Jose A. Pérez

La democracia reality

Dice Umberto Eco, en un artículo publicado por L´Espresso, que el problema de Italia no es Berlusconi sino los italianos. Si metemos esa obviedad en un barco y nos la traemos por el Mediterráneo, pronto avistaremos el problema de Valencia, que no es Camps ni Fabra, sino los valencianos. Porque la democracia es un dogma de fe incuestionable hasta que gana Berlusconi o Camps, y entonces empezamos a buscar justificaciones sociológicas a semejantes despropósitos. Y la primera que viene a la mente (que no a la boca) siempre es la misma: que la gente es imbécil y ni votar sabe. Toda la gente, se entiende, menos uno mismo y los de su partido.

Es el nudo gordiano de esta cosa democrática: que la mayoría, a veces, hace cosas incomprensibles para la minoría. ¿Pero acaso no merece Italia ese gobierno de pantomima? ¿No lo merece Valencia? Lo realmente preocupante de personajes como los citados Camps y Fabra no es que sean unos presuntos mangantes, unos presuntos mentirosos y unos chulos demostrados. Lo preocupante es que, siendo todo eso, sigan ganando elecciones. Porque esa tendencia nos pone rumbo a Italia, derechos hacia un modelo democrático donde gana el de la piel más tersa, los dientes más blancos y las putas más caras.

El populismo siempre ha existido, pero ahora se ha instaurado como doctrina política, una suerte de tercera vía para empresarios, mafiosos y demagogos en su conjunto ávidos por crear sus propias leyes, sus propias normas, su propio país. Si la mayoría no despierta, acabaremos votando por SMS, en una democracia reality, gobernados por el más carismático de la banda.