Cuando Chaplin le robó la novia a Salinger

Este artículo trata del libro del escritor francés Frédéric Beirgbeder titulado Oona y Salinger, cuya edición en castellano publica Anagrama. Es una muestra de lo que su autor denomina “pura facción”. Fac, de facts (hechos), y ción, de fiction. Faction. O si se prefiere, una “novela de no ficción”, tal y como Truman Capote definió en 1966 el género que él mismo inventó –o reinventó-: “Una forma narrativa que utiliza todas las técnicas del arte de la ficción, a la vez que se ciñe escrupulosamente a los hechos”.

Beigbeder, que irrumpió de forma espectacular en la escena literaria con 13,99, y que no ha dejado de estar desde entonces en primer plano, titula la introducción de forma inequívoca; “Esto no es una ficción”. Y promete que todo es “rigurosamente exacto”: personajes, lugares, hechos y fechas. Pero que “todo lo demás es imaginario”.

Cuestión muy diferente es si el lector debe creérselo o no, porque el autor se pasa un pelín en su labor de recreación de situaciones y diálogos, y cae a veces en la invención, por mucha investigación que lleve detrás. El ejemplo más flagrante es el de las cartas de amor y desamor de los protagonistas. Como la familia no autorizó siquiera que les echase un vistazo, las reproduce tal y como se imagina que pudieron ser. Se non è vero…

Vaya por delante que Oona y Salinger puede fascinar, pero también decepcionar. Para lo primero, conviene ser un mitómano. De no ser así, resultará difícil dejarse encandilar con la protagonista, que no es nada por sí misma, sino tan solo “hija de”, “amiga de”, “novia de”, “esposa de” y “madre de”, pero que emana un efluvio ingenuo y sensual que tanto podía llevarla a la portada de Life como traer de cabeza a dos grandes talentos del siglo XX: uno de la literatura y otro del cine.

Si al lector no le interesa únicamente la huella artística que Charlie Chaplin y J. D. Salinger han dejado en sus respectivas profesiones, sino también aspectos más personales de sus vidas (sobre todo la del escritor), y en concreto el impacto en las mismas de una lolita adolescente, bienvenido sea. Puede seguir leyendo. Beigbeder le proporcionará unas cuantas horas de sano e inteligente entretenimiento. Aunque quizá con exceso de superficialidad. Para adentrarse más, por ejemplo, en el universo J. D., con más detalle aunque con menos diversión, hay otras opciones, como Salinger (Seix Barral), de David Shields y Shane Salerno.

Para hacerse una idea de por dónde van los tiros, lo mejor es recrear la escena con la que arranca el libro de Beigbeder. Transcurre en 1940 en el Stork Club de Nueva York, más o menos cuando las tropas de ocupación alemanas desfilan por el Parque de los Príncipes de París. Un joven que ya sueña con escribir algún día la gran novela americana se acerca a la exclusiva mesa número 6, que el propietario del local de moda en la ciudad, Sherman Billingsley, tiene siempre disponible (y con las copas pagadas) para un trío de adolescentes habituales de las portadas de las revistas.

Son lo más parecido a lo que ahora se conoce como it girls, famosas sin razón clara o, si acaso, por el sólo hecho de ser quienes son: dos ricas herederas y la hija del más famoso dramaturgo norteamericano (además de Premio Nobel). Les acompaña un amigo suyo también adolescente, procedente del sur profundo, que casi presume de su homosexualidad como marca de transgresión y convencido ya de que su genio literario y su extravagancia le llevarán por el sinuoso camino de la gloria o, al menos, de la notoriedad.

Dramatis personae:

  • El joven escritor se llama Jerome David Salinger, tiene 21 años, y en 1951 publicará El guardián entre el centeno, una extraordinaria novela generacional, que retrata como pocas la desazón de la adolescencia, de la que se han vendido más de 60 millones de ejemplares en todo el mundo y que se ha convertido por mérito propio en uno de los grandes clásicos de la literatura del siglo XX.
  • Dos de las tres it girls son las ricas herederas Gloria Vanderbilt y Carol Marcus. Ambas se casarán varias veces. Aquí son sólo secundarias de lujo. No merecen que se entre en detalles.
  • Su acompañante no tiene tanto dinero como ellas, pero a sus 15 años, y casi sin proponérselo, es toda una celebridad. Su nombre es Oona O’Neill y en 1943 se casará con Charlie Chaplin, con el que tendrá ocho hijos (la mayor, Geraldine). Su padre es Eugene O’Neill, el Strindberg o el Ibsen norteamericano, Premio Nobel y autor de Largo viaje hacia la noche.
  • Quien está con ellas, afilando una lengua que le hará casi tan famoso como sus escritos, se llama Truman Capote, tiene 16 años, y en 1966 publicará A sangre fría, otro clásico que supuso una reinvención tanto de la literatura como del periodismo.
  • Aunque no se sienta a la mesa, y ni siquiera conoce entonces al resto del reparto, hay otro protagonista en esta historia, de la que lo recreado en el Stork Club es solo un preámbulo: Charlie Chaplin. Esa noche tiene ya 51 años, más del triple de la que, en 1943, se convertirá en su esposa. Fue el gran rival de Salinger, que sufrió con Oona un terrible desengaño amoroso que, según algunos de sus biógrafos, le marcó su vida y su obra.

Salinger se acerca a la mesa, entabla relación con Oona y se convierten en novios con derecho a roce, pero ella no se entrega, mantiene las distancias, nunca le da demasiadas esperanzas. Él se va al frente, trabaja en inteligencia militar, desembarca en Francia el Día D, camina entre cadáveres en la playa Utah, ve demasiados cuerpos destripados, se horroriza ante los supervivientes de los campos de exterminio, va moldeando el retrato de Holden Caulfield, escribe relatos y publica algunos de ellos.

Y envía desencantadas cartas a Oona, que se tiñen de profunda amargura cuando ésta se casa con Chaplin. El Beigbeder inventor le hace escribir: “Te tiras a un viejo inglés con problemas de próstata”. Y también: “Es un desertor que ha conseguido escapar de dos guerras porque es un cobarde y que viste uniforme de vagabundo porque nunca ha tenido huevos de ponerse el de soldado”. Puede que Salinger, corroído por el rencor, pensara así, pero es difícil justificar que se coloquen estas frases ficticias en sus cartas sin un aporte documental claro. Demasiada fiction y pocos facts.

Salinger no sale indemne de la guerra. Intenta suicidarse, sufre depresión y estrés postraumático, se encuentra en un “permanente estado de abatimiento”, es hospitalizado. Cuando vuelve a casa es otra persona. Quizá sin la experiencia bélica no habría experimentado el crecimiento como escritor que le permitió escribir El guardián entre el centeno, reflejo de “la desesperación de un veterano de la II Guerra Mundial trasplantada al corazón de un adolescente neoyorquino”.

¿El mensaje del libro? “O te conformas con el modo de vida del empleado medio, o terminas en el manicomio”, dice Beigbeder, mitómano confeso y admirador de Salinger hasta el delirio. Y también: “A partir de 1951 [año de aparición del libro], el hospital psiquiátrico es el horizonte de los espíritus libres en el sistema capitalista”.

Con todos sus defectos, Oona y Salinger es un libro interesante y muy ameno que ayuda a rastrear las raíces tanto de la madurez literaria del escritor como de su fascinación por las jovencitas, que compartía con Chaplin y con el propio Beigbeder. Éste, con exceso de egolatría, dedica los dos capítulos finales de su libro a relatar cómo él mismo ha sido en su último matrimonio víctima de ese síndrome de Lolita, que también padecieron –o disfrutaron- Goethe, Picasso, Clemenceau, Borges, Rubens, Colette, Sinatra, Bogart, Bukowski y hasta Mahoma.

Tras la aparición de El guardián , rechazada en su día por varias editoriales de prestigio, Salinger, autor de un puñado de relatos publicados (muchos de los cuales no se pueden reeditar ni siquiera tras su muerte), y se supone que con una amplia obra inédita fruto de sus muchos años de enclaustramiento, no volvió a escribir ninguna otra novela, se encerró en sí mismo, se ocultó del mundo, impidió que se le fotografiara, rechazó ser entrevistado, se convirtió un misterio, un mito, una leyenda. Murió en 2010, a los 91 años.

Tras su matrimonio, Chaplin, venerado por cualquier aficionado al cine que se precie, no volvió a dirigir o interpretar ninguna gran película. Murió en Suiza en 1977, a los 88 años. Oona, la antigua it girl, cómoda en su nuevo papel de esposa y madre, vivió con él hasta el final. Beigbeder sostiene –y dice tener respaldo documental- que todo empezó en 1942 Hollywood, en una velada en la que Orson Welles le pidió que le permitiera leerle la mano. Su línea del amor, le dijo, muestra que conocerá a un hombre mayor. “Usted, supongo”, le dijo Oona. “En absoluto”, replicó el director de Ciudadano Kane. “Se trata de Charlie Chaplin. Lo conocerá muy pronto, y se casará con él”. Ella tenía 17 años y él, 54. Su primera mujer tenía 17 años el día de la boda, y dos menos cuando la dejó embarazada. El de Oona y Charlie fue un matrimonio feliz, y duró hasta que la muerte les separó.

¿Queda alguna duda de por qué Oona y Salinger es carnaza para mitómanos?