Entre leones

Las moscas

A mí, que cuatro ricachones, cuatro pijos, cuatro venezolanos del exilio y ‘cienes y cienes’ de votantes del PP y VOX protesten contra el Gobierno no me preocupa mucho. Allá ellos. Con las caceroladas, los escraches y las algaradas callejeras en una de las peores crisis de la historia de España, se retratan ante el resto de españoles, esa mayoría silenciosa que resiste en sus casas, sangra, lucha y pervive, y cumple escrupulosamente con el confinamiento del estado de alarma, porque sabe que esta vaina es una cuestión de vida o muerte.

La derecha ya se apropió hace tiempo de la bandera, con el aguilucho franquista escondido tras la mata del escudo constitucional. También se adueñó de los muertos por el coronavirus, enlutada sobre fondo rojigualda. Los demás, bolcheviques, rojos, socialistas, anarquistas, sindicalistas, mariquitas azúcar, comunistas y bolivarianos, no damos, por lo visto, ni para una lágrima por la muerte como chinches de ancianos en las residencias autonómicas o de los fondos buitre enfermos de avaricia. Y ahora, llenos de odio y mala baba, quiere quedarse con las calles, reeditando a Fraga y ‘la calle es nuestra’ del tardofranquismo, pero en tiempos de los borjamari y los Sorasolas.

Que el Gobierno no quiera responder a esta provocación política, me parece bien. Ante estos desbarres continuos, debe reaccionar con sentido común y moderación, apelando a la unidad y a la no confrontación ciudadana, sobre todo. Es lo más inteligente. No creo que haya que mandarles los antidisturbios aunque estén vulnerando las normas de confinamiento y el propio Estado de derecho. Lo mezquino no puede tener ni una pizca de épica.

Pero los dirigentes que alientan estas protestas tan antipatriotas como infames, sí deberían sufrir todo el peso de la ley. Me refiero a dirigentes del PP y VOX, que, mira por dónde, están embarcados no en una guerra patriótica sino en una vulgar kaleborroka. Muchos de ellos se han situado en primera línea de las protestas: el matrimonio Espinosa de los Montero-Monasterio y algunos diputados de las dos formaciones políticas han participado en estos actos contra la salud pública.

Y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, amenazando al Gobierno, echándole gasolina al fuego de las protestas y pasándose por el forro de la falda la Constitución. Sí, se comporta como en su día lo hicieron Puigdemont y el resto de dirigentes del procés, ¿no? Y promueve caceroladas contra la disminución de muertos, se cabrea por la bajada de contagios y busca que los españoles se enfrenten a hostia limpia con otros españoles para que ella, santa de paripé, tonta de capirote, pueda seguir alojada en una corruptela, en el ático de lujo a 80 euros la engañifa.

Y abandera una desescalada a las bravas sin preocuparle lo más mínimo que un desconfinamiento veraniego prematuro de madrileños –y barceloneses- puede expandir el bicho desde Finisterre a Punta Europa en menos tiempo que ella resuelve cuánto son dos más dos. Que le pregunten a los ciudadanos de Castilla-Leon...

En fin, Ayuso y sus conmilitones gamberros me recuerdan a las moscas de Antonio Machado, posadas sobre esa ‘milla de oro’ pero con un moro de por medio: "Vosotras, las familiares/ inevitables golosas,/vosotras, moscas vulgares/ me evocáis todas las cosas".

Mientras tanto, los barrios obreros de Madrid y de otras grandes ciudades resisten en silencio y a duras penas, con colas del hambre como las de Aluche, gracias a las asociaciones de vecinos y otras organizaciones sociales y religiosas que reparten más de 100.000 comidas diarias solo en la capital de España.

Al final, de nuevo Antonio Machado para entender, para

proclamar alto claro que "en España lo mejor es el pueblo" llano. Y explicarlo: "Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la Patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva".

Ni que decir tiene que estoy con este Gobierno de progreso -¿dónde están Felipe González y Guerra?-, aunque sea para perder. Y lo estoy por la protección que ha dado a los trabajadores a través de los ERTEs, la implantación de la renta mínima para que los pobres y sus hijos vivan con dignidad, el incremento de un 22% de la financiación de las becas y muchas otras medidas con un profundo sentido de la igualdad y la justicia.