irresponsabilidad manifiesta. No se entendería tampoco que se renegara ahora de lo que fue aceptable para hacer triunfar la moción de censura. Lo que sé es exigible es transparencia, que se conozca exactamente lo acordado con cada una de las fuerzas políticas proclives a facilitar la investidura y la gobernabilidad. Y ello incluye a ERC y, por supuesto a Bildu. Después de años pidiendo a la izquierda abertzale que se integre en las instituciones, no parece muy lógico actuar como si no existiera por miedo a algún contagio vírico. Este país es así: tiene izquierdas, derechas, independentistas, regionalistas y, en algún momento, tendrá animalistas. Con esos mimbres hay que hacer los cestos.