Opinion · Entre leones

Más allá del odio

Llevo escuchando desde el minuto siguiente de que se conocieran los resultados de las elecciones del 28 de abril que entre los dirigentes del PSOE y de Unidas Podemos solo existe odio, que es imposible que lleguen a un acuerdo y que la única salida no es otra que unos nuevos comicios.

Con el paso de los días, las semanas y los meses he podido constatar que, entre la mayoría de los dirigentes de las dos formaciones de izquierdas, efectivamente solo hay odio; en algunos casos hasta tibetano, de ese que se corta como la mantequilla de la Cigüeña de Gibraltar.

Es un nuevo episodio de la pésima relación que socialistas y comunistas (y anarquistas) arrastran desde la Guerra Civil española, donde no hace falta recordar que las izquierdas perdimos ante unas derechas mejor organizadas y más hijaputas.

Como ha escrito Juan Carlos Burgos en El sopor de la ciénaga, (el artículo, aquí),

un artículo brillante, esto se reduce al enfrentamiento entre josearcadios y aurelianos, pero en el ámbito de las izquierdas y con el contador de los 100 años de soledad en marcha y con apenas 14 días para evitar una catástrofe bíblica.

Pero más allá del odio que se profesan la mayoría de los dirigentes del PSOE y Unidas Podemos –el intercambio de andanadas repletas de mala baba entre Pedro y Pablo, sin permiso de Vilma y Betty, han sido de vergüenza-, existen 7,4 millones de votantes socialistas y 3,7 millones de votantes podemitas que se llevan, por lo general, estupendamente y que empiezan a desinflarse (y a cabrearse) ante la incapacidad de sus líderes y lideresas para entenderse.

El odio del votante medio de izquierdas, sobre todo los de clase media-media y media-baja, se dirige a esos jefes cabrones que pueblan los organigramas que rinden culto a la semiesclavitud. O quizás a esos finales de mes criminales. O quizás a los gachones de USA que matan seres humanos un día sí y otro también. O quizás a esos otros criminales que matan mujeres que no son amadas por Vox. O quizás a esas facturas, multas o notificaciones que no paran de llegar y nos convierten en yonquis de la valeriana o en adictos al sexo como relajante muscular natural.

Pero vamos al turrón:

Más les vale a Pedro y a Pablo ponerse manos a la obra, porque me temo muy mucho que, aunque las encuestas digan que divino de la muerte y que les tocará hasta una Chochona, van a salir mal parados de unas nuevas elecciones; quizás el líder de Podemos más que el secretario general del PSOE, pero no me cabe duda de que pelos y coleta en la gatera se los van a dejar los dos.

La apertura de la edición del sábado de El Mundo era muy significativa del juego de engañifas que están practicando las derechas: “El PP teme que unas nuevas elecciones minen el liderazgo de Casado”.

Y los 11,1 millones de votantes de las izquierdas vamos y nos lo creemos sin anestesia, y estamos a punto de caramelo de salir a la calle exigiendo en una multitudinaria manifestación nuevas elecciones.

Así las cosas, ya sea un Gobierno de coalición con un cupo de independientes de reconocido prestigio y del gusto de Pedro y Pablo, ya sea un acuerdo a la portuguesa a hierro y para cuatro años sobre un pacto de amplio espectro, ya sea un vámonos que nos vamos en una servilleta de papel, ya sea por medio de un polvo clandestino… Sea como sea y lo que sea, por lo civil o por lo criminal, el gato en la talega y a gobernar.

O tendremos un nuevo presidente de Gobierno no ya con una cola de cerdo sino con tres.