La Moncloa, contra la BBC

El Gobierno español comenzaba el año protestando contra los guiñoles franceses por relacionar con el dopaje a los grandes éxitos del deporte español.. Y lo acaba, poniendo el grito en el cielo o el cielo en el grito tras un reportaje de la British Broadcasting Corporation en que relacionaba nuestro crack económico con el despilfarro y la corrupción de la comunidad valenciana. Fuese en febrero o fuese en diciembre, al Gobierno del Partido Popular parece que le pirran más las exageraciones de los botafumeiros que las de la antigua Radio Pirenaica. Y en cualquier caso, le desagrada cualquier información que airee nuestras vergüenzas, ya fuere en casa o en el extranjero.

¿Acaso tendrá algo que ver dicha acritud con la caída en picado del oficio periodístico en nuestro país? Como dijera Alejandro Victor García, uno de nuestros grandes plumillas, no sólo estamos perdiendo un empleo sino una profesión. El sector de la información en España conoce, en estos días, una reconversión mucho más profunda que la del sector naval, la minería, la pesca o la siderurgia, sólo que los reporteros –quizá por eso les va peor– no cortan puentes ni incendian barricadas.

Se veía venir: de las ruedas de prensa sin preguntas, hemos pasado a las redacciones sin periodistas. Acabaremos contando con medios de comunicación que funcionen a control remoto como los aviones tripulados por robots que bombardean con mucha más precisión que con pilotos de carne y hueso. Desde la sala de mandos de La Moncloa, dispararán titulares previamente confeccionados en base a argumentos clásicos como la herencia recibida, en la buena dirección, reformas estructurales, contención del déficit. Y si la audiencia de la radio televisión española cae en picado porque le han planteado un ERE al pluralismo, se frotarán las manos pensando en la tajada que sacarán cuando la privaticen.

En este país, por otra parte, hemos pasado del poderoso anunciante o del alcalde de turno que presionaba al editor, para que el editor le tirase de las orejas al director y este llamara a su despacho al jefe de sección para que bronqueara a los redactores, a que nadie diga ni mú. Ni puñetera falta que hace. Ni siquiera el gacetillero se presiona a sí mismo porque de la era de la autocensura hemos pasado a otra en la que ya nadie piensa que sea noticia un pufo inmobiliario porque, en rigor, ya no hay inmobiliarias aunque –a pesar de la crisis o quizá por ella– sigan existiendo nichos de corrupción que nadie delata. Ya ni siquiera por miedo, puesto que no quedan anunciantes ni alcaldes que paguen propaganda. Lo único que nos queda, bajo la precariedad extrema de nuestros mass media, es una ilustre becaria a la que llamamos indolencia.

Por una parte, el periodismo en su conjunto empieza a ser un trabajo a extinguir, como antaño el de los cajistas de imprenta o el de los fogoneros. Pero, por otra, el periodismo de izquierdas –si alguna vez existió– ya se ha extinguido o nos queda un cuarto de hora para que esa defunción ocurra más allá de las praderas salvajes de internet. Una cosa es que el PSOE tenga de vez en cuando quien le escriba y otra que pueda prosperar un medio o un ojo público que sea capaz de denunciar la corrupción venga de donde venga, en vez de ponerle sordina a la Gürtel –de la que ya nadie habla, por cierto–y altavoz a la Operación Campeón o a la de los eres fraudulentos.

A excepción de algunas tertulias y periodistas antediluvianos, hay un raro silencio, como de estado de excepción, que inyecta una insólita calma chicha en la Galaxia Gutemberg, en las ondas y cables. ¿Patriotismo ante el desastre? Ya lo hubieran querido para sí, los predecesores de marianos, sorayas, cospedales, werts y ruices gallardones. Tampoco se pregonaba, ni entonces ni ahora, recetas distintas a las de la OCDE, FMI, Banco Mundial, Central Europeo y otras troikas neoliberales. Quizá sea porque la inmensa mayoría de los diarios españoles tienen su corazón y la cartera en el mismo lado, el de la derecha. ZP desayunaba cada día con el apocalipsis según San Juan en forma de editoriales. Más allá de la crisis económica, ¿qué le habrían espetado, por ejemplo, si hubiera sido él quien le pusiera tasa a la justicia? Los apóstoles de la caverna pregonarían que los filocomunistas de la Moncloa estaban fusilando a Montesquieu.

Desde numerosos medios públicos y desde la inmensa mayoría de los privados, da el barrunto de que al PP le jalean cuanto más se equivoca: como si los humildes gorriones de los diarios que dijere Horacio Guarany se hubieran convertidos en palmeros para la juerga de un señorito; ese niño mimado que no acepta que le digan que va con el paso cambiado a pesar de que viene desfilando el pelotón de los torpes por la vieja Europa.

No tienen bastante. A pesar de que en España empieza a enmudecer buena parte del papel prensa, de las cámaras y de los micrófonos, el Gobierno ensaya leyes para evitar también que se pueda grabar a la policía mientras reprime manifestantes, desahucia currantes o encarcela a informadores en los rancios calabozos del fin de semana.

Nuestro nuevo Gran Hermano no tiene suficiente. José María Aznar jugaba a ser Georges Bush de mayor para terminar metiéndonos en una guerra y Rodríguez Zapatero se entregaba a la Alianza de Civilizaciones para acabar reformando nuestra Constitución con la nocturnidad y la alevosía de su último y patético verano. Sin embargo, Mariano Rajoy, que ya no se sabe si sube o si baja porque se ha caído de la escalera, prefiere reivindicar a Torquemada como una de sus principales líneas de política exterior. Que tiemble la BBC. Su protesta oficial por la información sesgada tan sólo es un primer paso. A este ritmo, cualquier día de estos lo mismo deciden privatizarla como si fuera Iberia en manos de British Airways y la compra Eurovegas para –es un suponer– nombrar a Esperanza Aguirre como directora de la prestigiosa cadena pública de comunicación británica.