Tentativa de inventario

Elogio del merodeo

Un trabajador del Prado instala un señalizador en el suelo.- REUTERS/Susana Vera

Siga la flecha. En aras de una visita "segura y tranquila", siga usted la maldita flecha. Los rigores de la prevención nos han reportado unos estupendos raíles por los que discurrir sin temor a lo fortuito. Reabren los museos y lo hacen convertidos en Scalextric, con pictogramas, adhesivos y amables seres humanos provistos de walkie-talkie que le indican a uno el camino a seguir. Un camino hacia la asepsia que penaliza el merodeo y fomenta el trayecto. De modo que siga usted la flecha, haga el favor. Oiga pero es que quisiera ver de nuevo el pinrel de ese arcángel, me pareció que la pincelada estaba muy conseguida. No se detenga, siga las indicaciones.

Corren malos tiempos para la digresión. Olvídese hasta nueva orden de tomar un desvío, de no ir a ningún sitio en concreto o de irse al carajo en plena experiencia museística. Se vallaron los cerros de Úbeda y se exige del visitante obediencia bovina. Oiga pero es que apuré una chusta en ayunas antes de entrar y ahora parece que aquel eunuco me interpela. Mantenga la distancia, haga el favor. En el reino de la señalética el sumiso es el rey. Asistimos con resignación a lo preestablecido, se minimizan las contingencias en los templos del arte, y el deleite, o la mera contemplación, queda estipulado en tiempo y forma en pro de la salud pública.

Oiga pero qué daño hago yo si me quedo aquí un rato contemplando la maestría con que ha sido tallada la bolsa testicular del piafante jaco que cabalga nuestro augusto emperador. Circule, por favor. Desandar lo andado debe ser como desdecirse al hablar, y pensar en voz alta como caminar sin rumbo fijo. Deambular por tanto es una forma de mirar pero sobre todo de pensar mirando. En tiempos precovid era habitual encontrarse con remesas de turistas orientales que atravesaban el museo con trote ligero, sus cabezas iban de un lado a otro como si las hiciera girar un mecanismo activado al andar. Por momentos parecía que los verdaderos espectadores eran los Tiziano, los Picasso o los Canaletto. Lo que nos reíamos.