Corazón de Olivetti

España necesita un intérprete de signos

La belleza, a veces, es práctica. Quien quiera comprobarlo no tiene más que seguir de cerca la forma en que Beatriz Romero interpreta en lenguaje de signos las canciones de María Rozalen o las de otros creadores como Paco Cifuentes. El mimo y la inteligencia hacen posible esa ceremonia de la comunicación que ha parodiado, a escala planetaria, un tal Thamsanga Jantjie durante el memorial por Nelson Mandela al traducir a caricaturas las palabras del presidente surafricano Jacob Zuma o las del de Estados Unidos, Barack Obama.

El gesticulador que emulaba ante las cámaras de la televisión mundial a los viejos espejos cóncavos del callejón del Gato que inspiraron los esperpentos de Valle Inclán, aseguró en su defensa que habría sufrido un brote esquizofrénico en el escenario. No sería el único ni ocurriría solamente ahora. Cualquiera busca decir algo y afirma lo contrario. Ejemplos sobran.

Eso debió ocurrir cuando la CIA se confundió y, según Wikileaks, contribuyó a la captura de Nelson Mandela en 1962 y ahora Washington le celebra como si fuera uno de los padres fundadores de la nueva democracia, cuando Ronald Reagan se jactaba de decir que el apartheid era esencial para el mundo libre. O el Reino Unido, cuya reina Isabel II le brindó té, también asistió a la paradoja de que la misma Margaret Thatcher que considerara demócrata a Augusto Pinochet, asegurase en 1987 que el Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela era "una típica organización terrorista... cualquiera que piense que ellos pueden gobernar Sudáfrica vive en una fantasía". Dos años, después, la dama de hierro se derretía en sonrisas ante el primer presidente negro de Suráfrica, a las puertas del número 10 de Downing Street.

Esa especie de dislexia entre lo que pretende expresar y lo que realmente expresa suele ocurrirle a Mariano Rajoy, aunque sus exégetas pregonen su habitual lucidez y visión de Estado. Así, a preguntas de un periodista en torno a la impresionante Soccer City, cuando el presidente español querría probablemente haber comparado las dimensiones de dicha cancha con el gigantesco ejemplo de dignidad de Mandela, el actual inquilino de La Moncloa, se limitó a decir: "Este estadio de fútbol en el que se va a despedir a Mandela es el estadio donde España además se proclamó Campeón del Mundo en su día frente a Holanda de fútbol, ¿no? Con lo cual es realmente un momento muy bonito y muy emocionante".

¿Quién es capaz de interpretar adecuadamente los signos de sus palabras o las de Cristóbal Montoro en torno al indudable atractivo de la Marca España entre los inversores extranjeros, la misma semana en la que el Consejo de Ministros le da –bien hecho—con la puerta en las narices a Eurovegas por sus exigencias neocolonialistas o en Noruega se inicia a bombo y platillo una campaña para combatir la desnutrición infantil en España?

Thamsanga Jantjie tuvo que trabajar aquí. O tendría que hacerlo. Seguramente es el mismo que tradujo que la ley antidesahucios de Andalucía era similar a las normas que rigen en el resto del Estado sólo que no inquieta a la patronal bancaria porque no expropia temporalmente las viviendas cuando las cláusulas suelo y la inviabilidad habitual de la dación en pago se las expropia para siempre a los hipotecados que, sin embargo, deberán seguir pagando la hipoteca. ¿No va a liarse Thamsanga Jantjie con tanto jaleo?

Pasa mucho. Mientras Artur Mas ha llegado a compararse con Martin Luther King en la conquista de los derechos civiles catalanes, la prensa nacionalista española se remota a la guerra contra Napoleón de 1808 y le llama El Empecinado, cuando quizá por ello el profesor Josep Fontana aseguraba esta semana, en una entrevista en "Público" que "una independencia no se logra más que con una guerra de la independencia". Deberíamos ir pensando en declararla, para independizarnos realmente, a los mercados, a Bruselas y a Alemania, en lugar de ir por ahí condecorando a su ministro de Asuntos Exteriores.

No tendrán sin embargo mucho problema nuestros intérpretes de signos al explicarnos por señas por qué el Gobierno ha empezado a privatizar esta semana a la policía y ha sacado adelante una ley que permitirá a cualquier cachas que haya recibido un curso de dos meses de rudimentos de derecho pedirnos el carnet en la boca o partirnos la boca, sin carnet o con carnet, en la vía pública y con todas las de la ley. A fin de cuentas, afirmará el ejecutivo, se trata de homologar la seguridad con los servicios de salud y la enseñanza concertada. No es más que un claro intento de equiparar a nuestros vigilantes con nuestros legisladores y nuestros ejecutores: el Gobierno, de hecho, ya hace mucho que está privatizado. Prueba de ello es que ahora prohibirá las donaciones a los partidos pero no a sus fundaciones. A ver cómo nos explica semejante oxímoron político el bueno de Thamsanga Jantjie.

España necesita alguien como él. Y que cuando venga la troika o hable el ministro de Guindos, sus gesticulaciones al menos nos arranquen una sonrisa.