El desconcierto

La Perestroika de Sánchez

Aquella Perestroika prometida, en 1990, por Felipe González a Fernando Claudín, en su lecho  de muerte, en el popular barrio madrileño de Aluche, reaparece ahora como promesa de Pedro Sánchez en las vísperas del 40 Congreso del PSOE convocado para este otoño. Como anticipo de este difícil proyecto, la remodelación de la Moncloa con la promoción política de una nueva generación de cuadros, surgidos desde Ferraz y del municipalismo socialista, que ha sorprendido a sus propios electores y cogido con el pie cambiado al resto de los grupos parlamentarios. De hecho, esta iniciativa del secretario general es comparable por sus consecuencias a cuando insistía en el no es no a la gran coalición con el PP.

Baste señalar como hoy los hijos políticos de Pérez Rubalcaba -el cambio gubernamental viene regado por la muy acreditada cosecha del político desaparecido en la que se educaron políticamente estos nuevos altos cargos socialistas- apoyan a Sánchez para calibrar la reconciliación interna del socialismo español. Si el ya desaparecido líder temía a lo que con su habitual ironía calificaba ayer como posible gobierno Frankestein, sus buenos discípulos ministros lo sostienen hoy porque eso temores se han visto infundados. Tras dos años en la Moncloa, el PSOE no se ha visto arrastrado por ningún aventurerismo populista ni derechista, pese a que ambas aventuras políticas nunca han dejado de estar presentes.

El firme cese de ese extraño compañero de viaje apellidado Redondo, tan celebrado por todos los socialistas, indica que la Moncloa ha sacado las lecciones pertinentes de esta marginación de la propia cantera de Ferraz.  Carecía de sentido el no es no al Partido Popular, cuando se situaba en el  núcleo de la Moncloa a Iván Redondo con una bien acreditada hoja de servicios al PP.  La operación en Murcia y el rebote murciano en Madrid,  solo basado en los cálculos sobre un giro de Ciudadanos,  fue pagada electoralmente por un PSOE que nada podía sacar de las trifulcas de la derecha. El ridículo de Gabilondo hundió al socialismo madrileño tanto como ascendió al PP en las encuestas electorales en el resto de España.

Los mismos sondeos ya  reflejan que, tras el cambio de gobierno, se ha frenado la caída electoral de Sánchez. En tan solo una semana, en la que el PSOE ha emergido como un Guadiana político, las perspectivas políticas de la Moncloa son diferentes. El Partido Socialista, resituado en el centro izquierda, encara la segunda mitad de la legislatura en condiciones muy diametralmente opuestas a las que definieron  la primera. Sigue contando con aliados, incluso en el mismo gobierno, pero ya  no depende políticamente de ellos tanto como como lo hizo en los dos últimos años. Por supuesto que, aritméticamente hablando, su dependencia es clara, pero el riesgo cierto de involución, debida a un PP que no elige entre Núñez Feijóo e Isabel Ayuso, es el principal sostén del PSOE.

Sánchez cuenta, además, con la ventaja histórica de la sigla PSOE. Es el único partido político que desde la transición  no ha cambiado de sigla. Mientras  que la derecha ha contado con tres, UCD, AP, PP, la izquierda radical con otras tres, PCE, IU, Unidas Podemos, y la derecha extrema dos, Fuerza Nueva y Vox . Dato que refleja las profundas raíces sociales que este partido más que centenario mantiene en  la sociedad española. Puede que la Perestroika de Sánchez fracase, pero su fracaso, si se diera, no se llevaría por delante al PSOE, tal y como les sucede tanto ala derecha como a la izquierda radical cada vez que tropiezan con las urnas.