Tierra de nadie

Tonto es el que hace tonterías (¿y II?)

Se destacaba aquí hace unos días la prodigiosa habilidad de este Gobierno para sabotearse a sí mismo, hasta el punto de ser capaz de asumir las funciones de oposición y hasta de enemigo interior con la naturalidad más absoluta. Se planteaba entonces dos alternativas como explicación a esta obsesión por colocar palos en las ruedas a su propio carro: una querencia incontenible al masoquismo o una enciclopédica estulticia. El dilema se ha resuelto ayer mismo y se puede descartar finalmente el masoquismo.

Un oficio reservado de la directora general de la Guardia Civil, María Gámez, al secretario de Estado de Seguridad con la propuesta de cese del jefe de la Comandancia de Madrid, Diego Pérez de los Cobos, ha despejado la incógnita. En el mismo se alega como motivo de la destitución la pérdida de confianza en el coronel "por no informar del desarrollo de investigaciones y actuaciones de la Guardia Civil, en el marco operativo y de Policía Judicial con fines de conocimiento".  Dicho más claramente, por no dar cuenta de lo investigado por sus subordinados en relación al kafkiano procedimiento judicial que, a cuenta del 8-M, se sigue contra el delegado del Gobierno en Madrid, y al que el benemérito instituto ha aportado un disparatado informe lleno de bulos e inexactitudes.

Como el citado De los Cobos no dejaba de ser un cargo de confianza, la propuesta de cese podría haber elegido otros motivos para fulminarle sin mayores precisiones, desde que se saltó la cadena de mando a que siempre llevaba el uniforme lleno de lamparones, pero la directora general, en su infinita sabiduría, fue a elegir el que, leído literalmente, viene a dar la razón a los que sostienen que se le cesó por cumplir con su obligación legal de guardar secreto sobre las actuaciones que tenía encomendadas como Policía Judicial y de las que solo puede dar cuenta a los jueces instructores. En un puñado de líneas, la señora Gámez ha conseguido fabricar un mártir de la separación de poderes, toda una proeza.

La revelación ha dejado al ministro con el final de la espalda al aire, con grave riesgo de pulmonía, ya que Grande-Marlaska, que en su día debía haber acometido una limpieza en profundidad de un departamento que sigue oliendo a cloaca que tira para atrás, además de elegir el peor momento para la destitución del coronel la justificó diciendo que formaba parte de una remodelación de equipos tan aséptica como increíble. En resumen, confirma que el titular de Interior no dijo toda la verdad en sede parlamentaria y, obligado a cambiar de argumento, la forzada pirueta le ha puesto a los pies de los caballos del PP y de los cruzados de la Reconquista con la columna como un ocho o una jota.

La gestión de este asunto es la demostración de aquella frase de Quevedo, según la cual todos los que parecen estúpidos lo son, y además apenas la mitad de lo que parecen. La versión más creíble pero no confirmada de lo sucedido la aportó días atrás Infolibre. Al parecer, no es que el coronel se hubiera negado a revelar las investigaciones judiciales ya que no se le pidió nada semejante, sino que, preguntado por la causa, transmitió a sus superiores "información distinta a la real". De los Cobos habría asegurado que la instrucción estaba paralizada por el estado de alarma cuando, en realidad, no era cierto, algo que el Ministerio pudo comprobar por la filtración del informe surrealista de la Guardia Civil antes incluso de que llegara a manos de la abogacía del Estado y por la citación a declarar en calidad de investigado del delegado del Gobierno. En resumidas cuentas, el coronel tenía de cargo de confianza lo que uno de esos porteros de hotel de cinco estrellas de general de brigada.

A partir de aquí, es más fácil entender la reacción de Interior pero cuesta horrores asimilar su estulticia. De entrada, se ha podido comprobar que el Ministerio tiene un problema con los topos, que no han tardado ni un suspiro en hacer llegar a la prensa la propuesta de cese de De los Cobos con la impagable coletilla de la avispada directora general del Cuerpo. Interior tiene tantos submarinos que su limpieza, de acometerse, debería hacerse con buzos y detectores de minas.

El segundo gran problema es la asunción de responsabilidades por la incompetencia. Los errores se pagan y no es excusa que una dimisión daría alas a la oposición, cuyo comportamiento atribuyendo al Ejecutivo conductas criminales en la gestión de la pandemia no es que sea vomitivo sino lo siguiente. Esto es lo que se espera en una democracia seria y de un Gobierno que llegó al poder, o eso dijo, para hacer justamente lo contrario de su antecesor y no para hacerle bueno y hasta añorable.

Como lo del ministro sería caza mayor fuera de veda, habría de ser la directora de la Guardia Civil la que diera el paso de inmolarse en el altar de su propia estolidez. Desaparecida en combate, su contribución a dejar en ridículo a Marlaska ha sido definitiva. María Gámez tiene la oportunidad de pasar a la historia por un doble motivo: por ser la primera mujer en dirigir la Guardia Civil y por ser su responsable más efímero. No debería desaprovechar el segundo.