ETA es ese tío pesado de las fiestas

ETA es ese amigo pesado de las fiestas. El que se queda hasta las tantas en casa. Se emborracha. Liga con tus amigas. Dice “me voy, me voy”, pero siempre resiste. ETA es el pesadísimo colega que no se percata de que le estás poniendo mala cara. “Te están insinuando que te vayas, no te das cuenta o qué, tíiiiio”. ETA es ese que te rompe un jarrón. Que te vomita fuera de la taza. Que nunca trae comida. Que siempre está en desacuerdo. Ese amigo que se permite opinar de todo, sin tener ni puta idea de nada, como para querer dar lecciones al resto. ¿Qué lecciones vas a dar, ETA, chacho? ¿Qué lecciones? Y cuando despertó ETA estaba allí. Y siempre es lo mismo. Vete de una vez. En mi casa nadie te aguanta. Eres lo peor.

Pero ETA también es el vicio. La nicotina. El colmo de la ley antitabaco. Desde el dos de enero de 2011 parece que todos queramos dejar algo atrás y, sin embargo, el mono no nos lo permite. Maldito primate piojoso, déjanos marchar. Que si Ratzinger y sus mensajitos de amor: ¡la educación sexual atenta contra la libertad de las religiones! Que si nuestro pulmones y el tabaco a 3,95: ¡fumar atenta contra la vida de todos los ciudadanos! Que si Sinde y su Megaupload: ¡bajarte una temporada entera de Gossip Girl atenta contra la propiedad intelectual del Upper East Side!

Dejar algo atrás. Esa utopía. Será por eso que nadie cree al ETA pesado de las fiestas. Porque siempre pone un “pero”, porque siempre miente, porque siempre nos crea ilusiones falsas: “qué bien, por fin nos deja descansar. Por fin reiremos libres en su ausencia”.