Opinion · Tierra de nadie

La izquierda pierde hasta cuando gana

Sobre el fiasco de la investidura está habiendo interpretaciones para todos los gustos. Hay quien cree que Pedro Sánchez es un cretino, quien opina que Pablo Iglesias le supera en necedad y quien reparte el inmenso mar de la estupidez a partes iguales. Medios muy serios que se colocaban vendas XL especiales para momias ante su certeza de que todo era pantomima y que España acabaría cayendo en el frentepopulismo de un Gobierno Frankenstein acusan ahora a los diseñadores del monstruo de crear una inestabilidad letal para nuestra gran nación. Los analistas políticos se han transformado en esos economistas que explican profusamente en qué se equivocaron pero atribuyendo a los demás sus propios errores de juicio.

El resumen más certero de lo ocurrido lo desgranó desde la tribuna el portavoz del PNV, Aitor Esteban. El de Bilbao es un enamorado de los nativos americanos y hasta chapurrea el sioux, lo que puede haberle facilitado las habilidades necesarias para entender lo que a muchos les parece incomprensible. Su reparto de culpas sobre la impotencia de la izquierda en ponerse de acuerdo para cumplir el mandato de los electores fue demoledor para los llamados a una cena en la que nadie quiso probar bocado.

Se juntaron, en efecto, el hambre con las ganas de comer. Criticable fue la parsimonia del PSOE en trabajar una investidura que pensaba que le caería del cielo como fruta madura. Que un candidato a la presidencia sólo logre el apoyo de un diputado ajeno a su grupo demuestra que no basta con tener en el estante el manual de cómo hacer amigos sino que conviene leer alguno de sus capítulos. Es un récord difícilmente igualable del que se debería extraer una consecuencia: los apoyos se sudan y se ganan, es decir, se compran a un precio aceptable para el interés general y para ello hay que ir al mercado y regatear en los puestos. “Nuestro sí lo tenían en el bolsillo”, dijo el diputado. Y ahí siguió al finalizar la sesión.

A Iglesias le cortó uno de esos trajes a medida que no disimulan ni la caída de hombros ni el sobrepeso. Esteban, al que se le ha visto en ocasiones vestido de gudari y pistola en mano en la recreación de batallas históricas, le dio toda una lección de estrategia sobre cómo debe asaltarse el cielo, que es no cosa de llegar y besar el santo sino de consolidar posiciones de nube en nube. Le explicó la diferencia entre pensar que se tiene fuerza y tenerla realmente, que es un error muy común en ese campo de batalla que es la política, y le recordó que difícilmente se alcanza el éxito cuando por el camino se está a punto de perder a la tropa, como bien pudo haber ocurrido con Izquierda Unida.

Lo que más debió de escocer fue su despiadado relato sobre las discutibles capacidades de Podemos para asumir competencias que, a priori, le sobrepasan. El propio interpelado quiso darle la razón con esa oferta de última hora en la que renunciaba al Ministerio de Trabajo a cambio de las políticas activas de empleo, cuyas atribuciones están en manos de las comunidades autónomas. La inspiración, según se ha contado, se la dio por whatsapp el expresidente Zapatero, al que es de suponer que ya ha eliminado de su lista de contactos. Hay golpes de efecto que se dan de cualquier manera y te acaban haciendo muchísimo daño en el hígado.

La guinda al pastel la puso el propio Sánchez y resume todo lo anterior: “¿De qué sirve una izquierda que pierde hasta cuando gana?”. Es una de las grandes verdades que se escucharon en el Congreso, una frase redonda que merecía haber sido pronunciada por Gabriel Rufián, que en esta semana ha demostrado que su paso por el circo era sólo un imperativo más del guion y que está a la altura de teatros más principales. “Yo soy de izquierdas y llevo la derrota en mi ADN. Y hoy lo vuelvo a hacer, no por ellos, sino por nosotros”, explicó Rufián antes de soltar la segunda gran verdad de la jornada: “Debería darles vergüenza”. Amén.