La tramoya

El cambio cultural de Escrivá para trabajar más no garantiza el empleo ni pensiones dignas

El ministro de Inclusión y Seguridad Social, José Luis Escrivá, interviene este martes durante la sesión de control al gobierno en el Senado. EFE/Juan Carlos Hidalgo

Es lógico que las declaraciones del Ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, José Luis Escrivá, abogando por un "cambio cultural para trabajar más entre los 55 y los 75 años" hayan generado polémica.

Hay que tener en cuenta que en España hay todavía muchos millones de personas que no pueden trabajar, ni a esa edad ni a otra, por razones ajenas a su voluntad. Reclamar un cambio cultural como si el problema radicase en que desean vivir del cuento no parece lo más justo. Sobre todo, cuando los subsidios o pensiones que reciben quienes no están empleados no son precisamente de lujo. Lo prioritario quizá debería ser el debate sobre por qué nuestra economía sigue sin ser capaz de generar todo el volumen de empleo necesario para evitar el paro indeseado de millones de personas.

Dicho eso, creo, sin embargo, que el ministro lleva razón cuando se refiere a problemas que son muy ciertos.

Por un lado, en esa franja de edad hay personas que llegan a ser pensionistas, digámoslo claro, fraudulentamente. Porque las empresas las jubilan anticipadamente como una vía de ajuste de plantillas espuria y fraudulenta, porque implica que cargan sobre el Estado una buena parte de sus costes para obtener beneficios extraordinarios.

Lleva razón Escrivá, por lo tanto, cuando reclama medidas para acercar la edad de jubilación efectiva a la legal.

También me parece correcta otra idea que ha planteado: el progreso social conlleva ciertamente que las personas sigamos estando en buenas condiciones de realizar nuestra actividad laboral en edades más avanzadas. Y eso significa que mantener una edad legal de jubilación desajustada con respecto a las nuevas realidades del ciclo vital puede suponer un desperdicio enorme de experiencia y saber. Aunque se trate de algunos casos aislados, sirva como ejemplo recordar que durante la pandemia se ha recurrido a científicos jubilados en perfecto estado de salud y en plena forma investigadora para tratar de acelerar el descubrimiento de vacunas contra la Covid-19. Pero gratuitamente, como si su esfuerzo y tiempo ya no valiesen nada de nada.

No parece lógico que la sociedad desprecie ese capital intelectual, sobre todo, sabiendo -como el propio ministro ha recordado con razón- que los puestos de trabajo de las personas de edad y experiencia más avanzada no se sustituyen mecánica y habitualmente por el de otras muy jóvenes.

Ahora bien, siendo todo eso cierto, también lo es que no todas las personas llegan a esas edades en las mismas condiciones porque no todas han tenido la misma trayectoria personal, ni igual actividad, ni condiciones de trabajo u horarios semejantes. Por tanto, la generalización sobre lo que ocurre en esa franja de edad puede ser peligrosa y producir efectos muy negativos sobre el bienestar.

Lo más razonable me parece que sería avanzar hacia sistemas de jubilación a edad flexible, garantizando eso sí, que las decisiones al respecto se tomen disponiendo de opciones realmente voluntarias u objetivas y no de estricta necesidad.

Lo que ocurre en otros países que a menudo se ponen de ejemplo para proponer el aumento en la edad de jubilación como una consecuencia deseable del progreso social no es tan solo que haya catedráticos, jueces, notarios, abogados, arquitectos, médicos, funcionarios, o investigadores que trabajan después de la edad legal de jubilación española. Lo que también sucede allí es que cientos de miles de personas de edad muy avanzada siguen trabajando porque no disponen de pensiones dignas y han de emplearse en condiciones verdaderamente miserables.

Yo soy muy partidario de promover cambios culturales como impulso de los procesos de transformación social porque creo que la vida de los seres humanos y la organización de la economía o la política dependen en gran medida de nuestras imágenes del mundo, de los valores y de los símbolos que tomamos como referencia. Pero, a la hora de hablar de ellos, creo que hay que ser justo y realista y no poner el énfasis en aspectos parciales.

Ya he dicho que no creo que la mayoría de las personas de entre 55 y 75 años que no trabajan en España estén jubiladas porque prefieren el ingreso de su pensión y la vida holgada y que, por tanto, se necesiten otros valores para que trabajen, como casi todas ellas habrán hecho muy intensamente a lo largo de su vida. Quizá el cambio cultural que haya que plantear vaya en otro sentido. Necesitamos más bien que las empresas que tienen más poder de mercado asuman como cultura la de la competencia, la productividad y la innovación y no solo la de la explotación. Y, sobre todo, la cultura que implica que las leyes (incluidas las laborales) hay que respetarlas.

En España se está produciendo un fenómeno de sobreexplotación laboral del que apenas se habla y que está suponiendo un coste no solo personal y no monetario dramático, sino general y muy caro en recursos económicos y financieros. A las empresas les compensa incumplir las normas legales que regulan el tiempo de trabajo y se está produciendo una intensificación en los horarios que reduce la productividad, destroza la trayectorias profesionales y tiene un coste de oportunidad extraordinario en términos sanitarios, educativos e incluso demográficos. Una intensificación tan grande que produce beneficios suficientes como para que compense cualquier tipo de multa o sanción que se pueda recibir.

En nuestro país se debería asumir la cultura que implica considerar que los costes que soportan las empresas no solo son minoraciones en la cuenta de beneficios sino también desincentivos, de modo que, aliviarlos por la vía en que se está permitiendo que se alivien en España, provoca los incentivos perversos que en buena parte explican la baja productividad y la escasa innovación que lastran nuestra economía.

Otro desenfoque en el que incurrimos habitualmente es el de hablar siempre en términos de empleos cuando quizá convendría referirnos a horas de trabajo, tanto en cuanto a la jornada laboral se refiere como al volumen total de las que se llevan a cabo en nuestra economía. Entonces, quizá nuestros planteamientos fuesen muy diferentes y las medidas que adoptaríamos generarían un sistema de incentivos mucho más moderno y orientado a aumentar la productividad y el bienestar.

Y se me ocurre, por fin, que quizá el cambio cultural más revolucionario y positivo para el conjunto de nuestra economía, para la mayoría de las empresas, los trabajadores y la población que no puede trabajar, se podría conseguir si el Ministerio de Escrivá y el de Trabajo, de Yolanda Díaz, se pusieran de acuerdo para realizar un estudio profundo y riguroso sobre la realidad efectiva del tiempo de trabajo en España.

Es verdad que la casuística es muy variada pero lo cierto es que millones de trabajadoras y trabajadores españoles están empleadas hoy día durante más horas (y quién sabe si en peores condiciones) de las previstas en la jornada legal que se aprobó en España hace nada más y nada menos que 102 años.

La experiencia histórica ha demostrado que la única forma de evitar el desempleo masivo (y, de paso, facilitar la financiación de las pensiones) ha sido reducir el tiempo de trabajo y que hay más tasas de empleo cuando los sindicatos son fuertes, se respetan la negociación colectiva y las leyes que regulan los derechos laborales y cuando la masa salarial pesa más en la renta global. Solo así se puede incentivar que las empresas inviertan en innovación, aumentando la productividad general, y dispongan de una mayor volumen de ventas, gracias a la mayor demanda efectiva, que les permita crear más puestos de trabajo. Y también cuando en mayor medida se ha respetado el precepto que los países más avanzados del mundo, España entre ellos aunque no Estados Unidos, suscribieron hace años 77 años en la Declaración de Filadelfia: "El trabajo no es una mercancía". Justo lo contrario de lo que se viene impulsando en las últimas décadas de capitalismo neoliberal, cuando se vienen registrando las mayores tasa de desempleo, las tasas de crecimiento de la actividad económica más bajas, el mayor número de crisis financieras, la explosión incontenible de la deuda y, eso sí, la mayor concentración de riqueza en menos manos de toda la historia.

Cambiemos de hacer lo que se viene haciendo con esos resultados y nos irá mejor.