Chandler y Marlowe viven después de muertos

Un escritor irlandés que suena para el Nobel y que utiliza un pseudónimo que todo el mundo conoce para escribir ficciones policiacas protagonizadas por un médico forense de Dublín recibe el encargo de redactar una novela por parte de los herederos de otro escritor —norteamericano y británico—, fallecido en 1959 a los 70 años y que logró para la novela negra el respeto crítico que solía negársele. El libro debía tener como héroe al mismo detective creado por ese autor, la acción debía situarse en los mismos escenarios y el estilo debía recrearse con la máxima fidelidad.

Elenco de personajes:

– El escritor irlandés: John Banville, premio Booker por El mar. Aclamado por Antigua luz.

– Su alter ego en el género negro: Benjamin Black, autor de El secreto de Christine y Venganza.

– El héroe de las obras de éste: el doctor Quirke.

– El escritor norteamericano y británico: Raymond Chandler.

– Su héroe: el detective privado Phillip Marlowe.

– La novela de Marlowe por encargo: La rubia de ojos negros (Alfaguara).

– Lugar de autos y época: Los Ángeles, años cincuenta del siglo XX.

Es este juego de imposturas y de muertos que resucitan para escribir o resolver un caso, resultaba casi obligado que la trama no se apartase de esa línea. El encargo que recibe el literariamente resucitado Marlowe de esa inquietante rubia con perfil de femme fatale que da título al libro de Banville-Black consiste en localizar a un muerto que quizás esté muy vivo. A Chandler le gustaba más que quien desapareciera fuese una chica, y eso se convirtió en marca de la casa de muchos otros escritores de novela negra, pero esa es una de las pocas licencias que se permite el autor (el de hoy), junto a esporádicas evocaciones de tinte irlandés con las que homenajea a su propio país.

Por lo demás, en La rubia de ojos negros está toda la escenografía del género que tuvo en Dashiell Hammett y el propio Chandler sus más genuinos y respetados representantes: diálogos secos e ingeniosos, larvada crítica social, retrato de una sociedad podrida por la violencia y la codicia, asesinos sin escrúpulos, matones sin dos dedos de frente, millonarios prepotentes, vecinos fisgones, alcohol a raudales, dosis elevadas de brutalidad, tortura, narcóticos en la bebida, porrazos en la nuca… y un detective honesto y moralista.

Casi lo de menos es la trama, apenas compleja y que avanza casi por inercia, siguiendo el hilo más lógico y natural, el que lleva de una cosa a otra de forma automática. Para resolver el caso hace falta una voluntad férrea y un dominio del oficio de sabueso, pero no es preciso tener una mente privilegiada que permita descubrir el secreto de la piedra filosofal, sino tan solo un conocimiento cabal de la esencia de la naturaleza humana, en lo bueno y, sobre todo, en lo malo y lo peor.

Lo más notable es la psicología del nuevo Marlowe, la misma que la del viejo, la que mostraba en El sueño eterno, Adiós muñeca o El largo adiós. Porque, como era obligado, el de entonces y el de ahora comparten una misma perspectiva moral: la que obliga a guardar fidelidad al cliente, aunque eso suponga que le rompen la crisma, la que le lleva a rechazar amenazas o sobornos, despreciar a los poderosos, renunciar a casarse con una rica heredera, compadecerse de los débiles, ser leal con los amigos y proclamar con orgullo: “Tengo principios. No son muy elevados. No son muy nobles, pero no están a la venta”.

Solo falta poner al detective la cara de Humphrey Bogart o Robert Mitchum para comprender por qué, pese al pecado original de la impostura literaria, La rubia de ojos negros se debería leer con placer por la mayoría de quienes una vez lo pasaron en grande con las novelas de Chandler o sus versiones para el cine en la era dorada de Hollywood. Como Banville-Black es un buen escritor, la novela hace méritos para ganarse el perdón de quienes pudieran sentirse escandalizados por la suplantación literaria.

Lo que sí resulta chocante es que una novela de tanto fuste incluya un diálogo tan tópico e insulso como éste:

– ¿Eres tú?

– Sí, soy yo.

Pero, como se trata de una excepción, habrá que disculparla.