Entre leones

Milagro en Madrid

Mientras escribo este artículo, el presidente del PP, Pablo Casado, se rasga las vestiduras porque "no se están tomado las mismas medidas que en la primera ola".

No es extraño, de forma continuada, el líder de los populares ha puesto de manifiesto una impostura rayana en la desfachatez y un escaso sentido de Estado. Y estas manifestaciones son un episodio más del disparate del tomate que protagoniza un día sí y otra también.

Ha pasado de exigir las medidas más duras de confinamiento a reclamar libertad, libertad en modo barrio de Salamanca, y siempre lo ha hecho a contramano de las medidas que ha ido tomando el Gobierno para domeñar la peor la crisis que ha vivido España desde la Guerra Civil.

En ningún momento ha sido capaz de mostrar la mínima lealtad que se exige ante una pandemia que ha matado a más 58.000 criaturitas (más de 80.000 según el INE). Ha querido y quiere sacar tajada política de un drama nacional que afecta a todos los españoles independientemente del credo, la ideología o la cofradía de penitencia a la que pertenezca.

Para aguantar sin que se le caiga la cara de vergüenza, este artista del alambre apoya al presidente andaluz, Juanma Moreno, por las medidas tan restrictivas que está imponiendo frente a la COVID-19, pero a la vez aplaude con las orejas a la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, cuya ‘estrategia antibicho’ es diametralmente opuesta a la del andaluz.

A 29 de enero, en Andalucía, por ejemplo, con 891,2 casos, los bares, restaurantes y comercios están cerrados a cal y canto en 303 municipios con más de 1.000 casos por 100.000 habitantes. En Madrid, con 870 casos, las zonas de salud, los municipios y las poblaciones con los mismos dígitos están abiertos hasta las nueve de la noche.

Para Casado, tan pendiente siempre de cualquier agravio en Cataluña o el País Vasco, principalmente, está claro que los españoles pueden no ser iguales, sobre todo en el gremio de hosteleros y pequeños comerciantes. Así las cosas, en Andalucía, sufren un cierre estricto para frenar la COVID-19 pero está arruinado al sector, y, en Madrid, están abiertos para no arruinar el sector, pero a costa de la salud pública de la ciudadanía.

Bien visto, con este pegarle políticamente con las dos piernas, Casado pone una vela a Dios y otra al Diablo, tiene un discurso para cada España que habita en España.

Aunque, en el fondo, este ‘speedy’ del Derecho Romano le gusta más Madrid que Andalucía: es por afinidad ideológica con su presidenta –a Juanma Moreno lo ve demasiado moderado para su gusto-, pero sobre todo por el milagro que contiene en sí misma la gestión de Isabel Díaz Ayuso, que, pese a las laxas y chirigoteras medidas que ha tomado, sólo se le han muerto 12.600 madrileños de 6,6 millones. Pocos coches para tanta población, dijo durante la gran nevada. Pues lo mismo.

Tan contento está Casado con la lideresa madrileña, que le ha pedido que se pase por Cataluña durante una campaña electoral. Con un poco de suerte, digo yo, idiotiza a los catalanes y adiós muy buenas al ‘procés’.

Un arma de destrucción masiva es esta señora, mitad tonta del bote, mitad ‘virgencita déjame como estoy’. O eso pensé yo después de pasearme por Alberto Aguilera, Santa Engracia y Guzmán el Bueno a cara de perro y ver con mis propios ojitos un tren de terrazas a reventar, repletas de jovenzuelos y jovenzuelas, bebiendo, comiendo, hablando y viviendo, sin mascarillas y exhalando aerosoles por doquier. ¡Viva el vino! Posiblemente, entre ellos estaría alguno de mis hijos, que nos han abonado –como muchos adolescentes- a una especie de ruleta ruso con el bicho a su madre y a mí cada vez que pisan la calle.

No me extraña que la COVID-19 haya subido el 16% y esté rozando ya los 1.000 casos por cada 100.000 habitantes en Madrid. Viendo tanta barra libre, es en verdad un milagro –y grande- que la situación epidemiológica madrileña no sea mucho peor. O quizás lo sea y estemos ante una engañifa de Champions League, ¿no?