Opinión · Entre leones

Cemento armado

La ministra de Educación y Formación Profesional, Isabel Celáa, se mostró sorprendida por la campaña de acoso y derribo a base de fake news que está sufriendo el Gobierno.

Y se explicó la también ministra portavoz así: “Me encuentro cada semana con preguntas que son ya, de entrada, condenatorias, cual si fueran sentencias de tribunales y esto arrolla la libertad de expresión y toda la presunción de inocencia. No podemos consentirlo”.

Cuando la escuché, no pude evitarlo y grité para mis adentros: ¡Menuda boy scout!, ¡Menudos boy scouts!

En el Gobierno de Pedro Sánchez también hay personajes pintorescos, totunos y bocazas, y, como es natural, con el tiempo irán aflorando. Y no me refiero a esta ministra, que es de lo mejor pero que no acaba de enterarse de que tiene sus posaderas encima de un polvorín.

¿De verdad no sabían la campaña que se les venía encima tras acceder al Gobierno con 85 diputados?

¿No se han percatado del profundo malestar existente en la banca por los nuevos impuestos que se barajan?

¿No eran conscientes del control que la derecha tenía y tiene de la inmensa mayoría de los medios comunicación que controla la banca?

¿No se habían enterado aún de que el oficio de periodista se jodió con la crisis como el Perú de Vargas Llosa y Zavalita se jodió en el parto?

En vez de tanta preocupación por las fake news, que se centren en analizar por qué el periodismo está tan mal, por qué se está muriendo de inanición, con salarios de mierda, por qué los mejores periodistas están pasándolas canutas para poder jubilarse. Y, sobre todo, cómo está afectando a la España del siglo XXI el deterioro de uno de sus pilares básicos de nuestra democracia hasta hace unos pocos años.

En fin, volviendo al carril principal, dicho control es más o menos de la misma intensidad que el que esa misma derecha mantiene sobre los tribunales de Justicia. Dos de cada tres jueces –con tendencia a tres de tres- son conservadores.

Por eso, para que ustedes me vayan entendiendo, el escándalo colosal del presidente del PP, Pablo Casado, con sus másteres y sus carreras está quedando en nada. El Tribunal Supremo rechazó la causa pese a que aprecia indicios de trato de favor.

Nada más que la existencia de ese trato de favor debería llevar a Casado a la conclusión de que el presidente del PP es un pirata del Caribe y, por tanto, debería sugerirle un puerta y calle lo más discreto posible, sin arrastrar la pata de palo por la moqueta.

Pero ni de coña, Casado, que es el mismo individuo que el presidente del PP, aunque suene a coña, está celebrando su inocencia en platós de televisión y de radio, en mítines y saraos populares, en conversaciones privadas, en sueños, sacando pecho a costa del Tribunal Supremo, que le ha salvado el culo pero ha dejado constancia de que tiene la cara tan dura como el cemento armado.

Él hace bien en reivindicarse mientras los periodistas le sigan perdonando sus pecados académicos, mientras disparen sin cesar por orden de la superioridad por pura distracción contra el Gobierno de Pedro Sánchez, que todavía está blandiblue.

La realidad, la cruda realidad, es que Casado, con su expediente impoluto gracias al milagro del TS, se seguirá paseando defendiendo la España que tanto le gusta a él, aliñada con unidad, grandeza y libertad, y donde todos los españoles son iguales ante la ley o no, que diría Rajoy.

Y con razón, porque en la Jiménez Cisneros y la Rey Juan Carlos hubo guarrerías españolas VIP cuando Casado estuvo de paso y dejó un olor a huevos podridos.