El desconcierto

Sánchez o la cabra

El presidente del Gobierno y Secretario General del PSOE, Pedro Sanchez, interviene ante el Plenario en la clausura del XL Congreso Federal del partido que se ha celebrado en Valencia.- EFE/Biel Aliño

Una imagen, la de Sánchez abrazado a González, resume el XL Congreso del PSOE; y una oportuna declaración de Guerra, en la que ironiza sobre los que insultan al presidente del Gobierno mientras aplauden a una cabra, explican las razones de este abrazo. Quien dirigió la transición sabe mejor que nadie que la imagen de la involución, el abrazo de Casado con Abascal, no solo acecha al Gobierno de Sánchez, sino a todas las instituciones democráticas y que, por lo tanto, la unidad de los socialdemócratas es una condición necesaria, aunque insuficiente, para frenar este retroceso. Hoy con Pedro Sánchez, como ayer con González, la sociedad española debe volver a elegir entre retroceder o avanzar. O, como diría Guerra, entre Sánchez y la cabra.

Que la cabra de la derecha tira al monte, sin que el pastor Casado impida que el rebaño vaya directo al precipicio, es bastante evidente. No hay más que escuchar sus propuestas y discursos. O sea, volver a la monarquía anterior a la Constitución, liquidar el Estado de las Autonomías, ilegalizar todos los partidos nacionalistas catalanes y vascos, derogar las leyes sobre el aborto y la eutanasia, plantear un Poder Judicial ajeno a la soberanía popular, y consolidar un amplio recorte de las atribuciones de los sindicatos en la mal llamada reforma laboral de Rajoy. El mapa de la involución: monárquicos contra republicanos, catalanes y vascos contra españoles, clase contra clase, obreros frente a empresarios, creyentes contra agnósticos. Luego, ley, orden y Vox.

El PSOE vuelve a ser la columna vertebral del sistema democrático. No tanto por méritos propios como por deméritos ajenos. Es el partido hegemónico. Tanto en el seno de toda la izquierda como  también en el resto de los partidos constitucionales. La permanente tentación de una derecha ciclotímica, que no acaba de asentarse como una fuerza constitucional, refuerza hoy ese papel del socialismo que se ve, además, obligado a representar intereses que no son los suyos en cada crisis existencial de la derecha. No es la primera vez que ocurre, ya pasó con los gobiernos de González, pero la gravedad de lo que sucede ahora es mucho mayor dada la creciente capacidad política de la extrema derecha y la incapacidad de la derecha.

La gran responsabilidad de Sánchez es conseguir estar a la altura de esta grave tarea política. Justo cuando todo el PSOE le reconoce como líder, después de haber anulado las anteriores desviaciones derechistas de la gran coalición con el PP,  y las izquierdistas del sorpasso, ahora afronta el peligro cierto de una involución del sistema democrático. Sin el intenso abrazo del XL Congreso, en el que todos los socialistas han cerrado filas en torno a su liderazgo, Pedro Sánchez no podría ni siquiera intentar convertir al PSOE, y con él al actual Gobierno progresista, en el protector de la Constitución. Para  bien conseguirlo, necesita simultáneamente proteger socialmente a la mayoría de los españoles. Sólo así logrará el PSOE ser visto, percibido y buscado como un escudo.

Pero las espaldas del PSOE son insuficientes para cumplir esta tarea. La izquierda hegemónica necesita hoy que la izquierda radical supere ya el marasmo en el que se encuentra. Coincidiendo con este final del XL Congreso socialista, la vicepresidenta Yolanda Díaz, heredera del PCE y de CCOO, ha anunciado su intención de abrir un diálogo con la sociedad civil para intentar buscar una plataforma ajena a los fulanismos, que termine con ese caos político en el que flota la minoría de izquierda. Tiene dos años para impedir que los votos de ese espacio corran el riesgo de tirarse al  cubo de la basura. La ley de D'Hondt es implacable. Esta iniciativa es la mejor noticia que ha podido recibir Pedro Sánchez tras el abrazo de González.