La sumisa, el arzobispo y la costilla partida de Adán

¿Qué le habrá hecho la mujer a la religión para que los principales libros sagrados la maltraten tanto? El panfleto Cásate y sé sumisa es a la Biblia o al Corán lo mismo que “Las cincuenta sombras de Grey” a “Los 120 días de Sodoma”, del marqués de Sade. Cuánto añoramos el reino perdido de las amazonas, la diosa blanca de Robert Graves, incluso la María Magdalena de Dan Brown, frente a esa caterva de escribas de los dioses que en el islam ingeniaron formas para pegarle a la mujer sin que se note por fuera o en el cristianismo urdieron humillaciones sin cuento o raras trinidades en cuyo palmarés la zoofilia vale más que el género femenino.

La periodista italiana Costanza Miriano, autora de ese último manual de buenas costumbres del masoquismo doméstico, no hace más que cumplir con una clara tradición bíblica de postergación femenina, como si la civilización judeocristiana siguiera culpando a Eva o a Lilith por nuestra célebre expulsión del paraíso: «El pecado llegó con una mujer, ya que a ella se debe el hecho de que todos nosotros habremos de morir», escribía un antecesor de la señora Miriano, en el Eclesiastés, un libro sapiencial del Antiguo Testamento, capítulo 25, versículo 24. La mujer es la costilla de Adán, pero partida. Si se la maltrata en los libros sagrados, ¿cómo no se la va a matar en la vida pagana de cada día?

De hecho, añade, ese mismo texto sagrado, 26-6-12: «Aflicción de corazón y duelo es la mujer celosa, y azote de lengua para cuantos con ella viven. Yugo de bueyes mal ajustado es la mujer mala, intentar dominarla es como coger un escorpión. La mujer borracha es motivo de profunda irritación. Y no podrá ocultar su vergüenza. La liviandad de una mujer se muestra al levantar sus ojos y se reconoce en su mirar furtivo. Con la hija desenvuelta redobla tu vigilancia; no sea que hallando ocasión propicia, la aproveche. Vigila con cuidado a la mujer con ojos atrevidos y no te maravilles si obra pérfidamente. Como viandante sediento abre ella su boca y bebe de todas las aguas que encuentra; se sienta en cualquier parte y ofrece su cuerpo en lujuria.»

Esta obra, desde luego, supone un claro precedente del opúsculo Cásate y sé sumisa, que seguramente irá camino de convertirse en superventas. Atención a esta sucesión de versículos contenidos en el Eclesiastés y que no tienen desperdicio:

7-26: «Tienes una mujer según tu corazón. No la repudies, pero si no la amas, no te confíes a ella».
25-13: «Dame cualquier llaga, pero no llaga del corazón. Dame cualquier maldad, pero no maldad de mujer».
25-19: «Toda maldad es poca comparada con la de la mujer. La suerte del pecador caiga sobre ella».
25:-20: «Cuesta arenosa para pies de anciano. Es la mujer deslenguada para un marido pacífico».
25-21: «No te dejes seducir ante la belleza de una mujer y no la desees.»
25-25: «No le des salida al agua; ni a la mujer mala, libertad de hablar.»
25-26: «Si no va como tú quisieres, apártala de ti.»

Ya en Génesis 3-16, Dios en persona envía este twitter a las mujeres: “Con dolor parirás tus hijos y no obstante, tu deseo te arrastrará a tu marido, que te dominará”.

En Eclesiastés Capítulo 7 Versículo 26 se lee: “Y encuentro que la mujer es más amarga que la muerte, porque ella es un lazo, su corazón es una red y sus brazos son cadenas. Quien agrada a Dios, escapa de ella; más el pecador, en ella queda preso”. Si a la mujer no se le reconoció el alma hasta casi tan tarde como el derecho al voto, tampoco extraña que en una interpretación de las célebres Tablas de la Ley del Éxodo, en Deuteronomio 5-21, pueda apreciarse su cosificación bajo la propiedad del esposo: «No desearás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno y ni cosa alguna que a él le pertenezca”.

Incluso en Levítico 27-1-5, podemos encontrar un índice para la sobrevaloración de un sexo y la minusvaloración del otro: «Según tarifas y valuaciones. La mujer vale menos que el hombre; la moza menos que el mozo; la niña menos que el niño.»

«Una mujer desvergonzada es como la carcoma en los huesos.», sentencia Proverbios 12-4. Sin embargo, cualquier supernumerario del Opus o de los Kikos podría argumentar que todo esto es ferralla retórica de los judíos del Antiguo Testamento y que menos mal que vino el cristianismo a corregirlo todo. Tampoco es cierto, si atendemos a las palabras de San Pablo en la primera carta a Timoteo (2: 11-14): “La mujer debe aprender a estar en calma y en plena sumisión. Yo no permito a una mujer enseñar o tener autoridad sobre un hombre… Debe estar en silencio. Adán fue creado primero, luego Eva. Y Adán no fue engañado; fue la mujer quien fue engañada y se volvió pecadora”.

Suele hablarse del velo —incluso del pañuelo— como prenda de sometimiento femenino en la cultura islámica, a partir de un pretexto tan baladí como el de que durante su tercera boda el profeta Mahoma se vio obligado a colocar una cortina en la jaima que su nueva esposa y él compartían con los invitados, que no dejaban de darles la brasa. Sin embargo, no fue la primera cultura en convertir un tejido en un presidio. Volvamos a San Pablo, por ejemplo, en su epístola a los Corintios 11-6-10: «Sí, pues, si una mujer no lleva velo, que se rape la cabeza y si es afrentoso raparse, que se vele. El hombre no debe cubrirse la cabeza porque es una imagen y Gloria de Dios; más la mujer, es sólo gloria del hombre. Pues no procede el hombre de la mujer, sino la mujer del hombre, ni fue creado el hombre para la mujer, sino la mujer para el hombre. Por eso debe llevar la mujer en la cabeza, como señal de sometimiento».

En Efesios, 5,22-24, la epístola de la que procede más o menos el título Cásate y sé sumisa, ese mismo San Pablo cuyos requiebros sobre el amor suelen leerse en las bodas e incluso inspiraron una canción de José Luis Perales, viene a afirmar lo siguiente: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo”. Resulta curioso cómo algunos teólogos entienden que éste y otros mensajes similares no resultan sustanciales a la fe y que si se lee el Génesis, en un principio, no se establecen distingos ni en las faenas domésticas ni en otras valoraciones entre hombre y mujer. Según ciertos comentaristas bíblicos, el machismo también sería producto del pecado y de nuestro exilio del edén.

San Pablo, en cualquier caso, se la tenía jurada a las damas: «Mujeres estad sumisas a vuestros maridos”, predica en su epístola a los Colonenses. Qué pena que no pudiera casarse con la señora Miriano.

No sabemos en qué momento se cayó del caballo, pero no cabe duda de que el arzobispo de Granada, Francisco Javier Martínez, es un fiel seguidor de San Pablo y, como tal, ha propiciado la traducción y la publicación del Cásate y sé sumisa, sin que la Fiscalía haya ordenado su detención como ha hecho por similares motivos con algunos imanes. Su editorial Nuevo Inicio es la que ha editado la obra, a pesar de que desde su punto de vista, se trata de una polémica artificiosa y que en ningún momento, ni en sus páginas ni en sus declaraciones, se han propiciado actos de violencia hacia la mujer, propias (sic) de la legislación del aborto y las medidas que debilitan el sacramento del matrimonio.

«Quien realice tales acusaciones con respecto al libro deberá ser riguroso y especificar la página y el párrafo en que aparezca la más mínima justificación o excusa de ningún tipo de violencia», más allá de la libertad de expresión que, a su juicio, también sería un invento cristiano, mención aparte del Santo Oficio, el índice de libros prohibidos y otras prácticas más torturadoras que tortuosas de la historia del catolicismo.

Ese tal Martínez, en cualquier caso, es el propagandista más adecuado de este tipo de literatura. En el ejercicio de su magisterio, desde Córdoba a Granada, nos ha ido dejando joyas de su pensamiento y obra, incluso de sus omisiones. Su predecesor, Antonio Cañizares, tenía a su servicio un secretario y una asistenta a media jornada. El actual arzobispo ha llegado a contar con tres secretarias, un chófer, una gobernanta, una cocinera, una empleada de limpieza. En cualquier caso, dirán, nada comparable con el llamado obispo del lujo, el titular de la diócesis alemana de Limburg a quien el papa Francisco apartó temporalmente del cargo tras descubrirse que había gastado 31 millones de euros en restaurar su palacio y que sólo su bañera costaba 15.000. Amante de las colectas de caridad, desde que Martínez llegó a la diócesis granadina en 2003, la deuda del arzobispado, que en aquel entonces rozaba la cota de 1,2 millones de euros, ha llegado a situarse en 30 millones, lo que contradice desde luego las políticas europeas de austeridad y contención del déficit en ese mismo periodo. Dicen que sus principales beneficiarios han sido los ultracatólicos de Comunión y Liberación y los del Camino Neocatecumenal de Kiko Argüello.

En esta década, no sólo ha afrontado préstamos multimillonarios para la propia burbuja inmobiliaria de la Iglesia con quejas que llegaron incluso al Nuncio, sino que ha debido enfrentarse incluso a denuncias por injurias, calumnias, acoso moral y muchas otras por parte de un canónigo, a raíz por cierto de otro libro, uno que había coordinado el archivero en torno a la Catedral de Granada, pero que publicaba Cajasur, la ancestral archienemiga de sus tiempos en Córdoba.

Su peculiar biografía incluye episodios tan pintorescos como el de prohibir a los coros rocieros cantar en las bodas o sacar a los seminaristas de la Facultad de Teología de los jesuitas, presente en la ciudad desde 1939, para llevárselos al instituto Lumen Gentium que él mismo había creado. Incluso dejó sin sacramentos a Albuñol, un pueblo que se había rebelado contra él y a favor de su párroco. En otra localidad de esa misma provincia, La Herradura, llegó a sacar del templo local un concurso de guitarra por no considerarlo apropiado al recinto.

Sin embargo, uno de los grandes hitos de su mandato divino lo alcanzó como touroperador contra la ley que regula las bodas entre homosexuales, llegando a fletar veintidós autocares de la provincia de Granada rumbo a la gran manifestación de Madrid, por tratarse de una «causa justa y de extrema gravedad», ya que discriminaba a los «matrimonios verdaderos y ofende a la inteligencia». Con semejante pedigrí, no cabe duda de que publicar Cásate y sé sumisa en español no es más que un nuevo versículo en su sagrada escritura de despropósitos, arbitrariedades y sumisiones.