Euroexit

Gran Bretaña se va esta semana de la Unión Europea, dicen las encuestas. Pero la Unión Europea ya se ha ido de sí misma. El euroexit comenzó cuando olvidamos aquel sueño continental que quedaba justo en la esquina entre la canción de la alegría de Beethoven y la libertad, igualdad y fraternidad que alguien escribió sobre las paredes de La Bastilla. Entre todos lo matamos y él solito se murió. La Europa de los mercaderes sometió a la de los pueblos, mientras la globalización mercantil también engullía a la de la cultura, la solidaridad y las libertades.

Cuando cayó el muro de Berlín en 1989, sus escombros aplastaron cualquier tipo de coartada socializante; una corriente reformista que habría podido sentar las bases de un sistema que, al menos, lograra atenuar mediante parches y lavativas la voracidad del capitalismo salvaje. Muerta la URSS, se acabó la rabia de la justicia social. Toma el dinero y corre, era el mandamiento que primó a partir de entonces en casi todos los decálogos políticos del mundo libre.

El fin del estado del bienestar.-

Alfa y omega. En principio también fue la pasta la que constituyó la argamasa de los distintos acuerdos que buena parte de Europa ensayó tras la posguerra mundial; desde los tiempos de la Comunidad Económica Europea y el Mercado Común que siguieron al Plan Marshall, el dinereo llamaba al dinero. No obsstante, desde la competencia –la EFTA que agrupaba a Gran Bretaña y a los países nórdicos—se inventaba el estado del bienestar, que la socialdemocracia patentó como un copyright propio hasta que empezó a cortarle la hierba bajo los pies de la crisis de 2008.

El proyecto de la Unión Europea era fundamentalmente político hasta que dejó sencillamente de ser incluso un proyecto, para convertirse en un selecto club dividido en dos pisos: el del parlamento, como el salón del té donde se debaten las ideas, y la planta noble, la de la Comisión Europea, donde hacen lo que pueden para no cerrar el local. De noche, los socios vuelven a casa y terminan haciendo lo que les viene en gana en materia de derechos, aunque muestran una extraña fidelidad a la comunidad europea en materia de ajustes y restricciones.

El debate sobre el Tratado que pretendía establecer una Constitución para Europa ya llovía sobre mojado. En 2005, que fue cuando fracasó su votación en referéndum, ya sabíamos que aquella hipótesis de Europa política no resolvía los problemas de las clases trabajadoras aunque mantenía la hoja de ruta de las clases medias que habían heredado las recomendaciones del papá y del abuelito de José Agustín Goytisolo, en aquel viejo poema al que puso música Paco Ibáñez:

Trabaja niño no te pienses
que sin dinero vivirás.
Junta el esfuerzo y el ahorro
ábrete paso, ya verás,
como la vida te depara
buenos momentos. Te alzarás
sobre los pobres y mezquinos
que no han sabido descollar.

Aún no se había venido abajo aquel contrato social que llevaba a los jóvenes a formarse para tener garantizado, al menos laboralmente, un final feliz. Pero se veía venir. Y dicha controversia primó en el referéndum sobre el Tratado, que tuvo lugar en España, a 20 de febrero de 2005, cuando la primera legislatura de ZP no había cumplido un año siquiera. Los conservadores aceptaban de grado la propuesta y los socialistas creían que era la solución menos mala. Izquierda Unida y determinadas formaciones progresistas y nacionalistas no pudieron utilizar mejores argumentos y la España que había recibido formidables fondos de cohesión europeos –aunque no siempre bien utilizados—aceptó aquella Constitución con una abstención altísima y un 77 por ciento de los votos, que no sirvieron de nada porque los electores de Francia y de Holanda dijeron sencillamente que no, rompiendo la unanimidad del resto de los parlamentos.

El Tratado de Lisboa, como carta otorgada.-

El plan B de los constitucionalistas europeos fue el llamado Tratado de Lisboa, una carta otorgada que data de 13 de diciembre de 2007. Se trata, a grandes rasgos, de un mamotreto que probablemente no han leído ni sus autores y que mete por la gatera algunas de las propuestas troncales de la fallida Constitución que no fue. Los próceres vendieron este texto como la panacea política que inauguraba “la nueva Europa del siglo XXI”, con presidencias más largas, un presidente estable para el Consejo Europeo y un mayor refuerzo de la Comisión Europea y también para el Parlamento, que seguía sin romper la autonomía de las naciones en numerosas materias, salvo aquellas que se veían sometidas a las reglas de juego del euro.

¿Qué fue del reconocimiento vinculante de la Carta de Derechos Fundamentales y de la apuesta por la adhesión de la Unión al Convenio Europeo de Derechos humanos? La respuesta la tenemos desde hace dos años en el despiadado trato a los refugiados provenientes de Siria, Eritrea, Afganistán, Libia o numerosos países subsaharianos, a quienes damos con la puerta de la democracia en las narices. Antes de que esta crisis humanitaria desenmascarase para los restos la hipocresía comunitaria y el ni sabe ni contesta de Estados Unidos, ya latía la criminalización e ilegalización de las migraciones laborales. Ese imaginario sigue permitiendo la existencia de más de once millones de personas sin papeles en territorio europeo, por lo que su multitudinaria exclusión auguraba que también iban a ir quedando excluidos algunos de los derechos civiles de toda la sociedad. De hecho, aquellas convenciones bienintencionadas iban a convertirse en papel mojado por parte de una Europa que prefería comprar voluntades en Mauritania, Senegal, Marruecos o Turquía, para que dichos países sirvieran de gendarmes o de muro de contención frente a los desesperados.

¿Qué decir del proyecto de Ciudadanía Europea? Fue orillado con la preservación de privilegios nacionales de los países ricos que nunca aceptaron que sus aliados europeos gozaran en su territorio de determinadas garantías que ellos se apresuraron a calificar como privilegios que iban en contra de los intereses de los compatriotas, como ocurrió en la Alemania de los subsidios o el acuerdo restrictivo de derechos sociales que David Cameron logró arrancar hace meses para intentar frenar el Brexit, a la manera del cheque británico con que Margaret Thatcher aplacó a los euroescépticos de su época. Y todo ello sin que nadie pusiera el grito en el cielo como ocurriese con la Grecia del fallido Alexis Tsipras cuando amagó con huir del euro si no se le aliviaba el luto de la austeridad.

La Europa del Tratado de Lisboa –un sucedáneo empeorado de la anterior Constitución– pudo sacar adelante la figura del Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, pero fue incapaz de propiciar una política común en materia de Extranjería o incluso de Interior y terminó liquidando el mito de la Unión Europea Occidental que hubiera podido plantear una alternativa de Defensa distinta a la de la OTAN. En dicha esfera militar, siguen primando los intereses de la otra orilla del Atlántico Norte bajo un endiablado sistema de patentes militares que no nos permite contar con recursos navales, aéreos y terrestres plenamente europeos. La supeditación a Estados Unidos continúa siendo clara y a nadie parece inquietarle, entre escudos de misiles, guerras de las galaxias o simpáticas visitas de Barack Obama en su gira de despedida de la Casa Blanca, antes de que pueda ocuparla Donald Trump, con quien sin duda volveremos a enterarnos de lo que vale un peine.

Adiós a Schengen.-

Sólo la lucha contra el terrorismo –especialmente contra la violencia yihadista—ha sido capaz de unir a los distintos países en un esfuerzo policíaco que todavía deja mucho que desear en cuanto a su eficacia por más que cumpla sobradamente su querencia represiva. Mientras, en sentido contrario, languidecen las políticas de cooperación y de interculturalidad que podrían atenuar el impacto de los lobos solitarios y de los alfanjes del Daesh. A todo esto, la extrema derecha se frota las manos al calor de sus crecientes resultados electorales, quizá fruto de cuando el rechazo al constitucionalismo europeo no sólo se basaba en el recelo hacia las horas bajas de las políticas sociales sino al miedo al otro, ya fuera extracomunitario o fuesen fontaneros polacos, enfermeras españolas o albañiles portugueses y rumanos.

Del adiós a las fronteras internas de Europa hemos pasado al adiós a la Europa sin fronteras. Ahí ya nos habíamos ido yendo de la Unión Europea, mientras ponían palos entre las ruedas del viejo tratado de Schengen, el de libre circulación de personas, que se firmó en 1985, permitiendo acabar con las barreras internas aunque no lo aceptara Gran Bretaña, que era socio comunitario, pero sí Noruega, que no lo era.
Curiosamente, ese acuerdo se promulgó el mismo año que España entró en la Comunidad Económica Europea, para lo que tuvo que levantar plenamente el cierre de la Verja de Gibraltar que había instaurado el franquismo en 1969 y que se había aliviado tan sólo a efectos peatonales en 1982.

Es lógico que Gibraltar tema al Brexit porque si José Manuel García Margallo o alguien parecido siguiera como ministro español de Exteriores lo mismo le daba por cerrar de nuevo esa frontera, a cal y canto. De hecho, durante su mandato, hubo etapas en que procedió en la práctica a un blindaje policial de dicho paso que entorpecía terriblemente el tránsito de seres humanos, incluyendo el cruce diario de doce mil españoles, con trabajo, colegio o pensiones al lado británico de The Four Corners. El día que un fanático asesinó a la diputada laborista Jo Cox en Gran Bretaña, David Cameron paseaba con Fabian Picardo por el Peñón, conscientes de que el Brexit era un serio problema y la cosoberanía de la colonia, sobre la que insiste España añorando los fugaces espejismos de Tony Blair y de José María Aznar, no parece que sea viable ni probablemente constituya una panacea.

Desde Escocia a Cataluña.-

A Cameron le pueden crecer los enanos, pero también a España: Escocia, que lleva un año amagando con un nuevo referéndum aunque lo venía aplazando para dentro de una década, podría incitar a una nueva consulta dado que uno de los argumentos para la permanencia de dicho territorio en el Reino Unido era el de la pertenencia a la Unión Europea. Sus exportaciones de whisky están en juego y no es un buen negocio, ni para ellos ni para sus consumidores. Si un nuevo referéndum propicia su independencia y lo que quede de Europa decida acoger a los highlanders, ¿cómo podrán los unionistas españoles convencer a los secesionistas catalanes de que fuera de España sólo les aguarda la soledad y el desierto?

Todos los indicios apuntan a que Gran Bretaña saldrá de la Unión a partir de la consulta que se celebra esta misma semana, en vísperas de las nuevas elecciones generales de España, en la que apenas se ha hablado de ese albur. La mejor prueba de que todo parece perdido quizá radique en el lenguaje. Mientras todo el mundo habla de Brexit, nadie habla de Bremain, el término que también acuñara el economista Ebraim Rahbari para definir la posibilidad de que las islas británicas no abandonen políticamente al continente.

En unas insólitas declaraciones que no tengo más remedio que compartir, el ministro Margallo abogaba esta semana por una huida hacia delante de Europa, en caso de que Gran Bretaña decidiera irse. Frente a menos Europa, más Europa. Pero, ¿cómo? Quienes la abocan al desmantelamiento no son sólo aquellos que quieren reducirla a una simple zona de libre comercio; ni los guardabarreras que reclaman el retorno de las aduanas y la absoluta soberanía de los estados frente a los tecnócratas de Bruselas o de Estrasburgo. Son también quienes han consentido el imperio neoliberal de la economía sobre la política, quienes han sido incapaces de articular un sistema eficaz para garantizar al menos, el control político del mercado.

Frente al Brexit y al Euroexit, conviene una Unión Europea más democrática, con toma de decisiones colegiada y comunes, con sistemas que articulen realmente la participación ciudadana e incluso la de aquellos pequeños territorios, desde nuestras autonomías a los landers alemanes, que a veces no se sienten aceptados totalmente por la Unión, al menos por sí mismos.

En 1992, el prestigioso constitucionalista y eurodiputado francés Maurice Duverger hablaba de “La lièvre libéral et la tortue européenne”, esto es, “la liebre liberal y la tortuga europea”. Entonces, daba el grito de alerta frente a la supremacía alemana en Europa, no tanto en base a las viejas secuelas francesas de las dos guerras mundiales, sino por el hecho de que la hegemonía de dicha interpretación del capitalismo iba a hacer renacer el marxismo revolucionario, a partir de una secuencia de explosiones sociales que, de alguna u otra manera, estamos viviendo veintitantos años más tarde. A su juicio, sólo el desarrollo de las instituciones comunitarias podría evitar semejante choque de civilizaciones: «Todos son conscientes de ello, pero la liebre liberal va camino de adelantar a la tortuga europea», afirmaba Duverger, que se murió sin que pudiera comprobar que su estremecedor vaticinio iba a cumplirse.

Debiera ser la hora de la tortuga pero no quedan demasiados motivos para la esperanza.